¿Aquí funciona? ¿Se me oye? Gracias. Muy buenas tardes a todos. Les voy a pedir que tengan la amabilidad de poner los teléfonos en silencio; ya saben que todos los dejamos en modo mudo, pero luego resulta que suenan, y, como nos están grabando…
Quería sencillamente deciros que ahora me va a presentar doña Cristina Martínez Torres, de la Universidad de Ginebra. A lo mejor se preguntan: está esta señora presentando a Luis, pero ¿quién es esta señora? Pues esta señora es la “culpable” de este libro, porque fue quien me llamó hace como año y medio y decidió hacer un libro sobre Clara Campoamor y Suiza. Y, dicho esto, doña Cristina Martínez Torres, tiene usted la palabra.
¿Se me oye a mí también? Sí. No me lo esperaba; pensaba solo presentarte yo a ti, así que te agradezco que tú me presentes también a mí. Buenas noches a todas y a todos. Obviamente, es un placer para mí acompañar a Luis Español Bouché aquí, en esta casa, que fue también la casa de Clara Campoamor. Fue su casa en muchísimos sentidos; hoy seguramente abordaremos algunos de ellos. Desde luego lo fue en su etapa como parlamentaria republicana, en aquel tiempo en el que consiguió, en 1931, el reconocimiento del sufragio femenino, y lo hizo contra muchos vientos y mareas. Pero también fue, desde otra perspectiva, una suerte de casa espiritual para ella, ese símbolo del parlamentarismo en el que creía profundamente. Es un honor venir de la mano de Luis y poder así devolver también a Clara la que por derecho fue su casa.
Otro lugar que decididamente fue también su hogar, aunque quizá lo habíamos dejado durante un tiempo más a un lado, es Suiza. Fue su hogar durante casi veinte años, que no es poco; y lo fue en un tiempo en el que quizá no vemos a esa Clara sufragista y luchadora con la que nos habíamos quedado. Fue, sin embargo, el hogar de una Clara interesantísima, como lo es en todas sus facetas, y que escogió Suiza obligadamente, pero la escogió como hogar: primero en los años treinta y después entre los años cincuenta y sesenta, para convertirse ya en su hogar definitivo. Decimos, y no es una metáfora, que el exilio de Clara Campoamor es un exilio sin fin: comienza en 1936, por los tristes motivos que todos conocemos, y no finaliza hasta que ella muere en Lausana, esa ciudad suiza que se convierte en su hogar, en 1972. Solo entonces, ya fallecida, tuvo el derecho de volver aquí a España. Gracias.
Hay algunas heridas que no cierran; la suya no tuvo el poder de cerrarse. Suiza es, así, el principio y el fin de una etapa fundamental: la de esa Clara exiliada, la Clara de la madurez. Y, sin embargo, como comentábamos Luis y yo —y pese a que se han hecho en ese sentido magníficos trabajos—, la etapa suiza ocupaba apenas una página, y no por falta de ganas, sino porque, como tantas veces, el archivo complica estas historias.
Este es el objetivo: recuperar a esa Clara en Suiza, el exilio de Clara en Suiza. Es lo que me he propuesto desde la Universidad de Ginebra al dirigir el proyecto académico-divulgativo Año Campoamor 2025, con motivo de esta efeméride, cuando en 2025 se cumple el 70 aniversario de su establecimiento definitivo en Suiza, que, como digo, sería en 1955. Ese exilio definitivo se hace, como ella misma diría en una de sus cartas desde el exilio, siempre a la espera del santo advenimiento; es decir, siempre a la espera de la vuelta de la democracia a España. Precisamente esa frase, tan inspiradora, nos aporta el título del libro: Siempre a la espera. Clara Campoamor y el exilio republicano en Suiza, una publicación que ha asumido —como siempre muy generosa con Clara Campoamor— la Editorial Renacimiento. Debo agradecer, asimismo, a quienes han sido sus patrocinadores: la Universidad de Ginebra, la Casa de la Historia de Ginebra, el Ayuntamiento de Lausana y las asociaciones Ginebrina y Valdense de una asociación mayor federal, que es la Asociación Suiza de Mujeres Diplomadas de Universidad, una asociación en la que Clara fue sumamente partícipe.
Proyecto y libro me han llevado a recorrer Suiza de la mano de Clara y de la mano de otra gran sufragista que seguro también mencionará hoy Luis, Antoinette Quinche. Hemos podido recorrer tierras suizas y también españolas: presentábamos el libro en Santander y, hace muy poquito, aquí en Madrid, en el Ateneo, en la que fue también casa de Clara. Todo ello ha hecho que el libro sea un viaje en sí, un viaje en el que, como ya pueden adivinar, no he estado en absoluto sola; me han acompañado grandísimos expertos del exilio republicano y, especialmente, grandísimos expertos en Clara Campoamor, personas que —cuando quizá no era sencillo, digámoslo así— pusieron la primera piedra de muchas investigaciones. Es el caso de quien les presento hoy: Luis Español Bouché.
Si al historiador, por lo general, le caracteriza per se el deseo de hallar para contar, en Luis reposa además una pluma generosa, sagaz y, cuando el tema lo requiere y la historia lo merece, afilada. Cuando comenzó a ocuparse de Clara, hace ya mucho tiempo —no vamos a dar muchas fechas—, lo hizo subiéndose a un tren: el de una investigación entonces seguida por muy pocos. No quiero olvidar, sin embargo, a quienes fueron primeras biógrafas de Clara Campoamor, Concha Fagoaga y Paloma Saavedra. Pero, como digo, Luis se subía a ese tren poco nutrido, que se proponía recuperar a Clara Campoamor de un olvido que ni siquiera la Transición pudo remediar; no tuvo capacidad para rescatarla de ese olvido en el que la dictadura la había escondido.
Debemos situarnos en los primeros años dos mil para ponernos en el camino de ese tren de investigación; es entonces cuando comienza a armarse un puzle no solo biográfico, sino también profesional, para reconstruir un retrato fiel de Clara Campoamor, más allá de nuestra gran sufragista —que desde luego lo fue—, pero fue muchas otras cosas. En ese trayecto, siempre con el archivo como aliado —aunque a veces amigo tramposo, amigo veleta, porque el archivo tiene esas cosas: depende del día que se levante, ayuda más o ayuda menos—, y pese a que no siempre le puso las cosas fáciles, ese archivo, junto con un trabajo gigantesco por su parte, le permitió realizar en 2001 la primera traducción al español de la obra que ven en pantalla, el ensayo político La revolución española vista por una republicana, que hasta entonces solo había visto la luz en su edición de 1938, la que originalmente había publicado Clara Campoamor. Es Luis quien, en 2001, genera esa primera traducción, que después publicaría Editorial Renacimiento en 2005 y, a partir de entonces, se sucederían nuevas aportaciones.
Hay numerosas reediciones, la última no sé si de 2018, efectivamente, y a partir de ella también otras muchas ediciones de la obra campoamoriana, política y literaria, que poquito a poco hemos podido disfrutar. La última, al lado del librito amarillo, es el librito verde que tienen ahí, de este mismo año 2025, en el que Luis ha editado otro de los grandes títulos políticos de Clara.
Son libros en los que tengo que decir que el lector ha estado tentado de acercarse casi más a los estudios introductorios, a los estudios preliminares de Luis, además del propio contenido, por la destreza con la que él ha sabido contextualizar todo ese trabajo y darnos los textos enriquecidos, para que pudiéramos acercarnos verdaderamente a esa personalidad multiforme —a mí me gusta decir poliédrica— que supone la figura de Clara. Son títulos con los que, poco a poco, se fue dando forma a esa Biblioteca Clara Campoamor, de la que siempre ha sido, como digo, amable depositaria la editorial Renacimiento, a la que han contribuido nombres de los que tampoco me quiero olvidar, como Beatriz Ledesma Fernández de Castillejo —que hoy no ha podido finalmente acompañarnos, nos habría gustado mucho—, con quien tanto ha trabajado Luis. Otros nombres también son necesarios: Juan Aguilera, Isabel Lizarraga; todos ellos han ido sumando a nuestros estantes esos libros de Clara que necesitábamos leer. Entre ellos, los textos de la Clara periodista, y muchos de esos textos y de esa labor han sido también recuperados por Luis, en artículos y en obras, en editoriales y lugares de publicación de alto impacto.
Ahora bien, seguramente quienes ya lo conocen saben que para Luis ser uno de los principales biógrafos de Clara Campoamor no era suficiente: este escritor y traductor hispano-francés ha sido y es también articulista y ensayista en diarios como ABC y, además —me gusta recordarlo—, estudioso de otras muchas personalidades, por ejemplo Julián Juderías en la materia de la leyenda negra, pero también de poetas como Miguel Hernández, Vicente Mojica y Alfredo Gómez Gil. Además, lógicamente, del contexto de la guerra civil y de Madrid, en un amplio sentido histórico. Son aspectos que siempre le han apasionado. Son los que intento recoger aquí, muy brevemente, en más de veinticinco años de trabajo; y creo que me quedo corta, pero no quiero tampoco sacar el calendario.
Son años, como digo, en los que nos ha regalado muchísimas primeras piedras para la investigación de Clara, piedras de las que yo he podido nutrirme en el caso de este proyecto Año Campoamor 2025 al sumergirme en el exilio suizo de Clara. Yo me proponía —y es de lo que trata mi capítulo, mi aportación— reconstruir ese exilio desde el punto de vista administrativo, que puede parecer un poco más pesado, pero que era muy importante para resolver un baile de fechas que teníamos: cuándo llegó Clara, cuándo se fue, cuándo volvió; qué hizo, de qué trabajó, si se declaró como abogada, cómo se mantuvo. Porque en Suiza, ya se pueden imaginar ustedes, y eso es atemporal. Todo eso estaba en los archivos guardado; para mí han supuesto unos hallazgos fantásticos, con una documentación que he podido publicar en el libro. Pero esas pistas de archivo las había dejado un poquito Luis, para que yo —quien quisiera, desde luego— fuéramos detrás y diéramos con esos documentos esenciales. Incluso en el transcurso de este proyecto, cuando ya estábamos hablando sobre de qué iba su capítulo y cómo iba a tomar finalmente forma este libro, en 2024 publicó Luis en ABC un artículo fundamental, en el que consigue cruzar el testimonio de uno de los falangistas que, en el año 36, intentó asesinar a Clara Campoamor en su travesía en barco desde Alicante hasta Génova. Una travesía del horror, como se pueden imaginar, en la que este mismo falangista relata lo que había sido su intento, que no consigue afortunadamente y que era muy importante para el libro también, porque ese barco es el que inicia el que será el primer exilio de Clara. Al bajarse en Génova, el destino que tomará será la ciudad de Lausana.
Este libro es un volumen en el que colaboramos diez coautores. Es por eso un libro no solo colectivo, como se suele decir en materia de publicaciones; es un libro conjunto, y me gusta decirlo así, porque es un libro que gusta leerse de principio a fin, y les invito en ese sentido a no perderse ni un solo capítulo. Desde luego, a no perderse el de Luis, que es el que nos presenta hoy: “Clara Campoamor ante la Sociedad de Naciones y la ONU”. Y como ya anuncia el título —también se lo aseguro yo—, Luis ha afinado el tiro, y lo que nos trae es la reconstrucción de la presencia de Clara Campoamor ante la Sociedad de Naciones y la Organización de las Naciones Unidas.
Vamos a hablar de la primera española que participó muy activamente en la entonces Sociedad de Naciones y, posteriormente, en la Organización de las Naciones Unidas, además —como seguramente Luis nos ilustrará— en momentos muy clave. Esta es mi parte; así que tienes la palabra. Y, de nuevo, gracias.
Muchísimas gracias. Se va a notar que Cristina y yo somos amigos. En cualquier caso, quería hacer un pequeño experimento con ustedes, si les parece. Que levante el brazo derecho quien no sepa quién es actualmente el presidente de Estados Unidos. Veo pocos. Que levante el brazo quien sabe el nombre del presidente actual de Polonia. Hay uno... ¿hay más? Hay dos, hay tres. Hay tres personas que saben que Karol Nawrocki es el presidente de Polonia. Que levante el brazo quien sepa cómo se llama el presidente del Gobierno de Portugal. Hay uno, hay dos. Se llama Luis Montenegro.
¿Por qué digo esto? Porque, si se fijan, todos ustedes son autores, escritores, universitarios; personas con una formación que representan, digamos, el 0,1% de la sociedad. Sin embargo, no sabemos prácticamente nada de nuestros vecinos. De Portugal, por ejemplo: le preguntas a cualquier niño, “oye, dime tres reyes de Portugal del siglo XIX”, y te mira diciendo: “¿pero en Portugal hay reyes?”. Pues lo mismo sucede con figuras como Clara Campoamor. Le pregunté a una chica que está en la Escuela de Ingenieros de Caminos: “¿Tú qué sabes de Clara Campoamor?”. Y me dijo: “Es una estación”. Bien.
El mundo es complejo; la vida internacional es compleja. Y en ese mundo internacional hay muchas personas que quieren, de alguna forma, marcar con sus egos hiperdilatados, con sus personalidades, el tempo de la historia. Pero eso normalmente no da buen resultado, porque en Europa llevamos siglos de guerras basadas precisamente en el carácter personalista del poder.
Después de 1918, tras una catástrofe como la Primera Guerra Mundial, las autoridades, las personas probablemente más brillantes de su generación, dijeron: “Bueno, esto es muy interesante, pero la vida política y las relaciones internacionales no pueden basarse únicamente en fuertes personalidades. Necesitamos estructuras, necesitamos organizaciones, necesitamos algo que supla, que facilite que los pueblos no tengan que usar zambombazos para entenderse y que puedan buscar algún tipo de interés común”. Eso fue la Sociedad de Naciones. La constitución de la Sociedad de Naciones está prevista dentro del Tratado de Versalles. Es el primer gran esfuerzo de la humanidad para sobrevivir a sí misma; uno de los grandes momentos de la historia contemporánea, porque una serie de países que se habían hecho la guerra fueron capaces de intentar establecer cauces para hablar, para discutir, para llegar a acuerdos.
Esa Sociedad de Naciones, como todos ustedes saben, al final sucumbió ante el personalismo —en particular el de Mussolini—, ante el imperialismo japonés, ante los nazis. Decidieron estas personas volver a la política de antes: la política que no respeta los acuerdos, en la que te saltas las convenciones. Algo muy parecido a lo que estamos viviendo ahora. Por eso creo que es oportuna esta pequeña charla sobre Clara Campoamor en la Sociedad de Naciones y en la ONU, porque hoy mismo estamos asistiendo al desmantelamiento de cualquier tipo de organización internacional.
Ya saben ustedes cómo acabó la Sociedad de Naciones: se disolvió en el año 46, pero era un cadáver a finales de los años treinta. No pudo evitar lo que se quería evitar, que eran las guerras; por ejemplo, la guerra civil española, la intervención extranjera en la guerra civil española, la invasión de Abisinia.
…y no les hablo ya de la invasión japonesa de China o de la masacre de Nankín. Fracasa la Sociedad de Naciones y volvemos a tener una guerra mundial. En el año 1945, personas buenas e inteligentes dicen: ya hemos visto en Hiroshima y Nagasaki que las armas han dado un salto cualitativo; vamos a ver si hacemos una sociedad de naciones que funcione mejor que la anterior, e hicieron la Organización de las Naciones Unidas, que ha funcionado, más o menos, hasta hace muy poco. Y que representa también esa voluntad de establecer cauces para la negociación, cauces para que personas que no se conocen puedan relacionarse. Han visto ustedes que no conocemos al presidente del Gobierno de Portugal; solo dos personas de las 58 presentes sabían quién es el presidente del Gobierno portugués, y son nuestros vecinos. Imagínense cuando tenemos que establecer relaciones con países de culturas distintas de las nuestras, que no conocemos de nada. Esos cauces —la Sociedad de Naciones primero y la ONU después— representan una utopía, una utopía funcional, que ha funcionado; si ahora no funciona es porque hay una voluntad de que no funcione, pero realmente han evitado conflictos planetarios.
Entonces, ¿quién es Clara Campoamor? Quisiera hablarles ahora… Aquí hay algunas aportaciones mías sobre Clara Campoamor, pero no quiero hablar de mí sin hablar de la biografía asombrosa de Clara Campoamor, de esta pequeñita —la he retocado con un programa de inteligencia artificial porque es una foto muy mala, muy pixelada—, esta niña cabezoncita, pequeñita. Es Clarita Campoamor, imagino con unos meses; no sé si llega al año.
Hablar de Clara Campoamor es hablar de la utopía, de la utopía de una mujer extraordinaria que es Concepción Arenal. Concepción Arenal, en sus libros, dice lo que la mujer tiene que conseguir: que hay que acabar con la prostitución, que la mujer tiene que poder votar, que tiene que poder trabajar, que tiene que poder ir a la universidad, formarse, educarse. Todas las ideas de Concepción Arenal hoy se han cumplido. En su día la consideraban algo así como una iluminada, una persona muy respetada, una buena persona, pero como a veces hablamos de las buenas personas, casi como si fueran medio tontas. Hoy hay más universitarias en España que universitarios; las mujeres se han empoderado de todo. Me encanta el verbo empoderar; es muy bonito, es de los pocos neologismos que utilizo. Y Clara Campoamor no solamente es discípula de Concepción Arenal en cuanto a las ideas: hizo una biografía de Concepción Arenal y presidió el comité para erigir un monumento en su recuerdo, que está en el Parque del Oeste. “La mujer del porvenir”, qué bonito título, de Concepción Arenal.
Pues esta es la joven Clara Campoamor antes de la Primera Guerra Mundial. Es una señorita de Madrid, educada, que viene de un mundo muy modesto; ha trabajado toda su vida. A los doce años empezó a trabajar de modistilla —los chiquillos que mandaban a tomar las medidas, porque a los doce años no sabes cortar—; ya podía ir con la cinta a casa del señor Pérez o a casa de la señora García a tomarles las medidas para que su maestro pudiera empezar a hacer. Esta mujer que ven ustedes aquí todavía no ha ido a la universidad; es una chica que ha acabado los estudios con diez años. Tras la muerte de su padre, su madre la ingresa en un convento de monjas, donde probablemente aprendió francés. Su vida es una vida de trabajo: desde que se levanta hasta que se acuesta, primero en una sastrería y luego en una tienda de modas, y finalmente consigue ganar una oposición del Cuerpo de Telégrafos —una de las primeras en las que dejaron presentarse a mujeres—, para telegrafista y telefonista. Y entonces ya se va de Madrid; se va a casa de su hermano, a San Sebastián, trabaja de ello dos años y, mientras tanto, prepara otras oposiciones.
Oposiciones que le van a permitir ser profesora de mecanografía y taquigrafía para adultas. Y esta es una foto que es la segunda vez en mi vida que la enseño; nadie la conoce. Es una foto de los que han ganado la oposición de mecanógrafos y taquígrafos, y ahí ven a una jovencita morena, la tercera por arriba, que es Clara Campoamor. Como está sacada de un periódico escaneado, pueden imaginar que la calidad no es muy grande y, gracias a un programa informático, hemos conseguido reconstruir un poquito el rostro de Clara Campoamor en ese momento. Estamos hablando de 1914; tiene entonces 26 años.
Aquí está el texto donde nos cuentan cuándo empezó a estudiar taquigrafía con el señor Caballero. La taquigrafía es muy importante porque permite llevar a lo escrito lo oral. Hoy día tenemos aparatos estupendos: los periodistas profesionales “pimponean” los textos —graban una conversación, le aplican un programa y sale, con algunas erratas, el texto—; antes eso no existía: había que recurrir a los taquígrafos, que con unos signos misteriosos intentaban reproducir por escrito el discurso oral, que tiene su propio ritmo.
Llega 1922. Clara Campoamor ya es periodista, indudablemente feminista, está en el mundo de los grupos, en el Ateneo, precisamente, en la sección de Pedagogía. Y decide hacerse el bachillerato, porque sus estudios académicos habían terminado a los doce años. Se matricula en el Instituto Cisneros y, en apenas seis meses, yendo de Madrid a Cuenca —no sé exactamente por qué en Cuenca; debía de tener allí algún amigo profesor que le facilitó las cosas—, consigue superar todas las asignaturas del bachillerato. En septiembre de 1922 ya puede matricularse en la universidad. Entre septiembre del 22 y diciembre del 24 hace los estudios de Derecho, y en enero del 25 ya es abogada. Desde el primer momento los medios se fijan en ella: primero, porque es periodista y tiene amigos en la prensa; segundo, porque no hay tantas abogadas: en ese momento solo hay dos en ejercicio en Madrid, Victoria Kent y Clara Campoamor.
Aquí tienen ustedes el expediente universitario de Clara Campoamor. Y aquí tienen a doña Clara con una mesa que se conserva. Si algún día tienen ocasión de visitar el Congreso, esa mesa está aquí, no en este edificio, sino en el de enfrente, donde se custodian algunos objetos que pertenecieron a Clara Campoamor, como ese pisapapeles o parte de su escritorio. Fíjense ustedes: estamos ante una mujer de personalidad poliédrica, como un dado de veinte caras. Hablamos de una modistilla, de alguien que trabajó en una tienda de modas, de una telefonista, de una telegrafista, de una profesora de mecanografía y taquigrafía para adultos. Y, después de hacerse el bachillerato, aquella profesora de mecanografía, Clara Campoamor, se convierte en abogada, una abogada que empieza a llevar casos. Lleva un caso sonado, el llamado “divorcio” de Valle-Inclán en un momento dado —aunque en aquel entonces no existía el divorcio como tal—. Y su primer caso fue el de una familia muy pobre, que vivía en unas casas, en la que el hijo del portero quiso abusar de una chica de dieciséis años; la muchacha le asestó una cuchillada. No se sabía si había que castigar la cuchillada o el intento de abuso. Ese fue su primer caso, y lo ganó directamente en la fase de conciliación, sin que llegara a juicio, porque era una buena abogada y evitaba los pleitos.
A lo largo de los años veinte, Clara Campoamor se hace muy conocida como abogada y jurista; además, preside asociaciones universitarias y publica numerosos artículos. Como se ha mencionado, Isabel Lizárraga y Juan Aguilera han reproducido cientos de artículos de Clara y, algo aún más interesante, numerosos textos sobre ella. Debe recordarse, y lo señalo ahora, que no conservamos los papeles de Clara Campoamor, probablemente perdidos para siempre, de modo que todo lo que sabemos de ella procede de lo publicado.
Distinguida feminista y diputada, con intensa actividad social y política, en un momento dado el dictador Primo de Rivera, tras intervenir el Ateneo, intentó aprovechar su figura nombrándola para la llamada Junta “mostrenca” del Ateneo. Como el Ateneo ha elegido siempre a los miembros de su Junta por votación de los socios, ella se negó. Poco después fue la primera mujer elegida para un cargo en el Ateneo, en una junta presidida por Gregorio Marañón.
Llega la Segunda República. Ella había militado en un grupo republicano minoritario, con presencia de intelectuales, pero inicialmente no se le prestó la atención debida. Finalmente, Alejandro Lerroux, muy hábil, la incorporó al Partido Radical y Clara Campoamor resultó elegida diputada por Madrid. Existe una fotografía del estreno de las Cortes republicanas; las ceremonias de inauguración, con monarquía o con república, suelen ser solemnes, pero aquella fue particularmente entusiasta. Nos recuerda que la Segunda República comenzó con una gran ilusión, que más tarde, por desgracia, se vio frustrada.
En el Parlamento, el gran tema era la Constitución. Aquellas Cortes no habían nacido como constituyentes, pero decidieron serlo, y ella fue incorporada a la comisión encargada de redactarla, como jurista de prestigio y por su dedicación a las cuestiones relativas a las mujeres. Su objetivo era asegurar el sufragio femenino. Sin embargo, algunos pretendían condicionarlo y limitarlo, con la idea de reconocerlo en principio para después restringirlo mediante un reglamento.
Mientras tanto, Lerroux, no tanto para apartarla como para aprovechar su capital político e intelectual —femenino, feminista, sufragista y de alto nivel—, la llevó a la Sociedad de Naciones. Era la XII Asamblea, en 1931, y le correspondía a España presidirla. Lerroux, entonces ministro de Estado, decidió encabezar personalmente la delegación con un equipo notable en el que figuraba Clara Campoamor. Entre las personalidades presentes estaban Salvador de Madariaga; Leopoldo Palacios; Julio Casares —autor del Diccionario ideológico de la lengua española y gran políglota, incluso conocedor del japonés—; Julio López-Oliván; y Carlos Esplá, personaje muy interesante, a quien a veces se confunde con Óscar Esplá.
Y aquí tenemos esta hoja en la que se describe quién hace qué dentro de esas comisiones. En la Comisión 1 y en la Comisión 5 aparece doña Clara. Son comisiones que trabajan exactamente como lo hacen las comisiones aquí, en el Congreso de los Diputados, o en la Asamblea Nacional francesa: cuando se prepara un proyecto, se encomienda a una comisión, que examina el lado favorable y el desfavorable, lo oportuno y lo inoportuno, y formula una propuesta, una ponencia. En francés, el rapporteur es el ponente y el rapport, la ponencia. No tiene mayor misterio.
Estas comisiones se encargan de materias diversas: por ejemplo, la Comisión 6 trata de cuestiones políticas; la Comisión 5, de cuestiones humanitarias y sociales; y en la primera se abordan cuestiones constitucionales y jurídicas. Y, claro, querían aprovechar la preparación de esta mujer. Además de su competencia, sabía taquigrafía y mecanografía, lo cual resultaba muy útil: ella misma redactaba y mecanografiaba los documentos. De hecho, el otro día mi mujer se descargó de internet el informe de la señorita Campoamor de 27 de septiembre de 1934, en el que la delegada doña Clara Campoamor presenta, como resultado de las deliberaciones de las comisiones, su intervención ante la decimoquinta Asamblea de la Sociedad de Naciones.
Dominaba el francés y lo hablaba muy bien, y el francés era entonces la lengua internacional. Estamos, por tanto, ante una persona excepcional, que sabía sacar partido de sus conocimientos. Esta imagen corresponde a un antiguo hotel que se convirtió en sede de la Sociedad de Naciones: el Palais Wilson, llamado así en honor del presidente estadounidense que impulsó la creación de la Sociedad, aunque Estados Unidos no llegó finalmente a participar. Fue allí donde ella habló y se dio a conocer a nivel internacional.
Este es el primer texto: las primeras palabras dichas por una española en la Sociedad de Naciones, la primera vez que, en una organización internacional, una española intervenía. Dijo: “En nombre de la delegación española y de mi país, tengo el honor de adherirme a la propuesta humanitaria de la Gran Bretaña, que también se corresponde con el espíritu de profunda fraternidad que anima esta Asamblea”.
Esa propuesta estaba relacionada con las terribles inundaciones que sufrió China en 1931, que provocaron, según algunas estimaciones, cuatro o incluso cinco millones de muertos, tras el desbordamiento del río Amarillo. La catástrofe fue de tal magnitud que el primer acto de la Sociedad de Naciones, apenas reunida, fue manifestar su solidaridad con China e intentar organizar, bajo el impulso de Lord Cecil, algún tipo de ayuda internacional para atender aquella indecible calamidad. El agua llegó a subir casi dos metros en algunas zonas; la gente se ahogaba en sus propias casas.
Aquí tenemos otra intervención de Clara Campoamor, muy interesante, sobre el delito internacional. Cita a Garófalo; figura hoy mirada con recelo por su deriva final hacia el fascismo, y que era, por así decirlo, un enamorado de la pena.
Se trataba de un autor que sostenía que las sociedades tienen que defenderse; que, en el fondo, la educación o el ambiente no son tan determinantes como el miedo a la pena, y que, por tanto, debía endurecerse la respuesta penal.
Ella afirma algo que todavía hoy repetimos: hay que luchar contra el crimen internacional. El crimen internacional reviste características de “pequeños Estados”; las mafias funcionan como tales, con sus propios sistemas punitivos internos. Es decir, aunque uno no quiera acabar con la mafia, la mafia sí puede acabar con uno. Nuestra Clara Campoamor, el 26 de septiembre de 1931, abordó este tema y se opuso a la adopción de una resolución, pero por razones puramente técnicas. No es que no estuviera a favor del objetivo, sino que a veces los textos se redactan de forma tan deficiente que no se puede aprobar ni siquiera aquello con lo que se coincide.
Hablamos aquí de sesiones plenarias: ya se habían reunido las comisiones, pero esto era la sesión plenaria, en el Palacio Wilson, en una sala muy grande. Entonces, ella toma la palabra y aborda una cuestión importantísima: la nacionalidad de la mujer. Clara Campoamor llevaba toda la vida ocupándose de este problema. En mi propia familia nos afectó: mi bisabuela, mémé, Jeanne Brault, perdió su nacionalidad francesa al casarse con su marido y luego tuvo que intentar recuperarla. En aquella época, si eras mujer, asumías la nacionalidad de tu esposo y perdías la tuya de origen, lo que generaba complicaciones enormes. Había quien sostenía que era lógico, porque la unidad de la familia exigía una misma nacionalidad para todos. Es un argumento, pero hoy tenemos millones de parejas felizmente casadas en las que cada cual conserva su nacionalidad y no pasa nada.
Aquí se ve el carácter profundamente positivo de Clara Campoamor. No hace la guerra a los hombres; sostiene que el progreso beneficia a todos. Lo expresa con claridad: “Las mujeres, sedientas de derecho y justicia, no se les permitía beber del pozo de la ley”. Y añade: “Los sentimientos más perfectos de paz y de justicia, los principios más puros de la equidad y del derecho, nacen cuando todos acuden al derecho, cuando todos pueden acudir a la ley. ¿Por qué no van a poder las mujeres acudir a la ley, acudir a la justicia?”.
Hubo una asamblea anterior en los Países Bajos —recuerdo Ámsterdam o quizá La Haya— en la que se trató precisamente del estatuto de la mujer y de si debía perder su nacionalidad al casarse. La Sociedad de Naciones realizó una labor muy positiva al respecto, promoviendo acuerdos que, sin imponer a cada país cómo ordenar su derecho interno, sí orientaban hacia soluciones convergentes. Entre otras razones, porque las nacionalidades son cuestiones bilaterales: si una persona tiene una nacionalidad y adquiere otra, importa cómo su primer país interpreta ese hecho desde el punto de vista fiscal, del servicio militar y de muchos otros.
Tras intervenir en la Sociedad de Naciones en septiembre de 1931 —su última intervención allí fue el día 26—, Clara Campoamor regresa a Madrid. Y, a finales de ese mismo mes, el 30 de septiembre de 1931, toma la palabra en el Congreso de los Diputados para defender, frente al dictamen de la Comisión Constitucional de la que formaba parte, el derecho de las mujeres a votar. Tuvo que soportar entonces argumentos inconcebibles que hoy avergüenza leer. Sin embargo, mantuvo su posición con firmeza y claridad.
Se sale con la suya, porque lo importante no es que ella fuera feminista y estuviera a favor del sufragio; lo importante es que supo convencer a la mayoría de los caballeros presentes de que el sufragio femenino era una cuestión de justicia y de lógica.
Una mayoría de diputados, de distintos partidos, votó a favor. Los socialistas que acudieron, prácticamente todos, votaron a favor; quienes no querían votar a favor sencillamente no iban. Fue una votación con muchísimas abstenciones: mucha gente no fue, pero tampoco se opuso. Las derechas también votaron a favor. Los únicos que se opusieron radicalmente al sufragio femenino fueron los radicales: el Partido Radical Socialista y el Partido Radical del propio Alejandro Lerroux, es decir, el partido de Clara Campoamor.
Imaginen ustedes la dignidad personal, el valor, la decencia que tiene que tener un ser humano para, siendo diputada, oponerse a la postura de su partido. No hay muchos. Clara Campoamor pertenece a ese reducido grupo de personas que creen que las ideas son más importantes que las siglas.
Ella consigue que las mujeres voten, pero no consigue que la elijan. La pusieron en una lista en la que no podía salir. Ya saben ustedes cómo son los partidos, esas gusaneras en las que personas grises y mediocres envidian a quienes son brillantes e inteligentes, y consiguieron que no saliera en el 33. Lerroux, que era muy listo, dijo: “No te vas a quedar sin hacer nada”, y la nombró directora general de Beneficencia en diciembre de 1933.
A pesar de los ataques —se decía que si las izquierdas habían perdido el poder en las elecciones del 33 era por el voto femenino, porque las mujeres votaban lo que les decían sus confesores—, ella seguía siendo muy popular. Pueden observar el enorme homenaje que le hacen para celebrar su nombramiento. Ven aquí a su amiga y mentora Paulina Luisi, uruguaya, la primera médico uruguaya, una personalidad extraordinaria que fue amiguísima de Clara Campoamor; pero, ya saben, la política: ella era socialista y, después del 36, ya ni le habla; se rompió la amistad. En aquella época, sin embargo, eran como hermanas.
Como directora general de Beneficencia, se volcó. Le encantaban los niños; mantenía un discurso que hoy calificaríamos de provida. Le interesaba la protección de la infancia y, dentro de la Unión Republicana Femenina, creó una sección que se llamaba “La Cuna y el Madrinazgo del Niño”. ¿Qué hacían? Regalaban cunas a quien no tenía dinero para comprarlas. Esta foto del gran Alfonso es una de las pocas buenas de Clara Campoamor, una de las dos o tres en las que sonríe, porque en la mayor parte de las fotos pone una cara muy adusta. Aquí la ven también con ropita para los niños. Y aquí, unas señoras entusiasmadas que se llevan por la calle sus cunas: aquello valía dinero y la gente no lo tenía.
Luego, como directora general de Beneficencia, se ocupó mucho de los ciegos. Abrió una serie de escuelas para ciegos, porque ella —lo contaba con sus propias palabras— era hija de una bordadora, una señora que vivía de bordar y coser, y ya saben ustedes que la aguja mata los ojos. ¿Qué les pasaba a muchas mujeres que hacían bordados o cosas así? Que se quedaban ciegas. ¿Y qué trabajo les quedaba entonces a los ciegos? Muy poco.