Presentación del libro Discursos parlamentarios de Alfredo Pérez Rubalcaba - Presentación del libro Discursos parlamentarios de Alfredo Pérez Rubalcaba - Sala: Sala Constitucional
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Buenas tardes. Señoras y señores, les damos la bienvenida a la presentación del libro «Discursos parlamentarios de Alfredo Pérez Rubalcaba». Interviene en primer lugar la presidenta del Congreso de los Diputados, doña Francina Armengol Socias.
Buenas tardes a todos y a todas, queridos ministros, miembros de la Mesa, querido portavoz, diputados y diputadas y, sobre todo, expresidentes del Gobierno. Es un lujo enorme tenerles aquí, un placer inmenso que estén esta tarde acompañándonos en la presentación de un libro maravilloso. Voy a hablar poco porque luego ellos harán la ponencia sobre lo que fue y significó Alfredo Pérez Rubalcaba.
Querido Enrique Guerrero y, sobre todo, queridísima Pilar Goya, mil gracias por hacer posible todo esto y por permitirnos compartir este momento, que sin duda será especial y emocionante —para mí lo es mucho—. Por tanto, gracias a todos los que lo han hecho posible, desde la anterior legislatura hasta esta; al Departamento de Publicaciones, que ha trabajado para que este libro saliera a la luz; y a las personas que se han dedicado a confeccionar el prólogo y la selección de los discursos, con Enrique Guerrero, a quien tenemos con nosotros.
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A Ramón Jáuregui y a José Enrique Serrano, a quien desgraciadamente no podemos tener con nosotros físicamente, sí en el corazón. La semana pasada pudimos hacer también un bonito homenaje aquí, en esta misma sala.
Hablar de Alfredo Pérez Rubalcaba es absolutamente difícil y complicado. Esta sala está llena de hombres y mujeres que somos rubalcabistas de cabeza y de corazón, y, por tanto, creo que todos y todas sentimos exactamente lo mismo: Alfredo sigue entre nosotros y entre nosotras. Yo siempre he pensado que las personas, aunque hayan fallecido, si las recordamos y, sobre todo, intentamos seguir su ejemplo, siguen vivas entre todos nosotros y entre todas nosotras.
Es muy complicado para mí, como presidenta del Congreso, hacer un discurso exclusivamente institucional; por tanto, me voy a permitir algunas licencias. Alfredo era un maestro por excelencia y creo que quienes tuvimos el honor de conocerle, de estar cerca, de escucharle, de participar de su sabiduría, sabíamos perfectamente que él siempre enseñaba; era imposible estar con él y no aprender algo, porque era una persona absolutamente pedagógica. Un demócrata de los pies a la cabeza, de esos que de verdad son hombres de Estado; gente que cree en la democracia, que supo perfectamente lo que significó conseguirla y que luchó siempre para que esa democracia fuera cada día mejor. Una persona inteligente como pocas de las que yo he tenido la oportunidad de conocer, culta como pocas, con una ironía maravillosa, una sonrisa y una mirada excepcionales, que te hacían, aunque pensaras un poco diferente, convencerte muy rápido, o al menos a mí me convencía muy rápido. Con muchos principios, de esos principios inquebrantables. Un gran socialista, por qué no decirlo, uno de los socialistas de bandera, que nos hizo sentir y llenar de orgullo.
Decía que era maestro; era un gran químico, un gran profesor. Ayer, precisamente, inauguramos la exposición en honor de Gregorio Peces-Barba y pudimos recorrer un poco su historia. Una de las partes importantes que se explicaba era la fundación de la Universidad Carlos III y, ahí, con el mandato del presidente Felipe González, estaban Gregorio Peces-Barba, Javier Solana y Alfredo Pérez Rubalcaba. Porque él siempre defendió que la educación pública es el mejor ascensor social para que todos y todas podamos tener igualdad de oportunidades, y luchó siempre por esa educación de calidad y por esa universidad pública. Hoy seguro que tendría muchas cosas que decir sobre las universidades privadas.
Era una persona que, aparte de todas sus maravillosas cualidades, hizo de la palabra, del consenso y del diálogo su forma de hacer. Él daba mucha importancia a la potencia de la palabra, a la capacidad de convencer a través de la palabra. Se preparaba muchísimo sus intervenciones, sus discursos; era una persona absolutamente rigurosa a la hora de explicar algo y lo trabajaba muy bien. Y ese don de la palabra, porque tenía una capacidad de oratoria maravillosa, hizo cambiar muchas cosas a mejor en esta Casa y en este país. Evidentemente, no hablaré de todas sus responsabilidades políticas porque todos y todas las conocéis, y ahora ellos también lo van a hacer.
Si me permitís, dos cuestiones personales que a mí me quedaron muy clavadas, en cómo era la persona y en cómo era el político. Tuve el honor de estar en su Ejecutiva Federal; hizo de aquella Ejecutiva un grupo de amistad, de compañerismo, de colectividad y de compartir. Yo todavía pienso muchas veces: “Ay, voy a llamar, ¿qué me diría Alfredo?”. Creo que nos pasa a muchos.
Y dos experiencias vitales: un momento complicado y doloroso porque hubo un secuestro de dos cooperantes, uno de ellos mallorquín, en un campamento del Sáhara, y él era ministro del Interior. Él, cada día, llamaba. La familia siempre me ha dicho: “Es que no hay políticos así”. ¿Por qué lo digo? Porque, aparte de su enorme capacidad, era muy buena persona, y eso para mí también es absolutamente básico.
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Gracias. Y la otra es la capacidad de diálogo y de trabajo. Cuando logró el acuerdo de la Declaración de Granada, trabajó muchísimo, y yo me acuerdo de que nos llamaba siempre, a todas horas de la noche y del día. Había un problema con el tema de la ordinalidad —todavía sigue estando la cosa de moda— y se sabía el Estatuto de Autonomía de Baleares mejor que yo. Me enseñó que las cosas hay que trabajarlas de fondo, con mucho conocimiento de causa; que hay que discutirlas hasta el último momento y que nunca hay que dar la batalla por perdida; y que los consensos, aunque son muy difíciles, se pueden conseguir. Esto que él me enseñó yo intento practicarlo. Y en esta legislatura, que es tan compleja, estoy convencida de que, si él estuviera, nos diría que nos esforzáramos en llegar a consensos, en llegar a acuerdos; que el país está por encima de muchas cosas y que tenemos que trabajar en esa línea.
Acabo con la última enseñanza que yo quiero recordar hoy, de muchas que creo que podemos tener todos y todas. Cuando dices que alguien es un maestro, te enseña muchas cosas; también su forma de vivir. Fue un maestro en eso. Cuando dejó la política se volvió a la universidad a dar clases, que era también otra de sus pasiones, y eso explica mucho de un gran político que lo era todo, que tuvo muchísimo poder pero que tenía una humildad enorme y una capacidad de vivir como pensaba. Y esas eran unas características muy fuertes que tenía Alfredo.
Bien, esta casa es su casa. Aquí estuvo más de veinte años, y esos discursos que están seleccionados aquí son una maravilla que tenemos que leer y releer, y, sobre todo, aplicar lo que él nos explicaba. Y en ese sentido, y con el permiso de Pilar, he pensado, como presidenta del Congreso de los Diputados, proponer a la Mesa que trabajemos para buscar un espacio importante, de relevancia, en la casa que es de todos y que era de él, para reconocer su maestría: que podamos nombrar un espacio del Congreso con su nombre, el espacio Alfredo Pérez Rubalcaba. Y a ver si conseguimos que el 10 de mayo lo tengamos todo listo para —desgraciadamente—, cuando hará siete años que él nos dejó, poder decir, fuerte y claro, que su legado sigue con nosotros y con nosotras y que seguiremos explicando y aplicando lo que él nos enseñó. Muchísimas gracias.
A continuación, interviene doña Pilar Goya.
Buenas tardes, amigas y amigos. Muchas gracias, presidenta, por tus cariñosas palabras y por permitirme decir unas breves palabras en mi nombre y en el de la familia, que necesariamente van a ser de agradecimiento a todos los que han trabajado en este libro, a los que vais a intervenir en la presentación y a todos los que hoy nos acompañáis.
Empiezo agradeciendo a las presidentas de la Cámara que apoyaron esta iniciativa, a Meritxell Batet y, en especial, a ti, querida Francina. Muchas gracias de corazón por haber hecho posible el libro y este acto, y muchísimas gracias también por la propuesta que acabas de comentar.
Un agradecimiento muy especial a los letrados Fernando Galindo y Pedro Peña por su dedicación a este proyecto desde su comienzo, una implicación que va más allá de sus responsabilidades en esta Cámara. Gracias también a la Mesa del Congreso, y no quiero olvidarme de las taquígrafas y los taquígrafos que recogieron fielmente las palabras de Alfredo durante tantos años.
¿Y cómo agradecerle a Enrique Guerrero todo su trabajo y esfuerzo? Sin él, creedme, no hubiéramos llegado hasta aquí. Doy fe de que Enrique se ha leído todas las intervenciones de Alfredo —que ya es decir—, ha seleccionado las más relevantes y las ha puesto en contexto en el estudio preliminar que está en el libro y que a continuación nos va a contar con más detalle. En esta tarea le acompañaron al principio nuestro añorado José Enrique Serrano y, posteriormente, Ramón Jáuregui, a quienes también quiero expresar mi gratitud.
Y, para terminar con lo que se refiere al libro en sí, mi reconocimiento a la dedicada labor del Departamento de Publicaciones del Congreso de los Diputados. Y ahora me corresponde…
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Quiero agradecer a quienes vais a presentar el libro. ¡Qué honor tan grande que hayáis aceptado participar los dos presidentes del Gobierno con quienes Alfredo trabajó! Me emociona y me parece un gran privilegio, y estoy segura de que Alfredo compartiría este sentimiento. Como sabéis, querido Felipe, querido José Luis, Alfredo os tenía un gran cariño y respeto, que me consta eran mutuos. Y finalmente, os agradezco a todos los que hoy nos acompañáis, porque me llena de emoción sentir el afecto y el respeto que le tenéis ahora que han pasado más de siete años desde que nos dejó.
Creo que, si este libro confirma algo, es que Alfredo era un gran orador, un parlamentario brillante y eficaz. Seguro que hoy se recordará su inteligencia y su capacidad de análisis; pero, como alguien que vivió y padeció en parte la preparación de sus discursos, me gustaría aportar tres claves para su brillantez. En primer lugar, Alfredo era un trabajador meticuloso, casi obsesivo, diría yo. Además, sabía escuchar a quienes lo asesoraban. Pero creo que su secreto, por llamarlo así, era el profundo respeto que sentía por esta institución, por el Parlamento, un templo de la palabra que le exigía precisión, estructura y claridad. Y termino ya. En estos años desde que nos dejó he pensado muchas veces aquello de “a él le habría gustado”. Creedme: hoy estaría encantado de ver su trabajo reunido en este libro. Muchas gracias a todos los que lo habéis hecho posible y a todos vosotros.
Seguidamente, interviene don Enrique Guerrero.
Muchas gracias. Buenas tardes a todos, amigas y amigos. En primer lugar, un agradecimiento a la presidenta Armengol por la invitación para participar en este acto, y un agradecimiento a Pilar Goya por sus amables palabras. Tengo que decir que ambas me han tomado algo la delantera sobre lo que yo iba a decir, y tiene su lógica: hablamos de la misma persona y compartimos la misma visión sobre ella; por tanto, coincidimos en varios de sus rasgos fundamentales. También quiero agradecer a la Dirección Técnica de Publicaciones de esta Casa y al Departamento en sí; obviamente, a Ramón Jáuregui, que no puede estar aquí esta tarde, y al siempre recordado José Enrique por su colaboración en la elaboración de este libro.
Alfredo Pérez Rubalcaba fue, a mi juicio, sustancial y vocacionalmente, un docente y un investigador. Lo fue en la universidad, al principio y al final de su vida activa, y lo fue siempre en la política. Entendía la política como pedagogía y la ejerció con la didáctica propia de un portavoz. Lo fue: portavoz dos veces del Gobierno; lo fue del Grupo Parlamentario Socialista; lo fue del partido; y lo fue en una campaña electoral, siempre con una reconocida capacidad comunicativa.
A Alfredo le apasionaba descodificar la posición del adversario; por ello, el parlamentario Rubalcaba más valorado era siempre el de las segundas o terceras intervenciones. Sus réplicas eran muy prolijas, llenas de reinterpretaciones de las posiciones de los demás y de continua reformulación de las suyas. Era minucioso, hasta obsesivo, en la preparación de sus intervenciones: les daba vueltas, las repasaba una y otra vez, revisando sus puntos fuertes y débiles y los de sus oponentes. Como gestor político y como parlamentario era un negociador nato; disfrutaba realmente negociando. Cuantos más actores y más reuniones, mejor.
Solo contaré algo personal en esta intervención: hubo un momento en que, con Javier Solana de ministro, Alfredo...
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Él era secretario de Estado y yo era subsecretario de Educación. Formalmente me correspondía la relación con los sindicatos, que no era el aspecto de mi trabajo que me resultara más agradable. Un buen día, recién nombrado yo subsecretario, Alfredo vino a mi despacho y me dijo: “Enrique, ¿a ti te importaría que yo siguiera llevando los temas de los sindicatos?”. Le respondí: “Alfredo, ¿qué tengo que pagarte por esta oferta que me acabas de hacer?”.
Era, efectivamente, un negociador nato; le gustaba. Negoció con todos los sectores del mundo educativo. Como ministro de la Presidencia —como bien sabe quien hoy nos acompaña—, y después como portavoz del Grupo Socialista, negoció constantemente con todos los grupos parlamentarios. Lo hizo amparado por el Parlamento y bajo la dirección del presidente Zapatero, en la etapa final del terrorismo etarra.
Su disponibilidad fue siempre ilimitada. Era un estajanovista, un hiperactivo que se multiplicaba saltando de una temática a otra. No interponía nunca barreras personales o frenos protocolarios; nunca tuvo rasgo alguno de prepotencia; trataba llanamente a todo el que contactara con él.
Rubalcaba llegó a ministro antes que a diputado, pero íntimamente se sintió más encajado como parlamentario. Le generaba emoción el debate, la confrontación de ideas. Concebía el Parlamento como el auténtico locus de la política, el espacio central donde estaban todos y donde todos tenían su voz propia. Reivindicó esa centralidad parlamentaria como la auténtica conexión con las aspiraciones ciudadanas. Recibió todos los premios que otorga la Asociación de Periodistas Parlamentarios.
Y acabo aquí el perfil personal. Tenía buen carácter. Buscaba recomponer la relación personal si había resultado dañada por la confrontación inmediata; acudía siempre tras los ardores de la batalla.
A lo largo de más de dos décadas, sus intervenciones en esta Cámara y en el Senado se acercan al millar. Muchas de ellas son preguntas orales en el Pleno. En el libro se recogen treinta y dos de estas intervenciones. Se han priorizado las intervenciones plenarias y se han excluido las preguntas orales en el Pleno, tanto las que le hacían a él como ministro como las que él formuló desde la oposición.
El estudio preliminar pretende proporcionar un contexto temático, político y parlamentario para ayudar a la comprensión del momento en que son pronunciados los discursos, y se estructura temáticamente: educación; democracia y reformas institucionales; institucionalización y construcción europea; política territorial; Interior y Seguridad; crisis económica y Unión Europea; para concluir con el debate sobre la abdicación de Juan Carlos I.
En lo que se respecta a la educación, el protagonismo de Rubalcaba en la política educativa es mucho más intenso y rico que su huella parlamentaria. Dedicó más de una década a distintas responsabilidades en el Ministerio de Educación, asumiendo su dirección en 1992. Apenas estuvo un año como ministro de Educación; apenas tiene dos intervenciones sustantivas en la Comisión de Educación y una en el Pleno, pero su referencia a la educación será constante en virtualmente todos los debates en los que participe en esta Cámara, sean debates sectoriales o de política general. Más allá del ámbito parlamentario, aludiría siempre a su estrecha cercanía a la educación. En la proclamación de su candidatura a la Presidencia del Gobierno, en 2011, pedirá que se le permita, abro comillas, “hablar un poco de educación, que es lo mío”.
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Prácticamente veinte años después de haber abandonado el Ministerio de Educación, dirá que la educación, abro comillas de nuevo, es la niña mimada del candidato.
Tras las elecciones del año 1993, Rubalcaba sería nombrado ministro de la Presidencia y Relaciones con las Cortes, ejerciendo como portavoz del Gobierno. Desde esa posición se le encargaría la articulación del bloque de reformas que recordarán como un programa de impulso democrático, desarrollado en el discurso de investidura de Felipe González como un compromiso de renovación política y profundización de la democracia, y sintetizado como un cambio sobre el cambio. Rubalcaba defendió como parlamentario este paquete reformista ante la Comisión Constitucional, pero, sobre todo, coordinó desde el Gobierno la ejecución de las reformas que pudieron prosperar en una legislatura extremadamente complicada.
Alfredo mostró siempre su preocupación por el deterioro de la democracia y de sus instituciones, por la subversión de sus valores, por la crisis de la representación política. Defendió siempre la soberanía de la política frente a los mercados: el poder democrático de que nadie gobernara sobre los ciudadanos sin haber sido legitimado directamente por estos.
Buena parte de sus discursos más significativos los pronuncia como portavoz del Grupo Socialista tras la vuelta del PSOE al Gobierno en 2004. Intervendrá en el regreso de las tropas españolas de Irak; lo hará sobre los avatares de la construcción europea, defendiendo siempre una posición europeísta, clara e inequívoca, frente al sesgo más nacionalista de los populares. Comparecerá también en esta Cámara ante la comisión del 11-M. Pero, sobre todo, afrontará los debates territoriales del Plan Ibarretxe y del nuevo Estatuto de Cataluña.
Rubalcaba subrayará que los socialistas rechazaban el Plan Ibarretxe porque desbordaba el marco constitucional, porque hacía tabla rasa del Estatuto de Guernica y porque no podía ser impuesto por una parte del pueblo vasco a la otra parte que no se sentía nacionalista. Previamente, en el debate inicial del Plan Ibarretxe, el presidente Zapatero diría: puesto que vivimos juntos, juntos tenemos que decidir. Y fue esa idea la que desarrolló en el debate posterior Alfredo, concluyendo con una afirmación ideológica muy importante: para los socialistas, antes que la nación estaba la democracia; antes que la identidad, estaba la ciudadanía.
Rubalcaba negó cualquier similitud entre el Plan Ibarretxe y el Estatuto de Cataluña. Aquel era un plan que proponía un Estado que decidía libremente asociarse con España y marcharse cuando quisiera. El Estatuto era una ley orgánica y, como toda reforma estatutaria, una ley pactada entre el Parlamento autonómico y el Parlamento nacional.
Tras la tramitación del Estatuto, Rubalcaba pasaría al Ministerio del Interior, pero no cerraría su relación con el tema territorial. Volvería al mismo con intensidad en su etapa como líder de la oposición, ante el desarrollo de la estrategia secesionista en Cataluña y ante la inacción del Gobierno de Mariano Rajoy para abordarla. Lo haría con una perspectiva de diálogo, para acometer una actualización de la Constitución que pudiera abrir un tiempo nuevo. Siempre defendió que, mientras los soberanistas querían votar por separado y para irse, los socialistas querían dialogar y votar sobre el acuerdo para seguir viviendo juntos.
En el ámbito partidario, como ha señalado la presidenta Armengol, impulsaría la propuesta autonómica de orientación federal, cuyo resultado sería la Declaración de Granada de 2013.
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Al ser nombrado ministro del Interior, Rubalcaba dejaría de intervenir en los grandes debates generales y se volcaría en su labor al frente del Ministerio. Se lamentaría reiteradamente de que el terrorismo solo se había llevado a la confrontación parlamentaria cuando el Partido Popular había estado en la oposición, porque siempre buscaban rédito político con ello. Pasaría a intervenir preferentemente en la Comisión de Interior, sometiéndose en el Pleno a una catarata de preguntas monotemáticas dirigidas, en su inmensa mayoría, a dificultar la autonomía del Gobierno en la dirección de la política antiterrorista.
En el debate de investidura, el presidente Zapatero afirmó que, aunque el fin de la violencia no tenía precio político, la política podía contribuir a ese fin, y anunció que, de darse la oportunidad para negociar ese fin, acudiría al Congreso para solicitar el respaldo de todos los grupos. Más tarde anunciaría el inicio de las negociaciones tras un alto el fuego permanente de ETA. Tras un proceso tortuoso, con ruptura formal de negociaciones incluida, ETA anunció el cese definitivo de la violencia en 2011. Rubalcaba, candidato entonces a la presidencia del Gobierno, declaró que la protagonista no era ETA, sino el Estado de Derecho, porque habían ganado la democracia y las instituciones. Con una emoción por momentos incontenible, recordó a las víctimas, con especial dolor a las que lo habían sido siendo él ministro del Interior. La gestión de su paso por el Ministerio del Interior fue difícil: soportó ataques políticos y parlamentarios excesivos, no pocas veces deplorables. Rubalcaba cargaba con la aguda inquina popular por su papel en la gestión política subsiguiente a los atentados de 2004. Lo cierto y verdad, y hay que subrayarlo una vez más, es que nunca las condiciones de salida de un conflicto han sido tan limpias: la paz era irreversible, sin concesión política alguna, con plena actuación de la justicia y abriendo la participación al juego democrático en función del apoyo electoral obtenido. Se hizo realidad una expresión muy habitual de Rubalcaba: o votos o bombas. Cuando en 2018 ETA anunció su desaparición definitiva, el entonces presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, que en plena negociación había acusado a Zapatero de haber traicionado a los muertos, se felicitó de que el fin de ETA no hubiera comportado precio político alguno.
El mayor número de discursos de Rubalcaba en el Pleno se produjo en la última legislatura, la sexta suya, que no llegó a completar y en la que ejerció como líder de la oposición. Fue una legislatura en la que las políticas de la Unión Europea y su impacto en la economía y la política españolas ocuparon un lugar central. A lo largo de la legislatura, Rubalcaba sostuvo que, si no se resolvía la crisis a nivel europeo, no podríamos superarla en España, y ofreció reiteradamente al Gobierno pactar la posición europea aquí para defenderla juntos en las instituciones europeas. Cuando la política europea empezó a girar hacia el crecimiento, y especialmente cuando Draghi declaró que haría lo necesario para defender el euro, Rubalcaba se preguntó: ¿cuánto sufrimiento nos habríamos ahorrado si esa declaración la hubiera hecho Trichet en 2010? Para Rubalcaba, la derecha había gobernado Europa durante toda la crisis: disponía de las presidencias de la Comisión y del Consejo, y tenía mayoría en el Parlamento Europeo. Con esa hegemonía, la derecha impuso una política durísima de austeridad compulsiva, causando sufrimiento.
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