Buenos días a todos y a todas. Autoridades, miembros de la mesa, diputados, portavoces, diputadas, miembros de la Asociación de Periodistas Parlamentarios, muchísimas gracias por estar aquí. Hoy es un día importante para todos nosotros y para todas nosotras. Estamos aquí para entregar el premio en la séptima edición del Premio Josefina Carabias, que ha sido otorgado por unanimidad. Quiero agradecer a la Asociación de Periodistas Parlamentarios, a la Asociación de Prensa de Madrid y a los miembros del jurado por su capacidad de acuerdo. Por tanto, creo que recae el premio, como es bien conocido, en una persona de reconocido prestigio y con años en esta casa, como es Javier Calvo. Procederemos a la entrega de este premio.
Antes que nada, debo pedir disculpas por mi torpe oratoria; no fui programado para hablar en público, y esto se va a poner en evidencia en los próximos minutos, así que ruego su comprensión. La ocasión merece el experimento. Dicho esto, lo primero es ser agradecido, y debo empezar dándole las gracias al jurado y a la Mesa del Congreso por haberse acordado de este periodista de agencia para un premio del nivel del Josefina Carabias. Este galardón ha sido recibido por prestigiosos compañeros, desde Lucía Méndez y nuestra presidenta Anabel Díez, hasta el último galardonado, Josep Capella. Este año puede que baje un poco la media, pero estoy seguro de que se recuperará en las próximas ediciones.
Además, este premio lleva el nombre de Josefina Carabias, una ilustre pionera del periodismo parlamentario que empezó en los albores de la República en la revista Estampa y que fue contemporánea de leyendas como Manuel Chaves Nogales. Aunque a algunos les resulte sorprendente, yo solo llevo 25 años en esta Cámara y no llegué a coincidir con Josefina Carabias en los pasillos del Congreso; ya me hubiera gustado. Sin embargo, hay un dato que sí tenemos en común: cuando Josefina Carabias regresó a España tras unos años de exilio por la Guerra Civil, retomó el periodismo, su vocación, pero lo tuvo que hacer con otro nombre e incluso llegó a ganar un premio, el Luca de Tena, por un artículo sin firmar, como si fuera de agencia de noticias.
Esto me lleva a mi segundo motivo de agradecimiento: por reconocer con este galardón el discreto y silencioso trabajo de las agencias de noticias, de Europa Press, por supuesto, pero también de EFE, Servimedia, Colpisa, ACN y otras agencias hermanas con las que coincidimos en estos pasillos. Solemos pasar inadvertidos, no tenemos nombre propio, ni se nos ve en televisión ni se nos escucha en la radio. Nuestra firma es el colectivo; prevalece la imagen de marca por encima de la persona. Estuve en mil batallas, pero nadie me vio.
Gracias. Pero que no estemos en el foco no quiere decir que estemos desenfocados. Somos la base de la pirámide informativa, a veces la zona cero de la noticia, y nuestro trabajo se desarrolla después en los diarios y en los medios audiovisuales, donde suele alcanzar una mayor espectacularidad. Nuestra mirada abarca todas las dependencias del Congreso. A diferencia del canciller Bismarck, nosotros sí queremos conocer y divulgar todo el proceso parlamentario. Por supuesto, seguimos las ruedas de prensa y los grandes debates, pero también las reuniones a puerta cerrada, los distintos pasos del procedimiento legislativo, la presentación de iniciativas, las negociaciones de los grupos parlamentarios, la transacción de enmiendas y todos los debates en comisión y en Pleno, con sus sonoras descalificaciones y las resignadas llamadas al orden.
Llevamos tatuadas en los teletipos las clásicas cinco W del periodismo: qué está pasando, cuándo y dónde ocurre, quién lo dice y por qué está sucediendo. Somos periodistas de agencia y nos dedicamos a contar noticias, ni más ni menos, tan sencillo como complicado. En nuestro caso particular, tenemos especial querencia no tanto en lo que se dice, sino en lo que se debate, en el articulado de una ley o el petitum de una proposición no de ley, porque entendemos que, más allá del parloteo, lo trascendente para la ciudadanía es lo que está escrito en negro sobre blanco y lo que vota cada quien al respecto.
Para llevar a cabo esta tarea informativa y llegar a todo, no basta con una persona. Además, es sabido que el equipo engrandece al individuo. Y en esto yo soy un afortunado al tener a mi lado a unos formidables profesionales de experiencia contrastada: la joven Paula Parra, que estuvo con nosotros hasta el final del verano; el doctorando Julio de la Fuente, nuestra última incorporación; la luminosa Irene Sevilla, cuyo retorno celebramos todos los días; el indomable Víctor Villalba, nuestro experto económico; y, sobre todo, la gran Lucía López Rojo, mi mano derecha e izquierda, con quien llevo más de veinte años compartiendo estas cabinas y de la que sigo aprendiendo el oficio y disfrutando de este trabajo.
Tampoco puedo dejar de acordarme de los demás compañeros de la sección de política, especialmente de quienes siguen a los distintos partidos y con los que compartimos los martes de Junta de Portavoces, esas sucesivas ruedas de prensa, la mayoría del mismo grupo parlamentario. Estoy pensando en la infatigable Marisa Piqueras, David García, Alicia Vela, Daniel Blanco y Esteban Heredero, nuestro contacto en el Senado. Gracias a todos por demostrar a diario que este trabajo, con sus largas horas y sus ratos de desesperación, no es incompatible con mantener el buen humor y la ironía, y que la profesionalidad bien entendida no implica una competitividad tóxica.
Juntos nos adentramos en las procelosas aguas de la hipérbole en la que navegamos últimamente. Hace décadas, un diputado de la oposición llamaba tahúr del Misisipi a un presidente del Gobierno. Aquel entonces era gravísimo, pero hoy sería un guiño cómplice. En los últimos tiempos, los matices han ido retrocediendo despavoridos ante la ofensiva de improperios lanzados desde distintas bancadas: cínico, hipócrita, fascista, golpista, traidor, mafia, corrupto, franquista, mentiroso, o "hay que aplastarlos". ¿Pero dónde trabajo yo, si nunca tuve valor de ser corresponsal de guerra?
Y ese clima, amplificado por las redes sociales, se extiende también a las salas de prensa. Cuando una pregunta empieza por "¿No le da vergüenza...?", es que ya estamos en otra cosa. No se busca tanto sacar información como sacar los colores al orador. No se quiere obtener una noticia, qué ordinariez, sino un vídeo para difundir en redes la falta de respuesta. Les confieso que yo entiendo el periodismo de otra manera, quizá porque a mi edad ya tengo el cinismo más alto que el colesterol.
Nunca he compartido esa máxima de que para ser buen periodista hay que ser maleducado o incluso impertinente. A mí eso no me sale; no fue esa la educación que yo recibí. Ahora que ya no pueden dar marcha atrás con el premio, puedo reconocer que no soy analista, ni comunicador, ni tertuliano, ni transcriptor, ni un gabinete de prensa, ni mucho menos un activista. Eso de estar siempre en posesión de la verdad absoluta debe ser algo cansadísimo. Yo solo soy un periodista de agencia, veterano, es verdad, pero ya dijo Groucho Marx que la edad no es algo meritorio; al fin y al cabo, cualquiera puede envejecer.
En nuestras cabinas tenemos colgado el lema en un cartel: "Esto es una agencia de noticias". Simple y rotundo, que nadie se confunda. Eso no nos libra de que un día nos encuadren en la fachosfera y que al día siguiente se nos tache de sanchistas. Reconozco que ser ambas cosas al mismo tiempo sería un prodigio, pero evidentemente no somos así. Los estoicos de la Grecia clásica, con los que cada vez me identifico más, sostienen que la naturaleza dio al ser humano dos orejas y una boca para que escuche más que hable. Y yo sigo convencido de que la base de este oficio es escuchar. La base del periodismo, sí, pero probablemente también de la política, aunque yo no soy quién para decírselo.
Escuchar exige prestar atención; no basta con oír. Por supuesto, se trata de escuchar a la otra persona, no escucharse a sí mismo, que es algo que se ve con frecuencia por estas lides, tanto en el hemiciclo como en las salas de prensa. Partiendo de entender lo que se escucha, el periodista ha de ponerlo todo en su contexto y relacionarlo con lo que la misma voz sostuvo hace unas semanas.