Presentación del libro 9 de diciembre de 1931. Anécdotas de las Constituyentes, de Luis Jiménez de Asúa, a solicitud de la editorial Nota al Margen S.L - Presentación del libro 9 de diciembre de 1931. Anécdotas de las Constituyentes, de Luis Jiménez de Asúa, a solicitud de la editorial Nota al Margen S.L - Sala: Sala Clara Campoamor
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Quiero daros la bienvenida y agradeceros sinceramente que nos acompañéis hoy. Me gustaría comenzar expresando también el agradecimiento al Congreso de los Diputados por habernos cedido esta sala Clara Campoamor para la presentación de estos dos nuevos libros de la editorial Nota al Margen. Para nosotros era importante que este acto se celebrara aquí porque los dos autores, como todos sabéis, están ligados a esta casa.
Comenzaré dando unas pinceladas sobre qué es Nota al Margen, para quienes no nos conozcáis. Somos una editorial todavía muy joven. Hemos iniciado nuestra andadura este año y, hasta el momento, solo hemos publicado ocho libros. Hoy nos acompañan algunas de las personas que colaboran con nosotros, como Malika Embarek, quien tradujo nuestra primera obra, El tren de Bucarest, del escritor Michel Rouan sobre la Rumanía de Ceaucescu, y que actualmente está traduciendo otros títulos de nuestro catálogo. También está con nosotros Carlos Fortea, que ha traducido varios libros de la editorial. El primero que ha salido con él como traductor ha sido Diario irlandés, de Heinrich Böll. Pero es que Carlos, con una generosidad que no podemos dejar de agradecer, puso en nuestras manos la publicación de su última novela, Tormenta de polvo fino, sobre esta España nuestra que tanto nos duele.
Contamos también aquí con la presencia de otros colaboradores, como José Andrés Rojo, de quien el próximo año publicaremos un libro que tiene un título precioso: El futuro se cuida solo. Y con la traductora Pepa Linares, que está trabajando en la traducción de algunas obras que daremos a conocer en breve. Muchas gracias a todos por atreveros a trabajar con unos desconocidos.
Los dos libros que presentamos hoy, 9 de diciembre de 1931, son Anécdotas de las Constituyentes, de Luis Jiménez de Asúa, con prólogo de Luis Gallero, que está aquí a mi izquierda, y Visita a un Madrid en guerra, de Manuel Azaña, con prólogo de Mercedes Cabrera. Estos libros inauguran la colección Paz, Piedad, Perdón. Es de sobra conocido que estas tres palabras fueron las últimas del discurso de Manuel Azaña, pronunciado en Barcelona en 1938, y apelaban a una auténtica reconciliación entre los españoles. Que fueran pronunciadas en ese momento, cuando la derrota era casi inminente, dice mucho sobre la dimensión política.
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Humana y moral de quien las pronunció. En unos minutos, Mercedes Cabrera y José Luis Gallero nos hablarán con mayor detalle de estas obras. Sin embargo, a mí me gustaría hacer un esbozo rápido para explicar por qué estos dos autores, por qué estas dos obras y por qué ahora. Tanto Azaña como Jiménez de Asúa, hoy injustamente relegados a un segundo plano, representan una misma tradición política y una postura ética: la del republicanismo democrático, basado en el humanismo, la tolerancia y el respeto a la dignidad humana. Defendieron la educación pública y la cultura como garantías de igualdad y de formación de una ciudadanía crítica. Encarnan, en definitiva, una defensa firme de la democracia frente al sectarismo, el autoritarismo y la intolerancia, entendida no solo como un sistema político, sino como una forma de convivencia.
Visita un Madrid en guerra, como gran parte de la obra de Azaña, está disponible a través de las obras completas de Santos Juliá o mediante consulta a archivos digitales, pero resulta poco accesible para el lector no especializado. Por eso, nos ha parecido importante acercar su figura al lector, comenzando por reunir las entradas del cuaderno de La Pobleta, correspondientes a los últimos días en que Azaña visitó Madrid. Era noviembre de 1937. Es un texto bellísimo, de enorme valor histórico, con reflexiones políticas, morales y profundamente humanas sobre la guerra, la República y la deriva del conflicto.
La primera vez que oímos hablar de Anécdotas de las Constituyentes fue hace aproximadamente un año, en una conversación con Jesús Cañete, que nos dio algunas pinceladas sobre la obra y despertó en nosotros la necesidad inmediata de leerlo. Su autor, Luis Jiménez de Asúa, también presidente de la República pero en el exilio, escribió este libro en 1942, sin acceso a documentación alguna. Cuando me llegó el ejemplar, directamente de Argentina, se me deshizo literalmente en las manos. Lo que contenía era una lección de inteligencia, de tolerancia y de convicciones profundas. En apenas 130 páginas, consigue situarnos ante uno de los parlamentos más cultos, más libres y más comprometidos con la modernización de España que hayan existido. Estuvieron muy cerca de conseguirlo. Ayer precisamente comentábamos cómo Jiménez de Asúa, ante un abanico ideológico tan diverso, fue capaz en apenas veintiocho días de alcanzar el consenso necesario para sacar adelante un texto constitucional que se situó entre los más avanzados, y digo entre los más avanzados solo por prudencia de su época.
Por todo esto, recuperar hoy estas dos obras nos parecía necesario, urgente y, sobre todo, un acto de responsabilidad. Y para terminar, quiero presentarles a quienes me acompañan hoy en la mesa. Mercedes Cabrera, de su extenso currículum como profesora investigadora, es catedrática de Historia del Pensamiento y de los Movimientos Sociales y Políticos en la Universidad Complutense de Madrid. Autora de numerosas publicaciones, entre las que destacan "La patronal ante la Segunda República. Organización y estrategia (1931-1936)", "La industria, la prensa y la política", Nicolás María de Urgoiti (1859-1951) y Juan March (1880-1962). También ha sido diputada por Madrid en la candidatura del PSOE en las legislaturas de 2004 y 2008, y ministra de Educación y Ciencia entre 2006 y 2008 y de Educación, Política Social y Deporte entre 2008 y 2009.
Contamos también con José Luis Gallero, poeta, editor, crítico y antólogo. Es autor, entre otros libros, de "Antología de poetas suicidas", "Solo se vive una vez: esplendor y ruina de la movida madrileña", "Ocho poetas raros", en colaboración con José María Parreño, y "Heráclito: fragmentos e interpretaciones". Ha preparado ediciones de Lichtenberg y de Manuel Azaña, "Paseos por mi jaula. Páginas escogidas del diario (1931-1939)", en colaboración con Carmen Gutiérrez. Y por último, Jesús Cañete, doctor en Filosofía y Letras por la Universidad de Alcalá y comisario de exposiciones.
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...que muy recientemente se ha incorporado al equipo de Nota al Margen. Ha realizado, entre otras, las ediciones de la Antología Negra, de Blaise Cendrars, traducida por Azaña, y de Cuba y las músicas negras, de Adolfo Salazar. Ha sido el comisario adjunto de la exposición Manuel Azaña, intelectual y estadista, a los ocho años de su fallecimiento en el exilio, organizada por el Ministerio de la Presidencia, Acción Cultural Española y la Biblioteca Nacional de España. Ha sido el responsable de las Jornadas Azaña promovidas por el Foro del Henares desde su creación en 2010.
Antes de que tomen la palabra los miembros de la mesa, se la voy a dar a la directora y dramaturga Brenda Escobedo, que nos va a leer unos fragmentos tanto de "9 de diciembre de 1931. Anécdotas de las Constituyentes" como de "Visita a un Madrid en guerra".
9 de diciembre de 1931. Anécdotas de las Constituyentes, de Luis Jiménez de Asúa. Durante la dictadura de Primo de Rivera nos divertíamos mucho. El general era bonachón e iracundo, liberalote y jaranero. Como buen señorito, no tenía respeto alguno por los derechos de los demás, pero en principio, y a pesar de sus desmentidos verbales, creía que todo el mundo debía hacer lo que le viniera en gana. Yo, que he sido siempre bastante luchador, tuve unas anginas de la rabia que me dio saber de la deportación de Unamuno. El entrometimiento del Marqués de Estella en asuntos universitarios me decidió a participar en la lucha contra aquella dictadura incivil y ridícula, más que sangrienta.
Me formaron expedientes académicos, me confinaron en una de las islas Chafarinas, me encarcelaron con toda clase de comodidades en las celdas de políticos de la cárcel Modelo. Solo hombres muy pusilánimes, como el doctor Marañón, pudieron asustarse y padecer aflojamiento intestinal por encierro tan corto y confortable. Y lo que fue más grave de todo, me tacharon por la previa censura casi todos los artículos que entonces escribía para La Libertad, cuya remuneración me hacía bastante falta.
Es harto sabido que la República se gana el 12 de abril de 1931 desde las urnas municipales y que se proclama dos días más tarde. Solo me interesa hacer constar que entonces creí que había terminado mi accesoria y deportiva actividad política. Incluso desde el plano de eficacia republicana, la vuelta a la ciencia de los profesores y de los alumnos que eventualmente habían bregado por la democracia me parecía más certera que la consagración a una actividad llena de pasiones, que requería tiempo y esfuerzo considerables, con merma de reposo y asueto, si no se quería dañar la actividad docente y científica, que para mí constituía la más auténtica consagración de la vida.
Fernando de los Ríos, valorándome más alto de lo que yo me apreciaba, y a pesar de que no pertenecía al encopetado cuadro de auxiliadores de la nueva forma de gobierno, sino que militaba, como el propio de los Ríos, en las proletarias filas del socialismo, consideró que mi presencia era necesaria en las futuras Cortes Constituyentes y me llamó a su despacho de ministro para decírmelo.
Salí del ministerio convencido de que Fernando de los Ríos comprendía mi actitud, pero unos días después volví a ser requerido por el ministro amigo y correligionario. Esta vez me dijo que al día siguiente iba de propaganda electoral a Granada, por donde de los Ríos había sido ya diputado, y expresó el deseo vehemente de que yo lo acompañase.
Cuando en los salones del Congreso, que jamás había pisado yo antes, me reuní con mis camaradas, hube de decirles que mis preferencias eran por la Comisión Permanente de Justicia, ya que mis conocimientos tendrían en ella mejor ajuste. Mis correligionarios me eligieron para la citada Comisión de Constitución, no sin que yo levantara reparo tras reparo, porque no quería comprometerme en empresa de tamaña magnitud.
Por entonces empezaron mis preocupaciones políticas y mis soliloquios. Fue en aquellos días cuando me inicié en el secreto de que la política no se gobierna por la lógica. Como yo había de ser miembro de la Comisión de Constitución, quise saber la causa de por qué el Gobierno no había compuesto un proyecto que hubiera tenido el prestigio dimanado de su autoridad. Otros pensamientos me dejaban muchas noches sin sueño.
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Contra las predicciones de muchos republicanos, la República no se orientaba hacia la derecha. Recuerdo que, en la primavera de 1930, hizo Marcelino Domingo un desafortunado discurso en el Ateneo de Madrid. Con esa profecía y con la afirmación que me indignó bastante, de que él como republicano no lo vería con malos ojos, ya que lo importante era ganar la República. A mí, como socialista, no me interesaba, en cambio, la forma de gobierno, sino su contenido político-social. Esa equivocada creencia debió ser el fundamento de que se instalara a Niceto Alcalá Zamora a la cabeza del Comité Revolucionario primero y de que se le pusiera en la presidencia del gobierno provisional después. Pero es el caso que las elecciones dejaron en mal lugar a los auríes. Una mayoría abrumadora se orientaba hacia la izquierda. Y, por fin, otra interrogante sin respuesta me desvelaba: si el pueblo no ha hecho una revolución en las calles y se ha contentado con votar, es porque quiere que esa faena revolucionaria se haga ordenadamente por sus hombres representativos.
Visita a un Madrid en guerra, de Manuel Azaña. Dieciséis de noviembre de 1937. Excursión a Madrid. Hemos hecho la excursión a Madrid. El viernes 12, por la tarde, el presidente del Consejo y Giral vinieron a buscarme. Prieto y el general Rojo, también procedentes de Barcelona, se adelantaron siguiendo el viaje en vuelo para recibirnos en Madrid. El mío duró más de lo ordinario, desde las cinco a las once. Tiempo lluvioso, la carretera mojada, y por caso raro, dos pinchazos. Apenas traspusimos los puertos, me supo bien, después de tantos meses de extrañamiento, repasar los pueblecitos por donde se va a mi tierra. Olor de lumbres de leña, del ganado labrador, acidez de bodega. Dos mocitos curiosean y se ríen bajo la luz del surtidor de gasolina. Las ventanas iluminadas de un café lugareño, desierto, fantasmas de niebla en las callejas solitarias. Los coros bocincleros que el año pasado atronaban con bullangas muchos de estos pueblos han desaparecido. También las gentes armadas y el estorbo de sus parapetos. Algunas patrullas de guardias, nadie más, en leguas y leguas, la espaciosa y triste España del poeta.
Me alojaron en una de las primeras casas de la colonia del Viso, entre la prolongación de Serrano y el Paseo de Ronda. El cansancio me hizo dormir bien, pero a las siete de la mañana un centinela que debía de tener frío en los pies, pateaba para meterlos en calor y me despertó. Ya no llovía. Nieblas. Hacia el oeste, cañonazos. Vinieron a buscarme el presidente, los ministros y otros jefes militares. A las nueve y media salimos para Palacio. Por las calles del centro, había poca menos gente que de ordinario a tales horas, pero toda del mismo cariz. La sensación de vacío o de parálisis viene principalmente de la falta de tráfico. Circulan algunos coches militares, pocos camiones y nada más. Nuestra caravana llama la atención; el público mira, nos descubre, se precipita. Pasado el Ministerio de Hacienda, aparecen los solares producidos por el bombardeo. De algunas casas nada queda en pie; de otras, las paredes maestras agujereadas. En el extremo de la calle del Arenal empiezan los parapetos. La antigua placita de Isabel II, no sé cómo se llamará ahora, es difícil de identificar.
Entramos en Palacio. Ha padecido mucho. En el patio principal abundan los destrozos causados por la artillería. Uno de los grandes pilares de la galería baja se ha derrumbado. Dos arcos amenazan ruina, apuntalados. Un golpe más y se hundirá un gran trozo. La balaustrada que corría por encima de los aleros ha desaparecido en gran parte. Han entrado proyectiles en el comedor de gala y en el antiguo Salón del Trono. A la biblioteca no le ha pasado nada, todavía. Toda la fachada sobre el Campo del Moro está destrozada. Se han ensañado sobre este edificio que ofrece un blanco seguro, pero en el que no hay ninguna instalación militar, como no sea el puesto de observación. Con destruir la ornamentación de la estructura, nada se adelanta. ¿Quién tendrá después gusto y dinero bastantes para rehacerlo? Solamente reponer los cristales rotos en Palacio costará más de un millón.
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La suerte del monte. Negrín me aseguró que se habían dado órdenes de no cortar árboles, que se aprovechara la leña seca y los troncos carbonizados por el bombardeo. Sí, sí, las señales son otras. Una campaña de invierno más y el monte quedará arrasado, sin remedio, porque repoblarlo de encinas es una empresa larguísima que nadie sostendrá. No sé si usted sabe que he librado muchas batallas por la integridad y la conservación del Pardo, y no todas las he ganado. En las Constituyentes, tuve un día que amenazar con la cuestión de confianza para impedir que le arrancasen seis kilómetros cuadrados con destino a una barriada de casas baratas. Ya ve usted, en Madrid, rodeado de miles de hectáreas de tierra calma y erial, no había por lo visto mejor sitio que el encinar del Pardo para un ensayo de arquitectura social. Tarde o temprano, y no habiendo nadie para impedirlo, se saldrán con la suya, y encima le harán creer a Madrid que se cumple una gran obra de progreso. Cuando gane usted la guerra, Negrín, ¿me permitirán ustedes que deje de ser presidente de la República a cambio de que me nombre usted para el cargo que más me gusta? ¿Cuál? Guarda mayor y conservador perpetuo del Pardo. Lo peor de todo, le digo, es el desamor a las cosas y la falta de continuidad. La Casa Real, que tantos ejemplos debía haber dado, ya vio usted cómo se condujo. Aquí, en el Pardo, incurrió en el mezquino despropósito de someterlo a explotación para ganar un poco de renta. Verdaderamente, a la dinastía le faltaba, entre otras cosas, ánimo regio. Estoy persuadido de que por falta de educación no se daban cuenta del valor de lo que tenían a su cargo. Así anduvo y así acabó todo ello.
Diecisiete de noviembre de mil novecientos treinta y siete. Entramos en Alcalá. Por la calle Mayor llegamos a la plaza atestada de tropas. El pueblecito me parece más triste, más pobre, abandonado como nunca lo estuvo. En la plaza, un jefe con muy elegante uniforme se me acerca, se cuadra, y derramándosele por la barba una sonrisa meliflua: "Forman siete mil quinientos", dice. Era el campesino. El aspecto de la tropa es muy bueno, cien veces mejor que el de las revistadas en Vicálvaro, se lo hago notar al general Miaja. Es la mejor división del ejército, dice muy satisfecho el campesino que me ha oído.
En el otro extremo de la plaza me detengo unos segundos para darme cuenta del destrozo de Santa María. Los bombardeos han convertido en solar la antigua capilla del Oidor. Allí guardaban la partida de bautismo de Cervantes. Los fundadores de la iglesia, un matrimonio cuyo nombre no me acuerdo, tenían un túmulo con dos estatuas yacentes. Hace muchos años, no sé qué párroco, con motivo de unas obras, levantó los dos bultos y los colocó adosados a un muro en posición erecta, de modo que los almohadones en que reposaban las cabezas vinieron a parecer maletas que gravitaban sobre los hombros. Así los he conocido yo siempre. Recuerdo que mi abuelo, en vejez, cuando se arrellanaba en un sillón para dormir la siesta y se hacía colocar una almohada detrás de la cabeza, le decía al sirviente: "Ponme como los fundadores de Santa María". Quiere decirse que todo el mundo se reía de aquel disparate.
Después de la revista-desfile, que presenciamos desde un balcón de la calle Libreros, rápida visita al ayuntamiento. El público se arremolina, vocifera, nos corta el paso. Mujeres del pueblo se suben al estribo del coche, golpean los cristales, y una, muy dramática, llorosa, se desgañita: "Le he llevado en brazos. Sí, en la calle de la Imagen le he llevado en brazos. ¡Pobre! Mucho tiempo ha pasado, ya no podría conmigo".
Muchas gracias, Brenda, ha sido una maravilla. Y ahora tiene la palabra Mercedes Cabrera. Muchas gracias, Mar. Muchas gracias, Brenda, por esos textos. Muchas gracias por la invitación, no solamente a prologar este texto de Manuel Azaña, sino por la invitación a participar en esta mesa de presentación. Enhorabuena por los dos libros y enhorabuena por el proyecto editorial que se agradece. Bueno, efectivamente, en noviembre de 1937, Manuel Azaña, presidente de la República, viajó desde Valencia a Madrid con el presidente del Consejo de Ministros, Juan Negrín.
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Gracias, señor presidente. Los ministros de Estado, el republicano José Giral y de Defensa, el socialista Indalecio Prieto, iban acompañados por el general Vicente Rojo, quien era entonces jefe del Estado Mayor Central. Azaña no había vuelto a Madrid desde que salió un año atrás, y la impresión, parte de la cual hemos oído y que queda reflejada en este texto, es absolutamente impresionante. En algún momento dice: "Ni una luz, ni un alma viviente, silencio sepulcral". La ciudad, aplastada por el silencio, parece transferida a la tiniebla eterna, y aun así, expresa: "¡Qué sensación de alivio de quitárseme un peso de encima solamente por estar en Madrid! He podido comprobar que Madrid existe a pesar de todo".
Esto lo cuenta en el cuaderno de la Pobleta, escrito en 1937, donde se incluye la crónica de su visita a Madrid y la mención del discurso que pronunció en el Ayuntamiento. Un discurso difícil, porque gravitaba sobre él la pesadumbre de Madrid, como decía, y estos recuerdos del Monte del Pardo, de Alcalá de Henares, guerra y revolución en Alcalá, increíble, Alcalá era su ciudad. Los campos de Brihuega, batallados por un ejército extranjero, resultan inconcebibles. La mezcla de recuerdos de infancia, juventud y responsabilidades políticas asumidas desde 1931 es notable. Azaña, en su discurso, alabó fundamentalmente la resistencia de Madrid después de los días lúgubres que recordaba de noviembre de 1936, porque de nuevo había una república, un ejército español y un gobierno que se hacía oír. "Me llevo hoy de Madrid", dijo en su discurso en el Ayuntamiento, "lo mejor que medio siglo ha dado, lo mejor de su espíritu, la confianza en el mañana".
Azaña, como todos ustedes saben, era presidente de la República desde el 11 de mayo de 1936. Había dejado atrás una intensa labor política durante el primer bienio republicano y, en general, durante todos los años republicanos anteriores. Abandonó Madrid en octubre de 1936, camino de Valencia, después de haber intentado, antes y después del 18 de julio, ofrecer a la República lo que él consideraba el mejor gobierno posible, un gobierno de coalición de republicanos y socialistas, que no logró establecer en gran medida por disensiones internas dentro del Partido Socialista. Entró como presidente de la República en un mutismo que algunos criticaron, retirado en el Palacio del Pardo, y no rompió hasta el 23 de julio de 1936. Ese día, en una alocución por radio, tuvo palabras de aliento y gratitud, y llamó a ayudar al gobierno que presidía Giral. Sin embargo, Azaña estaba horrorizado por las sacas de la cárcel y convencido de que la guerra no podía ganarse sin ayuda exterior, lo cual fue una constante en su actitud y pensamiento durante los años de la guerra.
La formación del gobierno presidido por Largo Caballero, muy en contra de la idea de gobierno que él defendía, le llevó a pensar en dimitir por primera vez. Lo consideró nuevamente cuando se dio entrada en el gobierno a la CNT, y de nuevo volvió a pensar en dimitir tras los acontecimientos de la rebelión anarquista que sufrió directamente en Barcelona en 1937, donde se sintió totalmente abandonado por el gobierno. Fue un alivio para Azaña la formación del gobierno presidido por Negrín, con Indalecio Prieto en el Ministerio de Defensa, porque significaba para él un Estado reconstruido y una política militar defensiva que obligaría a las potencias europeas a intervenir. El discurso de Madrid mencionado en esta crónica, en noviembre de 1937, es uno de los cuatro grandes discursos que pronuncia Azaña durante la guerra y que constituyen una buena muestra de su estado de ánimo, de su opinión, a veces velada, otras muy clara.
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Sobre la marcha de la guerra, el primero de esos discursos lo pronunció en Valencia en enero de 1937. Allí calificó la guerra de un grave problema internacional, como he dicho antes, una de sus grandes obsesiones: convertir la Guerra Civil Española en un asunto y en una preocupación que debía ser internacional. La otra preocupación, como afirmó en ese discurso, era que se batían por la República, no por el comunismo o el sindicalismo, ni por aquel u otro partido republicano. La victoria sería la victoria del pueblo, de la República, no de un caudillo. Estas dos ideas, la internacionalización de la guerra y la apelación a todos los españoles, son la constante en esos tres discursos.
El segundo discurso lo pronunció también en Valencia, en el primer aniversario de la República, el 18 de julio de 1937, ya con el gobierno presidido por Negrín. Fue un discurso muy crítico con las potencias europeas y, de nuevo, un discurso a favor de la paz, de una paz sin odio, sin venganza, sin desquite. El tercero de los discursos, que es el objeto de este libro, tuvo lugar en Madrid en noviembre de 1937. Para entonces, su luna de miel con el gobierno de Negrín empezaba a hacer aguas, y continuó haciéndolo en la medida en que el desarrollo de la guerra pareció enfrentar la actitud de resistencia que, en el fondo, compartían tanto Azaña como Negrín, aunque no en la manera de desarrollar esa resistencia.
En abril de 1938, se produjo la crisis de gobierno del gobierno de Negrín, con la salida de Prieto y de Giral, y una conversación con Negrín, que está incluida en el cuaderno de la Pobleta, muy dura, que acabó de desesperar y de aguar la confianza en el gobierno de Negrín. El cuarto discurso, ya mencionado, tuvo lugar en Barcelona, en julio de 1938, y es quizás el más conocido por sus palabras finales. En ese discurso, Azaña afirmó que la guerra, reducida al ámbito español, estaba agotada. Nada podía sacarse de ella porque había cavado, entre comillas, en España un abismo que se va colmando con sangre española. Contra la concepción dogmática de la nación que esgrimían los rebeldes, Azaña sostuvo que la verdadera base de la nacionalidad y del sentimiento patriótico era la verdad de que todos somos hijos del mismo sol y tributarios del mismo arroyo. La reconstrucción de España solo sería posible con la colaboración de todos los españoles.
Al final, recordó la obligación moral, diciendo que cuando la antorcha pasara a otras generaciones, habría que pensar en los muertos, escuchar su lección y su mensaje, el mensaje de la patria eterna que dice a sus hijos: paz, piedad y perdón.
¿Por qué decidió Azaña seguir en su puesto, a pesar de haber acariciado la idea de abandonarlo en más de una ocasión durante la guerra? ¿Por qué persistió en su puesto cuando muchos amigos, conocidos y próximos políticamente a él pensaron que la guerra había escindido a los españoles en dos bandos y que no había nada que hacer? Esta es una pregunta que se hace Santos Juliá, y que es cierta, porque muchos cercanos decidieron no optar y abandonar la partida con la pretensión de encarnar una tercera España, una idea fantasmagórica. Esto es, según Santos, más Azaña, quien siempre rechazó esa idea. Azaña decidió quedarse en la España que había, la de la República, porque la República era la ley, el orden, la convivencia, la democracia, los valores a los que había entregado su vida.
Santos Juliá, como seguramente todos saben, ha sido un historiador clave en la recuperación de Azaña, quien ha sido uno de los personajes más vilipendiados, la encarnación de la República negra para los sublevados, pero también controvertido entre quienes defendieron la República, por la división que la guerra, el desenlace y la posguerra provocaron.
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Causaron entre ellos y se arrastró durante el exilio. En los comienzos de la transición a la democracia, unos años antes, contábamos con las obras completas que Juan Marichal había publicado en México en los años sesenta, y con algunos artículos y otras publicaciones sobre quien había sido presidente de la República. Sin embargo, lo cierto es que fue Santos Juliá quien acabó escribiendo no solamente dos biografías; una de ellas, la primera, titulada "Política", centrada en Azaña como político, y una segunda, que es una biografía completa de Azaña. Además, como ha recordado Omar, Santos reunió unas nuevas obras completas de Azaña en siete volúmenes, editadas en 2007 por el Centro de Estudios Políticos y Constitucionales. Estas obras completas son, valga la redundancia, realmente completas. Están incluidos no solamente los famosos cuadernos robados, sino escritos inacabados, obras de teatro, apuntes de conversaciones y conferencias, notas y entrevistas. Es decir, es el Azaña completo, ordenado cronológicamente, con largos prólogos de Santos y notas a pie de página, lo que representa la recuperación completa de un personaje de la talla de Manuel Azaña.
Esta crónica que escribió sobre su visita a Madrid y su conferencia en noviembre de 1937 está incluida en esas obras completas. Sin embargo, como ha señalado muy bien Mar, no son accesibles para un público general, y por ello no es óbice que estén incluidas ahí para que se publique un libro como este, que además es muy de agradecer. Porque, contra lo que algunos dicen, recordar y reconstruir el pasado sobre fuentes fidedignas no es guerracivilismo, sino todo lo contrario. Es contribuir a un mejor conocimiento del pasado y, si se me permite, hacer justicia a todas las víctimas. En primer lugar, a las que sufrieron la muerte, detenciones y fusilamientos ilegales en ambos lados del conflicto. También a aquellos que, al terminar la guerra, sufrieron condenas a muerte, represión y cárcel. Pero también es de justicia recuperar y corregir la memoria que muchas veces recibimos de aquellos que durante tantos años fueron protagonistas del conflicto, como es el caso de Azaña. Muchas gracias.
Ahora va a tomar la palabra José Luis Gallero. Buenos días, gracias por acompañarnos. Los libros se presentan desde la admiración, máxime en un lugar como este, la sala Campoamor del Congreso de los Diputados, y en unos tiempos, el primer cuarto del siglo XXI, tan oscuros e indigentes como anunciaron los poetas. Con mayor motivo si el autor del libro es el arquitecto de una constitución que representó el punto de encuentro de todas las voces y todas las fuerzas cuya confluencia cambió el signo de la historia de España.
En su "Ciencia Nueva", de 1725, Gianbattista Vico afirma: "La jurisprudencia antigua fue poética, y las fórmulas mediante las cuales se expresaban las leyes se llamaron carmina", es decir, canciones, versos. De modo que todo el derecho romano antiguo fue un poema, y la jurisprudencia antigua, una poesía severa. Con razón confesaba Stendhal a Balzac en una carta de 1840 que, antes de sentarse a escribir "La Cartuja de Parma", se tonificaba leyendo unas páginas del Código Civil. El estilo es tan importante en una norma jurídica como en una creación literaria. Desde Solón, en la sexta centuria antes de nuestra era, los poetas han ejercido como legisladores del género humano. Según Samuel Johnson, son legisladores no reconocidos del mundo, puntualiza Shelley en su defensa de la poesía. ¿Nos enseñas algo?
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