Hola, sí, pruebas uno, dos, tres, cuatro, probando uno.
Buenos días, vamos tomando asiento, si les parece. Quiero empezar estas jornadas agradeciendo a todas y a todos el estar aquí. Disculpad un poco la tardanza, pero como sabéis, ha habido un pequeño caos ferroviario y hemos tenido que esperar a ponentes y también a invitados a estas jornadas.
Hoy estamos aquí no solo para anticipar el futuro, sino también para entender un presente que ya está transformando el empleo, los servicios públicos y la vida cotidiana de nuestros ciudadanos y ciudadanas. Vivimos rodeados de cajeros automáticos, pantallas y cajas de autocobro que forman parte del día a día de nuestro paisaje cotidiano, ya sea en supermercados, bancos, comercios y administraciones. Esta transformación, que a menudo se presenta como neutra o inevitable, tiene efectos muy concretos sobre el empleo, la atención humana y, sobre todo, la igualdad.
Nos encontramos ante una aceleración sin precedentes de la automatización y de la inteligencia artificial. Las grandes tecnológicas están invirtiendo cifras históricas en infraestructuras digitales, mientras se reconfiguran de manera profunda el mercado de trabajo y la distribución de la riqueza. Un ejemplo claro es Amazon, que ha anunciado una inversión de 200 millones de dólares en inteligencia artificial y robótica, una respuesta récord que convive con despidos masivos y estrategias de reducción de costes laborales. No es un caso aislado; el conjunto de la industria tecnológica prevé una mayor inversión, alrededor de 630 millones de dólares en infraestructuras e inteligencia artificial.
Este modelo tiene consecuencias claras, porque mientras aumentan la inversión y los beneficios, el ajuste se produce sobre los empleos, la atención humana y los servicios presenciales. La automatización no siempre sustituye el trabajo, y esto es clave, ya que muchas veces lo traslada a los usuarios, a los ciudadanos. Somos nosotras y nosotros quienes ya realizamos esos pagos, esos autocobros y ese servicio en los supermercados, en Zara, en todos estos tipos de comercios.
Este proceso no puede separarse de otra tendencia estructural: la creciente concentración de la riqueza, donde alrededor de 56.000 personas en el mundo ostentan todo el capital de nuestra industria. Todo esto ocurre además en un contexto geopolítico concreto. Mientras Europa duda sobre su soberanía tecnológica, otros deciden las infraestructuras digitales que usamos, los algoritmos de la información y los modelos de consumo que imponen. Las grandes plataformas se han convertido en estructuras de poder y, sobre todo, en una extensión geopolítica de muchas estrategias de seguridad.
Nos enfrentamos así a una economía donde los beneficios crecen gracias a nuestros datos, a nuestra atención, a nuestro tiempo, pero no retornan nada a nuestra sociedad. Y por eso hoy estamos aquí, porque desde Más Madrid queremos empezar a pensar, a diseñar y a construir junto con vosotras, junto con la ciudadanía, una alternativa que afirme que la automatización y la inteligencia artificial deben estar al servicio del interés general y de los beneficios que generan.
Lo quiero decir con claridad: los beneficios y la innovación pueden dirigirse hacia una prestación por crianza, hacia una sanidad pública fuerte, hacia servicios públicos capaces de dar una respuesta eficaz, sobre todo por nuestras hijas y nuestros hijos. Estas jornadas Tax the Robots no van solo de un impuesto; van de distribución, de transición justa y, sobre todo, de democracia digital. No quiero que nuestras hijas y nuestros hijos vivan en una sociedad domesticada por suscripciones, donde el tiempo y los beneficios se quedan en manos de las empresas. Somos capaces de avanzar en una innovación justa, en una reeducación y una reinserción del mercado laboral.
Quiero cerrar diciendo que esta iniciativa no proviene de ningún foro, sino de una solicitud de un ciudadano llamado Antonio, quien se encuentra entre nosotros hoy, un joven. ¿Dónde estás, Antonio? Saluda, por favor. Me escribió por Instagram, preocupado por esta realidad, pero sobre todo por su madre, que sufre de discapacidad y que observa cómo estos espacios digitales no están adaptados para las personas mayores, para las mujeres y para las personas con discapacidad funcional. Por ello, es importante realizar esta transición, asegurándonos de no dejar a nadie atrás.
Doy paso a la portavoz de Más Madrid en el Ayuntamiento de Madrid, Rita Maestre, y agradezco de nuevo su presencia hoy. Muy buenos días a todas y a todos. Quiero comenzar agradeciendo a TES por organizar estas jornadas. Es una seña de identidad de la que nos sentimos particularmente orgullosos, la de ser valientes al hacernos preguntas y buscar respuestas sobre los temas que nos preocupan en el presente y en el futuro más inmediato. Por eso hemos organizado estas jornadas sobre un tema que se discute constantemente en la calle, en las instituciones y en los parlamentos, con ponentes de lujo que nos acompañarán tras esta primera presentación institucional.
Estamos en un momento de cambio radical en el mundo del trabajo, la economía y los servicios. Es evidente que la inteligencia artificial y la robotización están transformando nuestra economía de manera rápida y radical. En otros momentos de cambio, la introducción de tecnologías ha sido un proceso más progresivo; sin embargo, esta vez es diferente, ya está aquí y avanza rápidamente. No solo estamos hablando de empresas, sino de poderes privados que poseen una enorme capacidad para influir en la economía, el trabajo, la comunicación y la política.
Sabemos lo que sucede cuando el poder colectivo se debilita y cuando la concentración de poder económico y político se reduce a unas pocas manos. Esto debilita la democracia, y por eso las preguntas que nos planteamos hoy son de primer orden. La incorporación de la robotización y la inteligencia artificial impacta en el empleo, en los salarios y, por ende, en la economía doméstica de nuestro país y de otros.
Es evidente que ha habido enormes incrementos de productividad vinculados a la robotización, la automatización y la inteligencia artificial. Sin embargo, aún no hemos decidido, o no se nos ha preguntado, cómo vamos a repartir esos incrementos de productividad. Desde los años 70, la productividad ha crecido en nuestras sociedades, pero este crecimiento se ha repartido de forma desigual. Durante las últimas décadas, los beneficios y los ingresos de las empresas han aumentado considerablemente, mientras que los salarios reales de los trabajadores y trabajadoras no han crecido en paralelo. Esta es una cuestión que debemos abordar.
Además, estas empresas no solo son entidades económicas; también gestionan y controlan infraestructuras críticas de seguridad y de datos, así como la forma en que nos comunicamos y se crea y difunde la opinión pública. Esto significa que tienen un poder económico considerable y controlan recursos e infraestructuras esenciales para nuestras sociedades democráticas.
Ante esta transformación evidente, que ha dejado a algunos países paralizados, nuestro país es uno de los que más preguntas se está planteando y que muestra valentía al afrontarlas. En Estados Unidos, ya existen propuestas como la de Bernie Sanders, quien presentó un informe en el Senado proponiendo un impuesto a los robots como medida para garantizar que los beneficios de la inteligencia artificial y la automatización no se concentren en pocas manos, sino que se distribuyan de manera más equitativa.
De lo que estamos hablando aquí es de crecimiento económico y de la justicia social y fiscal que debe acompañar a ese crecimiento. Es evidente que hay quienes incluso desconocen que son parte de nuestro ordenamiento constitucional. No se trata de frenar la innovación ni de rechazar los cambios tecnológicos que estamos viviendo, sino de ser realistas y conscientes de que nos jugamos mucho más que una simple disputa de nombres. Esta transformación es crucial tanto para la economía como para la sociedad. Desde Más Madrid, somos claros: creemos que es necesario poner límites a las corporaciones, a los milmillonarios y también a los políticos que les facilitan el camino.
La razón de que unos puedan evadir fiscalmente miles de millones de euros cada año es porque hay políticos que regulan de forma directa para que esas personas puedan evadir sus impuestos. Y nosotros queremos hacer exactamente lo contrario. En los países desarrollados, en España, la mayor parte de la población paga entre un 25 y un 50% de impuestos sobre la renta que genera cada año. La realidad es que los millonarios pagan mucho menos de tipo real, tanto en nuestro país como en otros países del mundo. Visteis, imagino, el reciente informe que publicó Oxfam en Davos. Desde el año 2020, la riqueza combinada de los mil millonarios ha crecido en un 81%, que son 2,5 billones de euros. Este crecimiento de la riqueza de este pequeño grupo de personas es equivalente a lo que poseen 4.100 millones de personas, es decir, la parte más pobre de la población del mundo. Estamos hablando de un crecimiento de las desigualdades que no se había visto nunca en sociedades como las nuestras, que nunca habíamos dado por normalizado y que no debemos de dar por normalizado ahora.
Termino remarcando una vez más la relación que hay entre el poder económico y el poder político, y en la causalidad que existe entre la presión de estos oligarcas y estas grandes corporaciones para intervenir en el poder político. No es casual que los dueños de miles de millones de euros, así como de grandes plataformas y corporaciones, intervengan tan directamente en el debate político. Los Zuckerberg, los Musk, los que controlan enormes esferas de poder e influencia. Si a estos señores les importa que en sus herramientas digitales campen a sus anchas las estafas de las criptomonedas, los desnudos ilegales de las mujeres a través de la inteligencia artificial, la propagación de bulos, el negacionismo, y la manipulación de la atención a través de algoritmos oscuros destinados a monetizar el tiempo que perdemos cada día en sus redes sociales, entonces tenemos una pista muy clara sobre en qué dirección tenemos que regular. Hay que regular para que estas personas tengan menos poder y para que no sientan que nuestras vidas, nuestro tiempo, como decía Tess, son un campo infinito con el que hacer dinero que se queda solo para ellos.
De eso van estas jornadas, de pensar en el presente y el futuro, de hacernos preguntas valientes, y de recordar que los estados y las coaliciones de estados seguimos teniendo poder. Hay toda una ideología y una organización muy coordinada de ataque al concepto de estado y al concepto de soberanía. No hay que rendirse porque ellos son muy poderosos; lo contrario, debemos recordar que tenemos el poder democrático, el de las sociedades, el de los pueblos, el de los estados y el de las alianzas de estados tan grandes como nuestro país y los países que nos rodean, para hacerles frente democráticamente a quienes pretenden devolvernos a los años más antiguos del feudalismo.
Muchísimas gracias por participar. Le paso la palabra a Mónica García, ministra de Sanidad del Gobierno de España.
Muy buenos días, aquí un lunes por la mañana. Lo primero, quería dar las gracias a TES por impulsar este debate, esta reflexión, y a Antonio, por haber sido esa mecha que encendió este acto. Al final, que seas tú, Antonio, el que hayas encendido esta mecha es parte de nuestro día a día en la política. Los políticos y las políticas somos una parte más de esa cadena de transmisión de lo que deben ser las preocupaciones ciudadanas y las soluciones que estamos aquí para servir. Así que muchas gracias, Antonio, por poner este debate. También agradezco a Más Madrid por hacer de ello un acto y a todos vosotros por la curiosidad, que mueve el mundo, avanza el mundo y fomenta las ganas de cambiar y transformar.
No voy a decir nada que no hayan dicho ya mis compañeras, pero sí es cierto que la tecnología, la inteligencia artificial y la automatización no son fenómenos neutrales; son el resultado de decisiones humanas, económicas, empresariales y políticas. Lo que tenemos que decidir es quién se queda con los beneficios, quién regula y quién asume los costes. Bajo esta premisa, tenemos un debate que va más allá de pensar en la tecnología, va más allá de pensar en la inteligencia artificial. Como decía Rita, se trata de imaginar nuestras sociedades y reflexionar sobre el presente y el futuro de nuestras democracias.
Amenazadas por toda esta explosión tecnológica y estos tecnoligarcas que desean influir e intervenir en nuestra vida, en nuestras decisiones políticas y en nuestras decisiones democráticas, vivimos en una paradoja en la que nunca hemos tenido tanta riqueza con tan poco trabajo humano. Si nos remontamos a las jornadas laborales y a la jornada de ocho horas, todo el mundo se imaginaba que en el año 2026 íbamos a trabajar todavía menos y ser capaces de repartir dos grandes riquezas: no solo la riqueza económica, sino también la mayor riqueza que poseemos, que es el tiempo. Sin embargo, esto no parece que esté sucediendo.
Estamos en un momento en el que se ha producido mucha riqueza, pero la redistribución de esta riqueza está abriendo cada vez más una brecha de desigualdad entre quienes más tienen y quienes menos tienen, mermando su capacidad y su igualdad de oportunidades para participar en la democracia. Durante décadas hemos sostenido un estado de bienestar que incluye sanidad pública, educación, pensiones, cuidados y protección social, todos ellos amenazados en la actualidad.
Una parte de este creciente valor económico se está generando con menos empleo o directamente sin él. La tecnología debe ser una herramienta al servicio de la ciudadanía, de nuestro tiempo y de nuestras democracias. Esto nos obliga a preguntarnos cómo somos capaces de redistribuir este tiempo y esta riqueza, sabiendo que ahora tenemos automatismos, inteligencias artificiales y tecnología que están sustituyendo el valor del trabajo, no solo como herramienta de apoyo, sino que lo están reemplazando. Sin embargo, no estamos recogiendo los réditos económicos que estas plataformas generan.
Por ello, el "tax the robots" me parece más que imprescindible y necesario. Debemos considerar sistemas fiscales que sean justos, ya que, como decía Tess, creemos en la justicia social, un principio que está consagrado en la Constitución española. Estamos viendo cómo estas nuevas formas de renta se escapan de la contribución común y de la financiación de nuestro estado de bienestar, afectando el futuro de nuestras sociedades.
En paralelo, parte del debate se ha centrado en la idea de sustituir el trabajo humano. No podemos quedarnos atrapados en el falso dilema de si la inteligencia artificial es o no el final del trabajo; es una herramienta que debe estar al servicio de los ciudadanos. Lo que debemos debatir y reflexionar es cómo se reparte esa riqueza, ese trabajo, ese tiempo y cómo se distribuyen los beneficios de ese progreso. La regulación, como siempre, va un poco por detrás de la realidad.
Es cierto que la regulación europea está intentando poner coto a estas desigualdades e injusticias, pero siempre avanzamos a una velocidad que queda rezagada respecto a lo que nos está afectando. Ya lo ha mencionado Rita en relación a los tecnofeudales, como Zuckerberg, que no solo acaparan gran parte de la riqueza mundial, sino que también buscan concentrar gran parte del poder democrático mundial. Esto no lo podemos permitir. Estos días en Más Madrid estamos hablando sin tapujos de que nos están robando: nos están robando nuestras viviendas, nuestros servicios públicos, nuestros centros de salud, y también nos están robando el tiempo.
También nos están robando la capacidad de redistribuir nuestras decisiones, de redistribuir la riqueza y de redistribuir esa justicia social. ¿En qué lo queremos traducir? Lo queremos traducir estos avances tecnológicos en más tiempo, en menos estrés, en más derechos, que es en lo que se debería traducir. Entiendo que en el siglo pasado, cuando alguien pensara que dentro de un siglo los robots van a hacer esto, esto y esto, se pensara que trabajaríamos menos, tendríamos más derechos y más libertades. Sin embargo, estamos viendo cómo esto se está poniendo en duda.
Como ministra de Sanidad, debo señalar que esto tiene un grandísimo impacto en la salud. Las transiciones mal gestionadas se pagan en salud. Si no somos capaces de redistribuir el tiempo, los beneficios económicos y de que haya un beneficio común, con el bien común en el centro de todos estos avances tecnológicos, todo esto lo vamos a pagar sí o sí en salud. Un modelo productivo injusto al final tendrá consecuencias en salud, laborales y económicas a largo plazo. Por eso, lo que estamos hablando hoy es de cuál es el contrato social que vamos a establecer en la era digital. Es un momento de transformación, de cambio y de revisión de ese contrato social en una era digital en la que han cambiado los elementos de nuestra sociedad.
Os deseo una jornada muy productiva, con muchas soluciones, ideas y políticas públicas innovadoras, que también son necesarias, poniendo toda la inteligencia al servicio de lo común. Muchas gracias.
Ahora, terminado el discurso político, vamos a dar paso a las mesas. En la mesa dos habrá traducción simultánea en inglés, por lo que os pediremos que conectéis el pinganillo para que la traductora pueda transmitir en directo. Agradezco a todos los ponentes y a la patronal digital por estar aquí para reflexionar juntos. Como habéis visto, el título de esta jornada es "Tax the Robots?" con una interrogación, porque realmente puede ser que no sean esa solución y el resultado es que pensemos juntas cómo abordar este nuevo mercado laboral.
Doy paso a Héctor Tejero, quien moderará la primera mesa. Si los ponentes quieren, pueden ir subiendo, ya que vamos un poco justos de tiempo. Para mí es un honor y un placer estar aquí en este tema tan interesante. Hablar del efecto que tienen los cambios tecnológicos y sus efectos sociales es quizás una de las preocupaciones más relevantes para la izquierda. Hoy contamos con un plantel bastante bueno en esta primera mesa, que ofrecerá tres visiones complementarias.
Por un lado, tendremos a Adrián Todolí, catedrático de Derecho del Trabajo y de Seguridad Social, quien nos hablará sobre la regulación legal y las herramientas que tenemos actualmente, así como hacia dónde deberíamos dirigirnos para abordar el impacto de la automatización y la inteligencia artificial, tanto generativa como no generativa, en el empleo.
Luego, contaremos con Erick Carrión, coordinador sectorial de Contact Center en Comisiones Obreras, quien nos proporcionará una visión desde el sindicalismo y cómo este enfrenta los nuevos retos que surgen con la automatización y la introducción de algoritmos.
Por último, Desiré Gómez Cardoso, especialista en innovación educativa y e-learning en la UOC, nos ofrecerá una tercera visión sobre cómo abordar el retraining y la formación de los trabajadores que puedan ver sus empleos afectados por la automatización.
No me quiero extender más, así que voy a dar paso a la primera presentación, que será la de Adrián.
En primer lugar, muchísimas gracias por la invitación. La verdad es que para mí es un placer estar aquí en el Congreso de los Diputados hablando de un tema que, efectivamente, es de gran relevancia. Vemos en prensa prácticamente todos los días la cuestión de los algoritmos, la inteligencia artificial y, sobre todo, su relación con el trabajo. Normalmente, llevamos por lo menos diez años escuchando que ciertas profesiones van a desaparecer, que aparecerán coches autoconducidos y que el transporte se transformará completamente, dejando de ser necesaria la intervención de trabajadores y trabajadoras. Sin embargo, lo que estamos observando es que esta narrativa no se está cumpliendo en su totalidad.
De hecho, los estudios más recientes de la OCDE y de la OIT indican que es posible que un 10% del empleo se vea directamente suprimido por la automatización. No obstante, lo que estos estudios también señalan es que, si bien podría haber una reducción del trabajo, no parece que estemos ante un fin del mismo, sino ante una transformación. Actualmente, las personas están trabajando con inteligencia artificial, que cada vez es capaz de realizar más funciones, incluso en roles de dirección.
Me gustaría centrarme en el hecho de que ya existe inteligencia artificial que toma decisiones sobre a quién contratar en las empresas, quién tiene un horario determinado, quién es ascendido, quién recibe un bonus, cuál es la velocidad del trabajo y, por supuesto, quién es despedido. Un ejemplo bien documentado es el de Amazon, donde en los centros logísticos se utilizan dispositivos que miden la productividad de los trabajadores a través de un chip en las botas y un sistema que registra los códigos de barras. Esto significa que cada uno de los paquetes y los pasos que da un trabajador están completamente parametrizados, generando un índice de productividad que determina quién ha recogido más paquetes y quién ha hecho menos. Aquellos que se encuentran en el 10% inferior al final del trimestre son despedidos, lo que crea una competencia feroz entre los trabajadores, como una carrera hacia el infinito.
Además, los datos indican que en Amazon el número de accidentes graves y mortales es el doble de la media del sector. Esto sugiere que, cuanto más rápido se exige a los trabajadores, no solo terminan agotados, sino que también aumenta la probabilidad de sufrir accidentes graves.
Respecto al funcionamiento de estos algoritmos, es bastante sencillo: se les asigna un ranking, a menudo con colores, donde se otorgan porcentajes y se establece un orden. Aunque a veces hay un ser humano revisando estos rankings, la realidad es que las decisiones se basan en estos números. Así, el trabajador con un 89% es el que recibe la contratación o el bonus, mientras que aquel con un 44% es despedido o se le asignan peores horarios o salarios.
En conclusión, el algoritmo, al parametrizar toda la información disponible, obliga a los trabajadores a ser cada vez más productivos desde la perspectiva empresarial, a trabajar más rápido y a descansar menos, lo que afecta su energía para otras actividades. Esto también se observa en el trabajo intelectual, donde el teletrabajo y el uso de ordenadores implican software que parametriza todas las acciones, como la cantidad de correos electrónicos enviados o leídos, y las pulsaciones en el teclado.
Es un control absoluto que, mientras que antiguamente era demasiada información para analizar, ahora los algoritmos procesan, llegando a conclusiones como que un trabajador tiene un 89% de productividad y otro un 45%. Con esta información, ya es suficiente para tomar decisiones. En los call centers, la tecnología de inteligencia artificial escucha todas y cada una de las llamadas y luego clasifica a los trabajadores en función de parámetros como la amabilidad de su tono de voz. Se parametriza todo: no solo la eficiencia en la gestión, sino también cuánto tiempo se tarda y si se muestra empatía emocional conforme a los requerimientos de la empresa. Esto representa un control absoluto derivado de la inteligencia artificial.
Asimismo, en el caso de las camareras de piso, a través de un reloj inteligente se analiza cuánto tiempo tarda en hacer una cama, limpiar una habitación o un retrete. Si el tiempo excede lo que el algoritmo considera óptimo, el reloj vibra. Esto es lo que la doctrina ha denominado "látigo digital", ya que, al igual que en la antigua Egipto, el objetivo no era matar a los esclavos, sino recordarles que están siendo observados constantemente y que habrá un castigo si no cumplen con lo que se les ordena. Aquí la idea es la misma: una observación total y constante, junto con un recordatorio psicológico de que se está siendo vigilado y que se debe trabajar más rápido.
Esto solo era una introducción para abordar uno de los retos a los que nos enfrentamos en materia de empleo. Ahora hablaré de algunas de las consecuencias que están surgiendo. La primera es la cuestión de la discriminación. Si los algoritmos realizan los procesos de selección o deciden quién debe ser despedido, y si discriminan, lo que sucederá es que estaremos en un mercado laboral que discrimina. Esto está documentado; por ejemplo, cuando unos periodistas analizaron el algoritmo de reclutamiento de Amazon, descubrieron que no contrataba mujeres o que exigía mucho más a una mujer que a un hombre.
Ante la publicación de esta noticia, Amazon se disculpó y aseguró que no volvería a suceder. Para ello, decidieron eliminar la foto, el nombre y el sexo del currículum antes de introducirlo en el algoritmo. Sin embargo, al cabo de un año, los periodistas descubrieron que seguía discriminando a las mujeres. ¿Por qué? Porque el algoritmo es muy eficaz en detectar patrones y, a partir de otra información, era capaz de identificar quién era una mujer y quién era un hombre, discriminando a las mujeres o exigiéndoles más.
Esto se puede aplicar también a la orientación política o al sindicalismo. Un algoritmo puede descubrir si una persona está sindicada o no, basándose en información pública y patrones. Con un dato que está presente en todos los currículums, se puede establecer una correlación probabilística para determinar la ideología política, que a menudo se relaciona con el lugar de nacimiento o residencia, correlacionándose con los colegios electorales. Esta información es pública y suficiente para discriminar.
Por supuesto, también hay retos en la prevención de riesgos laborales. No solo se trata de un aumento en los accidentes de trabajo, sino que, tras estas investigaciones, me he orientado hacia el análisis de la sobrecarga laboral que está provocando la inteligencia artificial, que en general está afectando a nuestra sociedad. Actualmente, creo que muchas personas se sienten sobrecargadas y abrumadas, en parte por el trabajo y en parte por las tecnologías. Un aspecto interesante que se ha documentado es que los trabajadores de Amazon, al finalizar su jornada laboral en los centros logísticos, llegan a su coche en el aparcamiento y, en vez de conducir a casa, se enfrentan a una carga adicional que les impide desconectar.
Llegan tan cansados del trabajo que se quedan durmiendo en el coche, porque no se ven capaces de llegar a su casa sin tener un accidente. Imagínate lo que el algoritmo te hace trabajar, lo que te agota. Por tanto, luego, por supuesto, no tienes vida privada. ¿Qué vas a hacer? ¿Llegar a casa, abrirte una comida precocinada, ponerla en el microondas y comértela porque estás tan cansado que no eres capaz de hacer otras cosas? Esto es un verdadero reto, no solo por el tema de los accidentes, sino en general para la salud mental y para la sociedad, que debemos tener en cuenta.
Esto no significa que la tecnología no nos pueda servir también como aliada. Por ejemplo, en Polonia se está analizando, mediante relojes, el número de kilocalorías que se queman en el trabajo. Si se superan ciertas kilocalorías, que es lo que deberías quemar en una jornada laboral, se sanciona a la empresa. Es decir, la tecnología también se puede utilizar para poner freno a los abusos. Sin embargo, la cuestión está en que hay que regularlo, porque si no, no se va a usar para eso.
Estamos muy preocupados por si la inteligencia artificial va a hacer desaparecer el trabajo y qué haremos con eso. Pero hay una cuestión que deberíamos preocuparnos mucho antes: el riesgo de que nos quiten el salario. Este fenómeno no es nuevo; se conoce desde el siglo XIX. La digitalización, conforme la tecnología es capaz de hacer más cosas, hace que el ser humano, desde una perspectiva productiva, se vuelva menos valioso. Si una tecnología puede hacer más, tu trabajo vale menos, porque puedes ser sustituido por una tecnología. Esto es progresivo, no es un tema de cero o uno; va poco a poco.
Hemos visto ejemplos, como el caso de Uber y los taxis. Los taxis necesitan una plataforma digital que no es de su propiedad, y un informe de JP Morgan indica que la retribución de los taxistas de Nueva York se ha reducido en un 50% desde la introducción de Uber. Este ejemplo es aplicable a todos los empleos. A medida que la tecnología avanza, debemos plantearnos qué hacemos al respecto.
Una solución que conocemos es la negociación colectiva, que permite que las ganancias de productividad se repartan entre el capital y el trabajo. Esta solución debe seguir reforzándose y adaptándose al siglo XXI. Además, debemos considerar el impuesto sobre los robots. ¿Qué hacemos con los trabajos que pueden desaparecer y con las empresas que ganan más con menos trabajadores? Actualmente, las tres grandes tecnológicas ganan lo mismo que las tres grandes industriales, pero con una novena parte de trabajadores.
El sistema actual de reparto de la riqueza se basa en el salario, que representa más del 60% de la riqueza creada. Si ahora se gana mucho con pocos trabajadores, no hay reparto, y el capital se queda con la mayor parte. Si se gana lo mismo con nueve veces menos trabajadores, esa parte se la queda la parte empresarial. Este es el fenómeno que estamos observando.
Propongo en mi libro sobre regulación del trabajo y política económica que el impuesto de sociedades, que actualmente es proporcional, se convierta en progresivo, y que además sea progresivo conforme al número de trabajadores necesarios para realizar ese trabajo.
Que si tú repartes riqueza porque contratas a muchos trabajadores, pagarás menos impuestos, pero si ganas muchísimo dinero con muy pocos trabajadores, pagarás más. ¿Por qué? Porque el reparto no vendrá por la forma clásica, que es el salario; el reparto de esa riqueza no se realizará a través de contratar trabajadores, crear empleo y pagar salarios. Entonces, lo tendrás que hacer a través de otros fenómenos, que será pagar más impuestos. Esto, además, soluciona otras cuestiones, no solo el tema de los impuestos, sino también, por ejemplo, el de los falsos autónomos o de la subcontratación. Actualmente, muchas veces las empresas, en vez de hacerlo internamente, deciden subcontratar. Perfecto, si lo quieres hacer, pagarás más impuestos porque lo haces con menos trabajadores propios. Por tanto, el exceso de subcontratación que tenemos actualmente también se solucionaría con esto, así como la cuestión de los falsos autónomos, porque, si contratas autónomos, además de tener a la inspección de trabajo persiguiéndote, vas a pagar más impuestos porque no contratas trabajadores. Como digo, esta es una de las soluciones respecto a la subcontratación.
Por una cuestión de tiempo, voy a terminar. Simplemente deciros que este es el libro de donde están las ideas que he señalado; está disponible para descargar gratuitamente en mi página web, adriantodoli.com. No vengo a vender nada, al final no dejo de ser un funcionario público que trabaja para la universidad y siempre que puedo, pongo todo mi conocimiento a disposición de manera gratuita. Muchas gracias.
Ahora, tenemos a Eric Carrión, que es director sectorial del Core Center de Comisiones Obreras, quien nos va a hablar de la dimensión sindical del impacto de la automatización y la inteligencia artificial en el mundo laboral.
Hola, primero de todo, gracias a todas y a todos por haber venido y por habernos invitado. Estar aquí impresiona, y hablar después de Adrián, pues impresiona más. Yo soy más clásico, tengo unas notas, y como son varios puntos, los iré abordando para que no se me pase nada. Intentaré ajustarme a los diez minutos, aunque podríamos estar diez horas hablando de esto.
Primero, pongamos un poco en contexto lo que son los servicios de atención al cliente, donde hay varios convenios que están bastante entremezclados. El principal es el convenio de Contact Center, del cual soy responsable en el sindicato Comisiones Obreras, pero también están involucrados los convenios de Oficinas y Despachos y la parte de TIC de Informática. Al final, se trata de todo lo que implica el uso de un ordenador y un teléfono para brindar un servicio.
La sociedad generalmente piensa que solo hay dos tipos de teleoperadores: los que llaman a la hora de la siesta para vender la mejor tarifa de electricidad y los que, una vez que habéis picado y comprado esa tarifa, os dicen que no os pueden atender porque el sistema se ha caído. Cuando os decimos eso, os aseguramos que el sistema se ha caído. No hay cosa más nerviosa para uno que tener la pantalla congelada y el cliente al teléfono con su problema. Eso es real y no lo va a arreglar la inteligencia artificial; si hay chapuzas para una cosa, habrá chapuzas para la otra.
Pensad que estamos en lo que llamamos plataformas, que son salas muy grandes, con mucha gente, uno al lado del otro, con mucho ruido. Lo que ahora es atención al cliente es lo que antes se llamaba reclamaciones, aunque lo hemos puesto más bonito. Además del ruido, hay muchos ordenadores con poca ventilación, lo que provoca un alto nivel de CO2 y, por ende, mucho dolor de cabeza.
A nivel de atención al cliente en el Contact Center, atendemos principalmente a empresas del IBEX 35: energéticas, bancos, seguros, viajes, etcétera. Siempre que una persona tenga un problema, necesitará hablar con alguien. Y cuando llamáis a un banco, pensáis que esa persona que os atiende está contratada por la entidad bancaria. No, es una subcontrata, con un salario de SMI. También atendemos administraciones; hay muchos teléfonos de la administración en varios territorios, como el 010, el 016, el 112, etcétera, que están bajo el convenio de Contact Center. En muchos lugares del Estado español, cuando llamas a una ambulancia, te está atendiendo un teleoperador de una subcontrata.