Gracias. Queridos colegas, señoras y señores, bienvenidos a esta segunda parte de la reunión de la comisión de esta semana de diciembre. Celebramos hoy una audiencia sobre la política comercial y la autonomía estratégica, y me complace contar con dos paneles de expertos sobre este tema. Doy la bienvenida a nuestros distinguidos invitados.
Para el primer panel contamos con la doctora Mona Paulsen, de la London School of Economics, y con el señor Joel Kjer, analista e investigador en el Instituto Europeo de Estudios Estratégicos.
Para el segundo panel, centrado en política comercial y autonomía estratégica, contamos con tres expertos externos que representan distintos sectores: el señor Wouter Ghyoot, vicepresidente de Asuntos Gubernamentales de Umicore; el señor Benoît Lemaignan, director ejecutivo de Verkor; y el señor Thomas Cueni, director general de la Federación Europea de Industrias y Asociaciones Farmacéuticas. Bienvenidos.
Todos los oradores disponen de siete minutos cada uno; ya saben que somos muy estrictos con el tiempo de palabra. Cada panel contará, además, con treinta minutos para el debate. Tras ambos paneles, invitaré al señor Denis Redonnet, director general de la DG Trade.
Esta audiencia llega en un momento oportuno, porque mañana conoceremos una nueva comunicación de la Comisión sobre la seguridad económica, lo cual encaja muy bien con nuestro trabajo. Tendremos ulteriores debates sobre este asunto y, en última instancia, esperamos arrojar luz sobre cómo la política comercial puede aportar valor añadido y contribuir a la seguridad económica, al crecimiento y a la estabilidad de la economía y de la sociedad europeas.
Esto es especialmente importante a la luz de los cambios geopolíticos que observamos actualmente: la política comercial de Estados Unidos, con medidas de corte proteccionista que, por decirlo de alguna manera, reflejan un enfoque mercantilista; y, por otro lado, la agresividad de China en materia de política industrial, con planes de grandes inversiones y una aspiración hegemónica en el comercio, a veces a través de mecanismos desleales como las licencias a la exportación. Así están las cosas.
Pasamos, por tanto, al primer panel, “Comercio y evolución de la autonomía estratégica abierta”. Tiene la palabra la doctora Paulsen por siete minutos.
Presidente Lange, señorías, como se ha señalado, me llamo Mona Paulsen, de la London School of Economics, donde soy profesora en las áreas de comercio y desarrollo internacional. Las grandes potencias están reconfigurando los compromisos de la OMC mediante distintas respuestas a los desafíos actuales, con poca consideración por los efectos que ello produce. Reconocer que las empresas no pueden asumir la incertidumbre del pasado es vital para entender nuestra posición actual y para dar forma a nuestros objetivos.
Objetivos económicos futuros. Mi argumento principal hoy es que, en estos tiempos, los gobiernos deben mantener abiertos los canales para la cooperación y la coordinación. Deben mantener y reforzar las instituciones multilaterales, que son la herramienta más potente de la Unión Europea. La narrativa convencional sostiene que vivimos tiempos nuevos que exigen a los gobiernos gestionar la situación mediante instrumentos concebidos en épocas en las que se priorizaba la eficiencia sobre la seguridad. Esta retórica, con sus metáforas bélicas, ha alimentado un cierto excepcionalismo en la búsqueda de competitividad en algunas industrias. Pero esa narrativa carece de sustento histórico.
Las teorías que se invocan no son nuevas. Incluso en el proyecto de posguerra, cuando se establecieron normas comerciales, los arquitectos de aquel sistema jurídico nunca separaron la seguridad de la economía. Tras la Segunda Guerra Mundial, los Estados colaboraron dando forma a sus economías. El multilateralismo se erigió como un marco de gobernanza basado en principios para, con el tiempo, lograr la liberalización comercial. La cuestión central era cómo mantener los mercados abiertos al tiempo que se reforzaban las alianzas mediante ganancias recíprocas en el comercio, contribuyendo así a la seguridad de los gobiernos. La confianza se construía a través de la comunicación regular y de intervenciones más allá del comercio, incluidas medidas para asegurar los recursos.
En trabajos recientes, hemos documentado cómo los gobiernos respondieron a la escasez de materiales estratégicos tras la invasión de Corea en 1950. Potencias como Estados Unidos, Francia y el Reino Unido podrían haber escalado el conflicto por la competencia por recursos limitados; sin embargo, no fue así. Estos tres Estados se pusieron de acuerdo y adoptaron medidas coordinadas. Se establecieron comités y, durante tres años, cada materia prima fue gestionada por un comité que se reunía regularmente y asignaba cuotas del suministro disponible. Esta lógica se apoyaba en las excepciones al principio de no discriminación que reconocían determinadas intervenciones estatales, teniendo en cuenta los beneficios recíprocos y los objetivos compartidos. En lugar de malgastar recursos en medidas unilaterales, se apostó por la coordinación.
Hoy, a menudo se interpreta erróneamente la historia y se sobreestima la capacidad de las normas de la OMC para equilibrar, por sí solas, seguridad y apertura. Europa tiene la oportunidad de trabajar con distintos actores para dar forma al futuro. Como saben, ya se ha iniciado una cartografía de clústeres para evaluar las dinámicas globales. No obstante, la incertidumbre extrema merma el valor del precedente. Europa podría desarrollar mecanismos para gestionar la interdependencia, apoyándose en tecnologías emergentes y respuestas proactivas ante riesgos de suministro. Podríamos elaborar normas internacionales que permitan a los Estados miembros coordinarse, al tiempo que se fomenta la experimentación a nivel nacional. La cooperación podría ayudar a las empresas a gestionar riesgos, permitiéndoles emprender nuevas iniciativas y aprender de actividades transfronterizas.
Uno de los desafíos es demostrar la escasez de suministro sin introducir distorsiones. Los miembros se beneficiarán de un nuevo mecanismo centrado en la evaluación de riesgos económicos. Las salvaguardias existentes en la OMC exigen, entre otros requisitos, la constatación de un aumento de las importaciones y de desarrollos imprevistos; sin embargo, el riesgo puede servir como un indicador a tener en cuenta, junto con otros factores, como en el caso de las cadenas de suministro.
Mejoraría diferentes aspectos, como la alerta temprana, y hay factores importantes como las salvaguardias que podrían proteger a la industria nacional y apoyar respuestas coordinadas. Un mecanismo así estaría alineado con las obligaciones del GATT para evaluar la distribución equitativa del suministro y prevenir crisis, entre otras cosas. Y, finalmente, hay una pregunta más profunda sobre lo deseable de un sistema multilateral que no se base en las normas aceptadas de transparencia, reciprocidad y no discriminación, sino que esté moldeado por quienes ejercen una influencia asimétrica sobre otros miembros.
Sin duda, cuanto más grande sea la coalición, más y mejor podremos restablecer la simetría. Necesitamos movilizar respuestas colectivas, como por ejemplo la Asociación para el Futuro del Comercio. Hay que asegurar que las instituciones dispongan de la capacidad para lograr la acción colectiva, especialmente si examinamos la situación en la OMC a través del sistema de solución de diferencias. La lógica subyacente de su diseño, heredada de la era del GATT, ha sido abordar las acciones estatales que causan perjuicio mundial. Sostenemos que este proceso se basa en el debido proceso, que tiene en cuenta la revisión pública de la situación, el debate colectivo, los paneles comerciales, los fallos de los tribunales y la resiliencia de la OMC.
Concluyo recalcando que la fuerza económica de la Unión Europea depende del compromiso de sus actores con un sistema basado en normas. Si la Unión Europea considera almacenar materias primas y tierras raras, debe estar preparada para que los miembros de la OMC tomen esto como precedente y adopten sus propias medidas, por ejemplo en materia de seguridad alimentaria. Una lección conocida de la posguerra es que cualquier acción de autoayuda genera una reacción que puede conducir a una escalada peligrosa. Una excepción de seguridad abriría la puerta a la guerra económica y al uso del poder económico con fines políticos. En 2020, la Unión Europea respondió a Estados Unidos en el asunto de la protección del acero, señalando que incrementar la autoayuda conduce a la ley de la selva. El nacionalismo de seguridad no hará sino socavar la confianza, no solo en el sistema multilateral de comercio, sino en todos los ámbitos de la colaboración y la cooperación internacional.
He señalado así algunas oportunidades para que la Unión Europea trabaje con otros Estados, participe en una economía global y desarrolle una infraestructura regulatoria que responda adecuadamente a la tecnología. Gracias por su tiempo.
Muchas gracias, señora Paulsen. Ahora tiene la palabra el señor Ter. Tiene usted siete minutos también.
Muchas gracias, presidente. Es un gran placer estar hoy aquí para tratar esta cuestión. He estudiado la cuestión de la inseguridad y las políticas económicas de las grandes potencias para maximizar su seguridad. Quisiera recalcar, sobre esta base, la estrategia de China como potencia comercial: el objetivo específico de convertirse en una fortaleza y hacer que el mundo sea más dependiente de ella. Esto ha alterado las prácticas comerciales y precede el cambio de Estados Unidos, tal como se anunció en la estrategia de 2017 de la Administración. La estrategia Made in China 2025 parte de la premisa de que sin una fuerte base industrial no puede haber país ni nación. China concluye, a la luz del auge y la caída de las potencias y de su propia experiencia, una orientación que queda recogida en la estrategia Made in China 2025.
China aspira a convertirse en líder. En dispositivos médicos, quiere ser el único proveedor en un 95%. Pero no solo eso; si volvemos a la pandemia, se estableció que el objetivo era que el suministro internacional dependiera de China. China afirma que todo lo necesario para su economía y su seguridad debe basarse en la demanda interior, y que la demanda exterior debe orientarse a ese fin, es decir, a convertirse en una fortaleza. Esos son los objetivos.
Con una capacidad de más de setenta millones de trabajadores, con requisitos para las empresas extranjeras aplicables a todos los sectores, y con la innovación tecnológica como clave del próximo plan quinquenal, está claro que el plan de “comprar chino” se desarrollará. China monopoliza cada vez más su propio mercado y, si utiliza las ventajas de ese monopolio para exportar al resto del mundo por debajo del precio de mercado, ¿qué ocurre con la base productiva industrial de los demás países? Ahí hay un cambio muy importante respecto de la era posterior a la Guerra Fría: la industria ya no se limita a la producción y al empleo, sino que se vincula a la seguridad.
Lo que está haciendo China con los controles a la exportación —no se pueden fabricar drones y ciertas tecnologías, etcétera— se inscribe en esa lógica. Diecinueve de los treinta y cuatro materiales fundamentales necesarios para ello se producen en China. En el mundo actual de competencia global, se trata de la seguridad, no del empleo, porque todo depende de que el adversario sepa que, si hace falta, se puede sostener un conflicto en el tiempo. China dice: “Bien, nosotros producimos todo lo que se necesita para la munición”, y sabemos que hay cuellos de botella en la producción. Esto genera una erosión de la disuasión.
El sistema comercial ha cambiado radicalmente desde los años ochenta, incorporando un elemento de fuerza —o coerción— comercial para maximizar el control de los insumos fundamentales. No me refiero solo a las materias primas fundamentales, sino también a los semiconductores: China se ha convertido en un productor principal de semiconductores y ahí tenemos una gran dependencia. Lo mismo sucede con las sustancias y productos químicos. La capacidad química en Europa se ha reducido radicalmente, y los semiconductores son la espina dorsal a nivel mundial; los productos químicos son el tejido del que dependen todos los sectores. Esa es una de las capas esenciales.
Pero hay un segundo problema en lo que está haciendo China: controla crecientemente la producción, más del 30% de todos los productos a nivel mundial y, según ciertas previsiones, será el 45%. Esto abrirá una nueva generación de dependencias, no solo respecto de productos que se compran una vez —por ejemplo, para una turbina eólica—, sino también de insumos y componentes críticos de carácter recurrente.
…sino para el funcionamiento de los productos. Y la pregunta es: ¿quién está cómodo con que esos componentes de transformación en nuestros sistemas energéticos dependan de China? El Gobierno de los Países Bajos ha señalado que esto es fundamental en nuestro contexto energético. Sabemos lo que pasó con el gas ruso y no vamos a repetir ese error. ¿Qué significa esto para los paneles solares y para el aumento que vemos en la producción de turbinas eólicas chinas? ¿Cómo vemos a un poder geopolítico que ha socavado básicamente todas las sanciones contra Rusia impulsando la producción de bienes de uso dual que Rusia necesita para la guerra contra Ucrania? Todo esto aumenta las tensiones en el mar de China y en Taiwán; si hubiera un conflicto en esa zona, sería un conflicto global. Nuestra dependencia de ellos crece más rápido que la dependencia inversa. Y la pérdida de control sobre puntos neurálgicos de la economía mundial, a raíz de la disrupción que China ha introducido en el sistema global, es muy peligrosa. Al responder a sus preguntas, abundaré en los cambios políticos necesarios para evitar esta situación. Muchas gracias.
Y ahora tienen la palabra los miembros de esta comisión. INTA, como saben, ha trabajado en un informe de propia iniciativa sobre el papel del comercio para reforzar la seguridad de la Unión Europea, y nuestro ponente es el señor Zoido Álvarez, que tiene la palabra en primer lugar. Un par de minutos.
Muchas gracias, presidente. Muchas gracias a los responsables de la Comisión que han venido a informarnos en el día de hoy. Muchas gracias por una información tan precisa y, al mismo tiempo, tan interesante. Para muchos en esta Casa, el concepto de autonomía estratégica abierta parecía una idea algo confusa y hueca. Sin embargo, ahora, después de la pandemia, la guerra de Ucrania, la crisis energética y los controles de exportación de China, además de los aranceles estadounidenses, creo que todos lo hemos acabado comprendiendo. Lo hemos tenido que aprender a golpes y rápido. Por eso es hora de que tomemos nota, aprendamos la lección y nos preparemos para el futuro. Esta lección debe reflejarse en la nueva doctrina de seguridad económica, un documento que deberá convertirse en el manual de instrucción de la futura autonomía estratégica europea: identificar riesgos, reducir dependencias críticas y reforzar nuestra capacidad industrial y tecnológica.
En este contexto, quisiera plantear tres preguntas a nuestros expertos. Primero, de manera general: ¿cómo podemos alcanzar un equilibrio que nos permita reducir vulnerabilidades y responder a la coerción sin que ello suponga una pérdida de mercados para nuestras empresas? Segundo: ¿qué papel deben jugar las alianzas de minimización de riesgos con socios afines como Corea del Sur, Japón o Canadá? Y tercero, teniendo en cuenta la obligación de respeto al principio de subsidiariedad: ¿cómo podemos involucrar a los Estados miembros en esta estrategia conjunta de seguridad económica? Muchas gracias.
Muchas gracias, Kathleen. Muchas gracias, y muchísimas gracias por estas dos interesantes presentaciones, aunque muy distintas entre sí, pero quizá complementarias; no lo sé. Tengo dos preguntas, en cualquier caso. Hay un documento ya filtrado sobre la política de seguridad, pero ha habido otros documentos políticos, uno muy importante en el pasado, sobre la política y la Ley de Materias Primas Fundamentales. Señor Stier, usted lo ha mencionado en su introducción. Desde entonces hemos creado una nueva estrategia, una nueva política, pero nuestras dependencias en materias primas fundamentales han aumentado. Tenemos una estrategia con todo lo que queremos hacer y, unos años después, las cosas han empeorado; ni siquiera se han estabilizado. Usted lo ha dicho al principio.
Señor Comisario de Comercio, o señora presidenta de la comisión: si pudiera hacer cinco cosas y tuviera recursos para ello, ¿qué haría? Esto me lleva a una segunda pregunta sobre las medidas contra la coerción. Nuestro presidente fue el ponente del instrumento contra la coerción y quedamos muy satisfechos con ese instrumento. Habíamos creado algo completamente nuevo y dijimos: este es el instrumento del que disponemos. Pero desde entonces hemos sido objeto de coerción de forma constante. ¿Y lo hemos utilizado una sola vez? ¿Para qué? ¿Nos da tanto miedo utilizarlo? Quisiera saber por qué, si nos lo puede explicar.
Señora Paulsen, usted nos ha presentado un excelente análisis. Me gustaría creer todo lo que ha dicho, pero creo que ya no es válido en la actualidad. Por favor, convénzanos. Queremos seguir creyendo en mantener abiertos los canales y en un espacio comercial basado en normas, pero la realidad es otra. ¿Qué necesitamos? ¿Un sistema radicalmente distinto? ¿Debemos abolir la OMC y crear algo completamente nuevo, porque lo actual no funciona? ¿Qué hay que hacer? Si somos los últimos que permanecemos en la escena internacional —quizá junto con Canadá, Australia, tal vez Japón—, de poco sirve si los demás no se suben al carro. Denos su opinión sobre el futuro de la seguridad económica y mencione los cinco elementos que priorizaría.
Gracias. Quisiera preguntar a los oradores sobre el concepto de autonomía estratégica en materia de seguridad, donde observo algunas contradicciones. Primero, la Unión Europea ha sido durante mucho tiempo líder del comercio abierto, con muy poca intervención en el mercado y acuerdos de libre comercio. De este modo, la Unión ha reducido el espacio político para que los Gobiernos protejan sus propias industrias, planifiquen a largo plazo o utilicen la contratación pública de forma estratégica. ¿No deberíamos recuperar ese espacio político? ¿No deberíamos asegurar para nosotros sectores clave y elementos estratégicos de nuestra economía? Segundo, en muchos ámbitos —como la transformación de materias primas críticas y la producción de baterías— muy pocas empresas controlan la producción, la cadena de suministro, la tecnología y la toma de decisiones. A menudo reciben grandes cantidades de fondos públicos, mientras controlan patentes y plantas de producción. Mi pregunta es: ¿por qué esta concentración de poder de mercado no se trata como un riesgo estratégico?
Y, señor Tir, como ha dicho usted, China domina ciertos sectores clave. ¿Qué significa esto para las relaciones UE‑China? ¿Debemos continuar tomando represalias, proceder a una escalada, o intentar cooperar? Porque ahora da la sensación de que la Unión Europea solo quiere libre comercio cuando le conviene y obtiene beneficios. Muchas gracias.
Por mi parte, quisiera plantear algunas preguntas, señora Paulsen. Yo también creo en una seguridad basada en normas y en una cooperación igualmente basada en normas. Tenemos muchas relaciones con China y el 73 % del comercio internacional es con estos dos socios. ¿La red que estamos desarrollando basta? Intentamos modernizar la OMC. Tenemos 44 acuerdos comerciales con más de 70 países en el mundo y miniacuerdos para estabilizar relaciones con otros países. Pero, ¿es este sistema suficiente para crear seguridad basada en relaciones de confianza?
Vamos a empezar. Sí, China es un problema. Juegan por su cuenta. Pero nuestra dependencia de ellos se basa también en el interés de las empresas europeas. Hablé con el director general de una gran empresa alemana y me decía: “somos ingenuos con China”. Y me corrigió: “no, no; es la estrategia económica de la empresa: salarios bajos y casi ninguna obligación medioambiental”. Durante muchos años se beneficiaron de estas condiciones, olvidando diversificar la cadena de suministro. Uno confía en un único suministrador sobre la base de intereses puramente económicos. ¿Qué parte de responsabilidad tienen las empresas europeas, sobre todo las grandes? ¿Qué opina al respecto en la situación en la que nos encontramos, señora Poulsen?
Gracias. Me voy a quitar los auriculares para no oírme a mí misma. En primer lugar, estas políticas están interrelacionadas. El planteamiento de China en el desarrollo y la industrialización, desde 2001, se basa en una estrategia general, no limitada a ciertos sectores, y en una serie de compromisos en su programa de trabajo. Esto me lleva a una cuestión general: la OMC sigue funcionando para la mayoría de los socios comerciales y, si Europa quiere relacionarse con muchas economías en vías de desarrollo, tiene que seguir estando allí, no solo porque es lo correcto, sino porque es beneficioso a largo plazo.
Para entender este contexto, siempre hablo de beneficios y costes. Algunas medidas pueden gestionarse a través de la contratación pública. Hay maneras de diseñar medidas y políticas si Europa quisiera luchar contra prácticas comerciales desleales, no siempre de manera defensiva, sino también presentando quejas multilaterales sobre prácticas y estrategias, para poder resolver —o ver— cómo distintos países se encaran a la cuarta revolución industrial.
Al escuchar algunos debates, a menudo se empieza a mezclar todo: tecnología civil y militar, distintas materias fundamentales. Es fácil hablar en el mismo contexto de marcapasos y tecnología militar porque utilizan los mismos componentes; pero, en el contexto comercial, existen excepciones de seguridad muy claras. La cuestión es cómo empezamos a tratar estos nuevos retos en materia de seguridad. Ahí es donde realmente necesitamos crear mejores estructuras y mejores normas: instrumentos de anti-coerción y revisión de las cuestiones de seguridad.
En la OMC, en estos momentos, los gobiernos pueden hacer uso de la excepción de seguridad para proteger algunos productos destinados a uso militar. Hasta ese punto, ya existe esa posibilidad. Lo que se necesita ahora son debates claros a nivel gubernamental, quizá incluso de una forma un poco más securitizada, para que se sepa por qué los gobiernos consideran que tiene que haber más seguridad: un debate más coordinado y con parámetros basados en la práctica que permitan la revisión.
De forma que no se proteja la industria propia bajo otra estrategia exterior, sino que se desarrolle un plan frente a prácticas ilícitas, estableciendo, por ejemplo, que esto estará sometido a revisión cada dos años, cada cuatro años; lo vamos a reevaluar, para mantener vivo ese impulso de seguridad. Es muy importante crear este tipo de marcos con las pruebas de las que ya disponemos.
…con el mundo empresarial, pero también pensando en las políticas a largo plazo. Si únicamente nos centramos en la situación presente, urge abordar la cuestión de las dependencias, pero también se resta eficiencia y oportunidades a las empresas, que tendrán que incurrir en mayores costes o replantearse cuestiones de empleo. Deben reflexionar qué componentes y eslabones de la cadena se enfrentan a la actuación de un adversario; eso remite a la innovación y a la perspectiva de futuro.
El gobierno puede apoyar, quizá de manera permanente, a través de ayudas, pero eso hay que reglamentarlo y debatirlo con otros socios, porque altera la dinámica de la competitividad: cuanto más se proteja a las propias empresas, menos margen hay después para negociar con los socios. Se necesita una arquitectura clara y, además, directrices precisas sobre qué es un adversario y qué es un aliado. No basta con debatir sin algo por escrito, como señalaba al señor Tia: ¿estamos hablando de contratos Estado‑empresa? ¿Cuáles son las disposiciones? ¿O de que las empresas integren en su planificación las políticas públicas y de defensa? De lo contrario, se centrarán únicamente en la operativa.
Corresponde a los gobiernos impulsar estos debates y desarrollar, por ejemplo, normas que sirvan de base de actuación. Ahí la OMC puede ayudar a facilitar un debate conjunto y crear el entorno para abordarlo. Es esencial prever estrategias de salida, cláusulas de revisión y mecanismos de coordinación. En particular, en materia de anticoerción es muy complicado: no hay una definición clara de “coerción”. El instrumento de anticoerción existe, pero su compatibilidad con la OMC no ha sido aún dirimida; se enmarca en el derecho internacional, pero no ha sido verificada por los gobiernos. La Unión Europea está defendiendo a sus Estados miembros mediante actuaciones unilaterales, y lo que intentaba decir —aunque iba deprisa— es que una acción unilateral suele provocar una respuesta unilateral.
He trabajado sobre la acción colectiva en el marco de las quejas por situación (situation complaints). No se trata de señalar a un gobierno concreto, sino de asociarse para abordar una situación que existe a nivel global y, a partir de ahí, considerar medidas específicas de los gobiernos. Esos paneles pueden atenuar y mitigar el daño, por ejemplo mediante el diálogo entre empresas, abordando la discriminación y las salvaguardias. Todo esto puede resolverse. La OMC no es una panacea; es un foro para que todos se junten y debatan. La pregunta es qué grado de seguridad podemos introducir en lo que se hace en la OMC.
Gracias.
Señor Tia, agruparé algunas preguntas. Sobre la idea de que Europa únicamente firma acuerdos cuando sale ganando: China no está comerciando de forma libre; controla la mayor parte de la producción, y en el 85% de los casos hay discriminación frente a las empresas extranjeras. Esa es una característica implícita del sistema que debemos superar si queremos remediar la escasez de producción en determinados ámbitos. Usted mencionaba, tras hablar con un empresario, que el presidente Xi Jinping intenta sustituir a esa empresa por un actor nacional, construyendo una fortaleza para gestionar riesgos geopolíticos. Sí, cada acción unilateral exige una respuesta, y hoy China y Estados Unidos actúan de forma unilateral. Hay muchas medidas discutibles; pero, si no se responde, asistiremos a la desindustrialización.
Quisiera subrayar dos estudios, uno sobre las materias primas fundamentales. Si analizamos la estructura del mercado de las tierras raras, observamos que hay dos grandes conglomerados chinos que, a lo largo de los últimos veinte años, se han consolidado y hoy extraen la mayor parte y refinan prácticamente el 100%. Manejan volúmenes muy elevados y acumulan inventarios hasta el punto de poder influir o incluso fijar los precios globales. Esto enlaza con la Ley de Materias Primas Fundamentales: es positivo porque apunta a un análisis de posibles soluciones, pero no aborda los instrumentos de regulación necesarios para hacer frente a la competencia financiada por el Estado en China.
Cuando hablo con las empresas, que piensan en horizontes de inversión de veinte años, me señalan que, si China puede adoptar en dos semanas decisiones capaces de alterar el mercado global, poco podemos hacer: los monopolios intentan controlar lo que ocurre. Por ejemplo, ni siquiera dejan salir determinadas tecnologías de China, de modo que no hay proveedor alternativo, porque no hemos entrado en ese juego de los puntos de control. Así han podido también frenar políticas del señor Trump. ¿Cómo abordamos esta cuestión?
La problemática de las materias primas fundamentales es central: los riesgos están claros y hay dos retos. Primero, la brecha de costes, porque en China se producen bienes muy baratos que acrecientan nuestra dependencia. ¿Qué podemos hacer? Una sugerencia que hemos planteado: en el marco del 3,5% del gasto de la OTAN, la innovación puede incluirse cuando hay componente militar —por ejemplo, motores de aviación—, y es muy importante tener en cuenta a Rusia. ¿Por qué no utilizar esa financiación de defensa para superar estas brechas? Puede emplearse para la industria de defensa, pero ¿por qué no también para componentes como imanes, etcétera, que igualmente se utilizan?
Hemos hablado con muchos productores de componentes que se han enfrentado a bloqueos desde China. Les hemos preguntado qué hacen cuando no disponen de esos componentes. Nos responden: aumento los precios un 20%, porque, si no, no puedo mantener el nivel de empleo. Pero si sube el precio de la componente, sube el precio del producto militar y, en consecuencia, se incrementa el gasto de la OTAN sin resolver el problema de base de los componentes. Además, se producen importantes retrasos en el suministro —por ejemplo, de Taiwán a los Estados Unidos—. Si no se emplean estos fondos de defensa para resolver el problema de los insumos de la industria militar, el resultado será contraproducente.
Hablamos de imanes para automóviles y para muchos otros productos. Se trata de fomentar una innovación de doble uso que sea competitiva. China lo está haciendo muy bien y Estados Unidos también; no entiendo por qué Europa no puede hacerlo.
La señora Poulsen: Muy brevemente, una advertencia. Cuando se asigna gasto militar a aplicaciones de carácter civil, existe el riesgo de que todo tenga que ser de doble uso. Podemos compararlo con la fusión militar-civil que proclama China.
Hay cuestiones de orden jurídico que habría que abordar cuando se propone exigir a las empresas privadas que creen aplicaciones civiles —por ejemplo, en energías renovables o vehículos eléctricos— con el fin de desvincularlas del gasto de defensa. Esto alteraría el sistema; creo que hay otras vías.
A la hora de desarrollar normas internacionales, debemos hablar con nuestros socios para calibrar si estamos desalineados y si conviene considerar mecanismos de coordinación o de gestión conjunta de determinadas materias primas. Un gobierno, por ejemplo, puede tener mucho éxito en la producción de ciertos productos, pero ¿qué pasa si alguien produce más de la cuenta? Estados Unidos intenta abordar estos problemas con aranceles. Nosotros debemos pensar en hacerlo con los socios, coordinándonos con ellos, recurriendo a instrumentos contra la coerción, a la supervisión o a marcos sobre materias primas, permitiendo que todos prosperen.
Señor Teer, esto se enlaza con la cuestión de la economía estratégica. Hay que ser prudentes en la reflexión: cuanto más amplio sea el conglomerado, mejor. Uno de los puntos fuertes, pensando en materias primas fundamentales en Europa, es que estamos orientando la transición. Por ejemplo, en el proyecto de turbinas en los Países Bajos se requieren muchos imanes. Hay que pensar en quienes diseñan estos proyectos, en las convocatorias de contratación pública y en hacia dónde se dirige la demanda. Si se trabaja de determinada forma, la demanda favorecerá a China. Hay muchos que producen imanes y extraen materiales; por ello, debemos insistir de forma colectiva.
Esto es lo que habría que reformar: por ejemplo, alterar las directivas de contratación pública para dar más margen a que los Estados puedan exigir “Europa más un socio fiable”, como quiera que se defina, de modo que pueda contemplarse el suministro con Japón. No recomendaría hacerlo a la manera de Trump, es decir, con más aranceles para unos que para otros, algo difícil de justificar geopolíticamente; hay otras posibilidades que pueden aprovecharse.
Japón tuvo problemas ya en 2010 y decidió invertir en proyectos que han ido mucho más allá que los europeos. ¿Por qué no podemos nosotros alcanzar acuerdos similares o coinvertir? No tenemos por qué quedarnos solos; hay que hacerlo entre todos.
Sí, pero hay que considerar la OMC y sus normas. En todo caso, debatiremos sobre la Directiva de contratación pública el año que viene. Cuatro minutos para comentar. Muchas gracias. ¿Prefiere que intervenga al final o cómo desea que lo haga?