Congreso Futuro 16-01-2026

Congreso Futuro - 16-01-2026 - 17 de enero de 2026

17 de enero de 2026
13:39
Duración: 3h 15m

Vista pública limitada

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Durante millones de años, la vida siguió su curso. Olas que respiraban, bosques que aprendían, organismos que encontraban formas de persistir. De esa larga historia surgimos nosotros, un destello en la corriente del tiempo, un animal que sueña, que crea, que transforma. Hoy, el cambio se acelera. La tecnología moldea la mente y la materia, y el planeta responde a cada movimiento. El progreso corre, pero la conciencia tropieza. Entre la luz de los algoritmos y la sombra de la desigualdad, buscamos una brújula que vuelva a orientarnos. Congreso Futuro 2026 es ese punto de encuentro donde la ciencia se hace palabra, la palabra se hace diálogo y el diálogo se convierte en un camino compartido. Porque el verdadero progreso no está en crear más poder, sino en darle propósito. Humanidad, ¿hacia dónde vamos? La ruta está abierta, el rumbo aún por decidir.
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Buscamos una brújula que vuelva a orientarnos. Congreso Futuro 2026 es ese punto de encuentro donde la ciencia se hace palabra, la palabra se hace diálogo y el diálogo, camino compartido. Porque el verdadero progreso no está en crear más poder, sino en darle propósito. Humanidad, ¿hacia dónde vamos? La ruta está abierta, el rumbo aún por decidir. Durante millones de años, la vida siguió su curso. Olas que respiraban, bosques que aprendían, organismos que encontraban formas de persistir. De esa larga historia surgimos nosotros, un destello en la corriente del tiempo, un animal que sueña, que crea, que transforma. Hoy, el cambio se acelera. La tecnología moldea la mente y la materia, y el planeta responde a cada movimiento. El progreso corre, pero la conciencia tropieza. Entre la luz de los algoritmos y la sombra de la desigualdad, buscamos una brújula que vuelva a orientarnos. Congreso Futuro 2026 es ese punto de encuentro donde la ciencia se hace palabra, la palabra se hace diálogo y el diálogo, camino compartido. Porque el verdadero progreso no está en crear más poder, sino en darle propósito. Humanidad, ¿hacia dónde vamos? La ruta está abierta, el rumbo aún por decidir.
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Congreso Futuro 2026 es ese punto de encuentro donde la ciencia se hace palabra, la palabra se hace diálogo y el diálogo, camino compartido. Porque el verdadero progreso no está en crear más poder, sino en darle propósito. Humanidad, ¿hacia dónde vamos? La ruta está abierta, el rumbo aún por decidir. Durante millones de años, la vida siguió su curso. Olas que respiraban, bosques que aprendían, organismos que encontraban formas de persistir. De esa larga historia surgimos nosotros, un destello en la corriente del tiempo, un animal que sueña, que crea, que transforma. Hoy, el cambio se acelera. La tecnología moldea la mente y la materia, y el planeta responde a cada movimiento. El progreso corre, pero la conciencia tropieza. Entre la luz de los algoritmos y la sombra de la desigualdad, buscamos una brújula que vuelva a orientarnos. Congreso Futuro 2026 es ese punto de encuentro donde la ciencia se hace palabra, la palabra se hace diálogo y el diálogo, camino compartido. Porque el verdadero progreso no está en crear más poder, sino en darle propósito. Humanidad, ¿hacia dónde vamos?
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La ruta está abierta, el rumbo aún por decidir. Durante millones de años, la vida siguió su curso. Olas que respiraban, bosques que aprendían, organismos que encontraban formas de persistir. De esa larga historia, surgimos nosotros.
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Bienvenidos, bienvenidas a la quinta jornada de este Congreso Futuro 2026. ¿Hacia dónde vamos como especie? De pronto, querida humanidad, tenemos solo una cosa clara: ya llegamos al día viernes. Antes de continuar, queremos compartir una excelente noticia, ya que por segundo año consecutivo, la señal de Congreso Futuro puede verse en vivo en Colombia, Paraguay y Ecuador, y en esta edición 2026 se suma Perú, ampliando de manera significativa el alcance regional del evento gracias a la señal de Claro. A ello se suma, por supuesto, la transmisión especial en vivo para miles de hogares en Chile a través de los canales 114 y 701 de BTR, y 49 y 549 de Claro, habilitados desde hace 11 años de forma exclusiva para Congreso Futuro, en el marco de la alianza estratégica entre Claro, BTR y Congreso Futuro. Enviamos un saludo muy especial a nuestra audiencia internacional y a todas las personas que nos siguen a través de las diversas plataformas que transmiten Congreso Futuro 2026, incluyendo el canal de YouTube y Facebook Live de Congreso Futuro, así como las señales y plataformas de Cooperativa, Cooperativa Ciencia, USTV, UChile TV, TV Senado, El Mostrador, Súbela y Megatiempo. Volvamos ahora a lo nuestro. Como muchas veces ocurre, llega el día viernes y hay gente que se porta medio mal. El primer bloque de la jornada se llama "Maleducados". En este caso, vamos a conversar sobre instancias algo más profundas. Cuando la amabilidad y la empatía quedan al margen, es cuando surgen los problemas sociales. En este bloque, exploraremos cómo el individualismo y la indiferencia afectan la convivencia y dificultan la búsqueda de soluciones reales. Nuestra primera invitada es una destacada socióloga y filósofa eslovena, doctora en Derecho, cuyo trabajo ha sido reconocido internacionalmente gracias a su interés en el encuentro de psicoanálisis, ética y política, con foco en la ansiedad, la elección y la cultura del consumo. Los invito a darle un fuerte aplauso a Renata Saleri. Hola, voy a comenzar con una pequeña historia. Un amigo turco estaba en un metro...
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El metro estaba muy hacinado y una mujer joven, justo al lado de ella, la pisó con sus tacos altos. Mi amiga sacó su pie con dolor, esperando que la joven le pidiera disculpas, pero más bien recibió una serie de palabras maleducadas y acusaciones de que ella había puesto deliberadamente su zapato debajo de la joven. Desde ese momento, mi amiga ha adoptado una posición defensiva en el transporte público. Se para así, se cruza de brazos y mantiene los codos como si fueran un escudo. Lo hace no solo en el metro, sino también en las calles, porque la gente rara vez se hace a un lado cuando se acerca, y si alguien la choca, al menos sus codos la protegen de una colisión más fuerte. Quiero comenzar aquí porque muestra algo importante. La mala educación no solo es una categoría moral, es un clima que se ha vuelto cada vez más común. Debido a ello, la gente ajusta sus cuerpos, sus expectativas y su disposición a defenderse, a autodefenderse. Desde la perspectiva psicoanalítica, esto puede ser significativo, ya que nuestro cuerpo sabe antes que nuestra mente, y la postura se adopta antes de dar argumentos. Cuando el mundo se siente impredecible, el tema se convierte en ser vigilante. Los codos son una pequeña señal de angustia o ansiedad; es una forma de manejar esa angustia y regularse, aunque se sienta desregulado en torno a nosotros. Probablemente han visto imágenes así en los buses y en los metros: jóvenes y también no tan jóvenes que no ceden los asientos a pasajeros mayores. No es un acto de crueldad, sino que están absorbidos en sus teléfonos, y el entorno no existe para ellos. En este momento, mucha gente diría que debemos enseñarle a la gente más reglas, que debemos penalizar una conducta poco educada. Estos conceptos son comprensibles, pero hoy quisiera sugerir un enfoque levemente distinto. Lo que llamamos mala educación no es algo personal, sino un síntoma social y político, porque ha surgido en muchos lugares y contextos a la vez. Lo vemos en las calles, en los lugares de trabajo, en línea y cada vez más en la política. Al final de cada año, los políticos a menudo solicitan solidaridad y más respeto, pero esas apelaciones no funcionan, porque la mala educación se ha convertido en un modo dominante de comunicación, vinculado a cambios políticos e ideológicos que hemos experimentado y vivido en las últimas décadas. Aprendemos cómo comportarnos a través de la socialización. Internalizamos reglas escritas y no escritas, y también las resistimos. En la última mitad de siglo, este proceso de cómo internalizamos las reglas ha cambiado.
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De cómo internalizamos las reglas ha cambiado dramáticamente. Una influencia importante es que estamos viviendo en una sociedad de competencia constante y en una sociedad llena de métricas. A menudo, esto se describe con la ideología neoliberal: competitividad, individualismo y un cambio en la autoridad. Las autoridades tradicionales, como los padres, profesores y líderes comunitarios, que solían influir en la conducta de las personas, han perdido su poder, y nuevas autoridades han surgido. Los influencers y líderes populistas, así como las plataformas de internet, han transformado la forma en que circula la información y cómo se comunican las personas. Este es un lugar crucial. No es que internet cause esta mala educación, sino que, de alguna manera, los sistemas hoy día lo recompensan tanto en línea como offline. El psicoanálisis nos proporciona un lenguaje útil para entender esto. Nuestro mundo social no es solo económico o político, sino también un mundo de signos, normas, expectativas y, especialmente, de lenguaje. A fines del año pasado, la palabra del año fue "mordida por ira", o "rage bite". Este término capta cómo la comunicación está privilegiando la ira, la rabia, la provocación y la confrontación, en lugar de un análisis o una conversación amable y profunda. Si observamos cualquier sección en los diarios o medios en línea, es evidente que el debate sustantivo es raro; el desacuerdo a menudo se expresa con un tono de humillación. Jacques Lacan, el psicoanalista francés, se refirió a nacer en un sistema cultural que es tanto visible como invisible. Hay elementos visibles e invisibles que internalizamos. Cuando este orden simbólico es estable, las personas apenas saben qué es lo que está permitido y qué no. Sin embargo, cuando se vuelve inestable, comienzan a probar límites cada vez más. En cierto sentido, la vida pública comienza a sentirse menos regulada, aunque las leyes sigan existiendo. Uno puede percibir esta inestabilidad en la rapidez con que las conversaciones se interrumpen y se convierten en desacato. La conducta que antes se consideraba incivil se vuelve cada vez más aceptable, y no solo en el ámbito político, donde a veces se habla de forma grosera o ruda, sino también en la interacción entre las personas. Esta lucha por la atención ha prevalecido sobre la lucha por el entendimiento. Ahora, la ira o rabia se convierte, de alguna manera, en algo socialmente productivo, ya que genera atención, pertenencia y, para algunos, un sentido del yo. También ha habido un cambio en la humillación verbal.
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Amplificado por las nuevas aplicaciones y herramientas de creación de imágenes, hoy día las personas generan imágenes humillantes de otras, especialmente de mujeres, y las hacen circular para entretención. Quiero mencionar esto cuidadosamente, no para provocar una sensación negativa, sino para revelar una cierta estructura. El costo de la crueldad ha caído; usted puede humillar a alguien de formas anónimas, rápidas y fácilmente compartibles. Un clic y se propaga. Esto es parte importante de la atmósfera más amplia que se observa hoy día. La humillación se ha convertido en algo estiloso y la tensión, en una recompensa. La grosería o mala educación no solo implica un cambio en los estándares de conducta, sino que se conecta con una ideología que enfatiza el individualismo, glorifica la riqueza material, idealiza la felicidad y promueve la idea de que las decisiones correctas automáticamente conducen al éxito y a la satisfacción. En este contexto, el capitalismo y esta mala educación se han vuelto constantes en el lugar de trabajo. Pensemos en cómo la humillación ha sido envasada en el espectáculo y la entretención. Donald Trump se hizo famoso con su frase "You are fired", que se ha propagado como un mensaje que sugiere que si usted falla, es culpa suya, porque todos pueden tener éxito si así lo desean. Una década atrás, el político estadounidense Paul Ryan afirmaba que los pobres necesitaban un coach de vida para salir de la pobreza, y Oprah Winfrey decía que cuando uno es despedido, debe estar agradecido, ya que la pérdida del trabajo supuestamente ofrece un nuevo inicio. Hagamos una pausa en esto por un momento: uno pierde su medio de vida y, supuestamente, debe estar agradecido. Desde una perspectiva psicoanalítica, esto se convierte en un comando moral que penetra en la psiquis, no solo indicando qué hacer, sino conectándose con una ideología que glorifica la riqueza y la autosuficiencia. Cuando los afectos no se permiten, no desaparecen; retornan en forma de angustia, ansiedad, depresión o agresión desplazada hacia los más vulnerables. Consideremos ahora la economía del delivery. Desde la pandemia, muchos ciudadanos han visto un crecimiento en este sector, con motocicletas y bicicletas que transportan alimentos y otros paquetes. Aquí comienza una especial mala educación y rudeza. Los peatones sienten que podrían ser atropellados, mientras que el trabajador es monitoreado por un cliente que exige rapidez. La interacción se vuelve totalmente impersonal, como si estos servicios fueran realizados por un robot cuyo único objetivo es ser rápido. Esta actitud del cliente se manifiesta en indiferencia e ignorancia, hasta que el repartidor llega tarde, momento en el cual la situación fácilmente se convierte en rudeza o grosería. Esta ideología de la inmediatez y la deshumanización permea nuestras interacciones cotidianas.
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Que permea nuestras condiciones de empleo y también la crueldad en el lugar del trabajo, cambiando las actitudes de las personas con respecto al trabajo. Muchos ya no sienten esa dedicación y devoción por una institución. Sin embargo, paradójicamente, existe todavía un compromiso a nivel inconsciente, a menudo manifestado como ansiedad, la sensación de culpabilidad y el deseo de ser reconocido. Esta contradicción emocional nos puede ayudar a explicar el burnout, el agotamiento y el desgaste. No solo es la cantidad de trabajo lo que causa el burnout, sino también la humillación, el mensaje de que uno es reemplazable y la falta de reconocimiento. Cuando las personas se sienten invisibles, no protegidas y reemplazables, la grosería o la rudeza se convierte en un síntoma y mecanismo de defensa que también puede contagiarse. Aquí, el psicoanálisis agrega otra capa. Esta mala educación o grosería puede ser una defensa contra la vergüenza. Si una persona se siente empequeñecida y expuesta, una forma de escapar de este sentimiento es proyectarlo hacia afuera, haciendo que alguien más se sienta pequeño. De esta manera, se desplaza lo que no se puede tolerar internamente, produciéndolo externamente. La crueldad y la grosería no están confinadas solo al lugar de trabajo; se normalizan también en nuestro ambiente cultural. Casi no hay programas de televisión sin un elemento de crueldad, como un moderador que interroga o un miembro del jurado que humilla públicamente. Recordemos los shows de cocina, de chefs o de talentos, que generalmente están estructurados en torno a la humillación: ¿quién es bueno?, ¿quién es ridículo?, ¿quién debe ser excluido?, ¿quién decide? Esto es relevante porque la cultura no solo refleja la sociedad, sino que también entrena nuestros reflejos emocionales, lo que nos hace reír, lo que toleramos y lo que comenzamos a ver como normal. Ahora, voy a volver a Freud, a Sigmund Freud. En términos muy sencillos, su idea era que es una ilusión esperar la eliminación de la agresión en una relación interpersonal. Freud enfatizó que la agresión es parte de nuestras relaciones con otros y, a menudo, no se dirige solamente hacia los demás, sino también hacia uno mismo. El psicoanálisis tiene como objetivo ayudar a los individuos a reconocer las emociones agresivas dentro de sí mismos, para tratar de verbalizarlas y no responder a ellas con violencia, ya sea hacia otros o hacia sí mismos. La hostilidad, según Freud, puede ser sublimada y transformada en una búsqueda creativa, tal vez a través del arte, o convertida en ironía, juego o humor. Si vivimos en una comunidad que enfatiza la empatía y donde...
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Hay un sentido de justicia social. También puede suceder que un individuo reprima la hostilidad en la inconsciencia y la conciencia social en la cual vivimos, y trato de describir. En la época de Freud, había muchos problemas con la sífilis, pero no hace mucho tiempo tuvimos problemas con el COVID. Freud dio un ejemplo muy interesante de alguien que está infectado por sífilis y está muy enojado. Él está infectado y los otros no, lo que puede generar una sensación de envidia. Esta persona reprime la hostilidad en la inconsciencia y, conscientemente, protege a los demás. Este ejemplo tiene una fecha, pero no la estructura, porque la civilización depende de la capacidad de aceptar límites y no simplemente de hacer lo que a uno se le ocurra. No hay nada malo en tener sentimientos agresivos, pero estos sentimientos no demandan ni necesitan que uno actúe sobre ellos; pueden ser observados, reflexionados y expresados en palabras. Sin embargo, el problema hoy en día es que la esfera pública no está estimulando la reflexión, sino la reacción. Las plataformas en línea están diseñadas para privilegiar la ira y la rabia, buscando más clics y "me gusta". Aquellos que no tienen un intercambio educado obtienen mayor visibilidad. La lucha por la atención prevalece sobre nuestra lucha por el entendimiento, y todo esto afecta el espacio simbólico en el que vivimos. Cuando los algoritmos dan visibilidad a una comunicación agresiva, donde hay actos que humillan o cuando los políticos utilizan discursos vulgares, los estándares morales se remodelan y reformulan. Cuando el espacio simbólico de nuestra cultura promueve la educación y el tacto, no solo debe verse como una amabilidad moral, sino como una regulación que busca disfrutar y transgredir límites. El lenguaje grosero subyace en esta dinámica y su grossería introduce un momento de choque. Se altera un discurso establecido y, a través del lenguaje rudo, este experimenta una fuerza que revela que hay algo en el lenguaje que va más allá del significado. Es decir, un discurso pesado va directo al impacto, y la rudeza individual puede ser una forma de buscar goce.
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