En todas las comunidades autónomas. Muchas de ellas no han podido estar hoy aquí acompañándonos, pero nos han preparado un vídeo para reflejar las diferentes condiciones laborales que tienen.
Buenos días, soy Nibeche Riza, educador/a infantil en Andalucía. Los salarios de algunas categorías están en el salario mínimo. La ratio: en la clase de bebés, 8 alumnos; en la de 1 año, 13; y en la de 2 años, 20.
Hola, soy Adriana, trabajo en Asturias. Nuestro salario mensual es de 1.369 euros. La ratio en bebés es de 8 niños; 13 en 1-2; y 18 en 2-3. Nuestra jornada laboral es de 35 horas a la semana, con atención exclusiva a los niños.
Hola, soy Cristina y os voy a hablar de la situación en la que estamos en Mallorca. El año pasado decidimos irnos a una huelga indefinida. La “pareja educativa” se ha establecido como un complemento autonómico que mejorará nuestras condiciones salariales.
Soy Yolanda Pérez, desde Las Palmas de Gran Canaria. En nuestra comunidad autónoma las ratios son de 8, 13 y 18 niños por educador. Tenemos una jornada de 38 horas semanales y un salario base que va desde los 1.150 a los 1.200 euros al mes.
Hola, soy María José, de Salamanca. Las ratios aquí en Castilla y León son: bebés (0-1), 8; niños de 1-2 años, 14; y niños de 2-3 años, 20. Mi salario mensual bruto es de 1.200 euros.
Soy educadora de la Comunidad de Madrid. La ratio es de 8 bebés, 14 en 1-2 y 20 en 2-3. Mi sueldo base es de 1.210 euros. 38 horas semanales, 36 de ellas lectivas.
Hola, soy Andrea, trabajadora en una escuela infantil en Navarra. Gracias a la huelga, nuestro salario pasó de 1.000 a 1.500 euros mensuales. Nuestras ratios son de 8, 12 y 16. Trabajamos 38 horas a la semana, de las cuales 36 son de atención directa a niños y niñas y 2 horas son de preparación.
En A Coruña no tenemos ninguna jornada completa en esa escuela. Cobramos 14 pagas, salario de convenio, proporcional a las horas que trabajamos. La ratio es según convenio: 0-1, 8; 1-2, 13; y 2-3, 20.
Hola, soy Erika, trabajo en Barcelona. Mi sueldo es de 1.210 euros netos y las ratios son: 0-1, 8; 1-2, 13; y 2-3, 20.
Bueno, hemos escuchado una parte. En el vídeo todas las compañeras nos cuentan cuáles son sus condiciones y, lo más impactante, son los salarios. Aparte, como dice la persona que se graba el vídeo, al lado está el salario neto, que es con lo que tienen que vivir. Las compañeras se han quedado ahí, exponiendo su precariedad; es lo que tiene: están tan precarias que ni la informática nos va.
Bueno, pues lo impactante es lo que ellas cuentan: se habla del salario bruto, pero la cantidad que figura al lado, el salario neto, es con lo que tiene que vivir la trabajadora y su familia cada mes. Esto es una vergüenza. Las ratios también son lamentables en todas las comunidades autónomas, salvo que trabajes en una escuela del ayuntamiento donde tienes el lujo de trabajar en pareja educativa. Y esta diferencia de ratios no solo afecta a las educadoras; es, fundamentalmente, a las criaturas: criaturas de primera, que pueden ser atendidas por dos educadoras en el aula y tienen la suerte de ser miradas, de ser vistas; y criaturas de segunda, atendidas por una sola educadora cuyo único fin en el día es sobrevivir, hacerlo lo mejor posible sabiendo que, ni por asomo, está ofreciendo una educación de calidad. Esto tiene que cambiar, compañeras, y este es el momento. Decimos basta ya a este maltrato institucional al 0-3.
Quería dar las gracias a nuestra compañera de Navarra, que ha hecho el esfuerzo de venir hoy a acompañarnos y que nos cuente su lucha. Llevan muchísimos años en lucha. Hicieron una huelga que les llevó a una mejora de condiciones salariales, pero la mejora para la infancia se quedó en el tintero. Hoy nos viene a contar. Gracias.
Muchas gracias a vosotras y a vosotros por invitarme, y por la energía que nos transmitís también desde aquí a las navarras. A las educadoras navarras esta comparecencia nos resuena, y mucho. La sensación ahora mismo para mí es que la historia se repite. Nosotras agotamos la vía institucional: hablamos con todos los partidos; estuvimos con los ayuntamientos; con el Departamento de Educación; con el Defensor del Pueblo; con la Federación Navarra de Municipios y Concejos; y en el Parlamento hicimos distintas comisiones. Y el Gobierno de Navarra no hizo nada por nosotras. Hablo de un periodo de quince años. Al final, decidimos tomar las calles y emprendimos sesenta duros días de huelga indefinida, a la que el entonces gobierno progresista respondió con represión policial. Hemos traído un pequeño resumen de lo que fue nuestra huelga.
(Se proyecta un breve resumen audiovisual con cánticos de la huelga)
“A la huelga, compañeras, no vayáis a trabajar,
que ya estamos muy hartas y es la hora de luchar.
A la huelga, bien; a la huelga, cien;
a la huelga todas y yo también.
Contra este ninguneo nos vamos a levantar
todas las trabajadoras y no nos van a callar.
A las escuelas infantiles reclamamos dignidad:
un ciclo, libertad y también gratuidad.
8, 12, 16, es como para explotar;
4, 6, 8, mejor para poder acompañar.”
Bueno, esta historia de sesenta días de huelga concluyó con una propuesta de ley de la derecha navarra que, un día antes de su votación en el Parlamento, fue bloqueada con un acuerdo del Gobierno, PSN, Geroa Bai, Contigo-Zurekin y EH Bildu, que a día de hoy seguimos esperando que se cumpla. Están dejando ustedes en manos de intereses privados la gestión de la educación pública. Ustedes, que siempre con su discurso progresista y feminista, ¿se han parado a pensar en las condiciones de vida de los niños y las niñas y en la precariedad que sufren las trabajadoras en este ciclo? En Navarra éramos cientos; ahora somos miles. ¿Van a dejar que la historia se repita o van a hacer su trabajo?
Presentamos a las ponentes. Voy a dar paso a la primera ponente, Inés Game. Ella es educadora infantil, formadora en pedagogía Waldorf e impulsora del proyecto Madres de Día, con más de dieciséis años de experiencia en Berlín y en Madrid. Inés nos viene a contar las necesidades esenciales de la infancia de 0 a 3 años, especialmente la importancia del vínculo y de los cuidados.
Inés Game: Gracias, señora presidenta. Muy buenas tardes. La gran mayoría de quienes estamos en esta etapa somos mujeres. Agradezco enormemente estar aquí, porque además se me ha encargado una tarea bonita: hablar del niño pequeño, del vínculo y de los cuidados, de los que tanto hablamos.
Antes de empezar, quiero aclarar que cuando utilice el término “niño” me refiero al ser humano en su primera infancia. No excluye a nadie. Igualmente, me referiré a educadoras infantiles porque somos, en su mayoría, mujeres.
Mucho se ha dicho ya aquí hasta ahora y voy a volver a nombrarlo, pero profundizando para crear conciencia: ¿por qué reivindicamos esto? Lo hacemos por el niño pequeño y por las educadoras, fundamental.
El proceso educativo es larguísimo, porque el ser humano es una entidad tremendamente compleja. Cuando hablamos de todo el proceso educativo, podemos determinar, aproximadamente y según cada individuo, que es una tarea que puede acompañar hasta incluso los veintiún años de vida. Hay mucha tarea por delante.
La etapa de cero a tres es especialmente difícil, porque es la que está más alejada de los adultos, que somos quienes nos ocupamos de esta tarea.
Entonces, hay que trabajar mucho, y muy a fondo, para comprender muy bien quién es el niño, el ser humano, en esta primera etapa. Es habitual oír en cualquier ámbito que la etapa de cero a tres es la más importante de la vida; nosotras, las profesionales, lo sabemos muy bien. Pero una cosa es lo que se dice y otra, muy distinta, lo que ocurre en la práctica, en el día a día.
Para empezar, es fundamental tener una visión de continuidad de la educación y liberarnos de verla como compartimentos estancos. Ahora sabemos muy bien que todo lo que ocurre en la etapa de cero a tres años, sobre lo que se construye entonces, después va a estar presente y va a afectar a la educación infantil, a la primaria, a la secundaria y al Bachillerato. Sabemos que su influencia se extiende a lo largo de toda la vida, aunque no vayamos tan lejos. Es muy importante crear esta conciencia en todo el ámbito educativo, en todos los profesionales: lo que ocurre en esta etapa va a estar siempre presente. Y no compete solo a los profesionales; los primeros son las familias, por supuesto. Son las más importantes en este proceso. Hay que trasladar a la sociedad lo determinante que es para todo el desarrollo y para toda la trayectoria educativa.
El ser humano viene en unas condiciones absolutamente inacabadas; no se completa en el tiempo de embarazo, sino que, como entidad dependiente —y el niño de cero a tres es una entidad dependiente—, llega absolutamente vulnerable, con necesidades muy importantes de acompañamiento social amplio. Esta etapa se cierra aproximadamente alrededor del tercer cumpleaños —es muy individual, pero aproximadamente—. Aquello que no se ha completado durante la gestación debe completarse ahora en el ámbito social. Los más importantes son las familias, sea cual sea su tipo, quienes están en el día a día en esta primera etapa. Desde esa envolvente social es como va a ser posible todo este proceso educativo.
Por un lado, tenemos estas dificultades: la vulnerabilidad y la absoluta dependencia del ser humano en esta etapa, y, a la vez, su enorme exigencia. Pero, por otro lado, tenemos una noticia fantástica: el ser humano, en esta condición de vulnerabilidad, de venir sin completar, posee una extraordinaria capacidad de impregnarse, de educarse por todo el ambiente, tanto en lo que atañe a su entorno físico como a toda su envolvente social.
Gracias, señora presidenta. En estos tres primeros años de vida es cuando el ser humano aprende más que nunca. Suena alentador, pero no debemos olvidar que también puede aprender mal o adquirir hábitos que no son deseables. Por ello, es imprescindible trasladar a la sociedad la conciencia de que en esta etapa, a través de cómo acompañamos a los niños y niñas, se posibilita el despliegue de tres capacidades fundamentales, esenciales, de las que todo ser humano pleno debe disponer.
La primera es la capacidad de desplegarse a través del movimiento propio: entrar en su cuerpo, que inicialmente no controla, y, a base de mucho trabajo —al menos durante un año—, hacerlo suyo y levantarlo a la vertical. Es un proceso duro y complejo, que requiere ser acompañado con cariño, respeto y conocimiento de lo que está ocurriendo y del enorme esfuerzo que supone para el niño. La fortuna es que el niño quiere hacerlo; viene con ganas, con alegría, sin parar de moverse. En ese querer se despliega esta primera capacidad esencial: levantarse, andar por el mundo en vertical y moverse en libertad.
Si esto se da bien en el primer año, aproximadamente en el segundo —siempre con variaciones individuales— ocurre algo que podríamos llamar un milagro: la capacidad de utilizar palabras para comunicarse con otros seres humanos. Pueden comprender, entender y responder. El lenguaje amplía enormemente su dimensión social de relación con los demás. Es un proceso complejísimo, como bien sabemos los profesionales; resulta sorprendente cómo pueden asumir algo tan complejo como el lenguaje cuando todavía no piensan por sí mismos. Al principio la comunicación es más gestual, pero casi sin darnos cuenta, tras alrededor de un año de despliegue del lenguaje, se va instaurando la tercera gran capacidad del ser humano: la capacidad de pensar por sí mismo.
Esta no está presente al inicio —a veces lo olvidamos cuando damos explicaciones—, pero llega con mucho trabajo y gracias a esas capacidades libres, invisibles, que el niño posee en esta etapa y que le permiten, finalmente, pensar por sí mismo. Este es, en definitiva, el despliegue del pensar.
Para que estas tres capacidades, que son los pilares del ser humano, puedan desplegarse —andar libremente erguido, hablar y pensar—, es imprescindible, en esta primera etapa de la vida, que el niño esté cotidianamente, al menos, con un ser humano que encarne estas capacidades: que pueda andar erguido, que pueda hablarle, entenderle y comunicarse, y que tenga una capacidad de pensamiento clara. El ser humano es extraordinario: viene con una inmensa capacidad de absorber del ambiente y de aprender sencillamente porque se da en el ambiente. Hay un adulto que dispone de estas tres capacidades y las actualiza, y el niño, gracias a su enorme capacidad de imitación, va haciendo suyas las actividades del adulto. Están en el entorno, pero es el niño quien trabaja para hacerlas propias. Esto es fundamental: no ocurre por nuestro intervencionismo directo, sino por sus propias capacidades individuales.
Así, los niños trabajan incansablemente, con perseverancia y alegría, para lograrlo. En niños sanos, esto se da sin necesidad de planes especiales: no hay que diseñar un programa específico para que aprendan a moverse libremente en el espacio, para que aprendan a hablar y a pensar. Gracias a Dios no tenemos que enseñar esto; solo tenemos que hacerlo dignamente. Por supuesto, los niños con necesidades educativas especiales requieren apoyos adicionales.
Ahora bien, para que este inmenso despliegue que observamos en tan poco tiempo pueda darse, es absolutamente imprescindible que el niño sea acompañado por una persona, o por personas, capaces de establecer una relación de naturaleza maternal, lo que llamamos el vínculo o el apego. ¿Qué significa un vínculo maternal? Que, en esa relación, las necesidades del niño son también las mías. Esta es la esencia del vínculo: la capacidad del adulto de percibir y responder de fondo a esas necesidades. Esto es lo que hay que garantizar en esta etapa, al menos con un ser humano; mejor si hay más. La madre, en principio, está especialmente dotada para ello, pero, por supuesto, pueden cumplir esta tarea otras personas, incluidos los varones.
Esto es lo que, sí o sí, debe estar presente en esta etapa para que pueda darse el despliegue impresionante de estas tres capacidades.
Estos pilares de esta enorme construcción. Eso lo sabemos, ¿no? Es imprescindible: este es el origen para que el ser humano quiera desarrollarse y despliegue todas las capacidades que trae; vienen así, tenemos esa suerte.
Realmente es muy doloroso, porque ya se ha mencionado aquí que llevamos más de setenta años de investigaciones muy claras y evidentes sobre el significado de esta relación, de este vínculo, de este apego. A mediados del siglo pasado, la Organización Mundial de la Salud pidió un trabajo de investigación sobre esta etapa. Todas conocemos, por lo menos, a Bowlby en las formaciones; qué menos. Pero de ahí en adelante ha venido mucho más. Y así se estableció: los niños, en esta etapa, deben ser criados en una atmósfera cálida y estar unidos a su madre, o a la persona que hace la función de madre, por un vínculo afectivo, íntimo y constante, creándose un apego, fuente de satisfacción y de bienestar para ambos. Importantísimo, para ambos. Y aquí, con todo lo que se ha hablado antes, podemos entender que no lo estamos haciendo así, ¿verdad?
Gracias al apego, los sentimientos de ansiedad y culpabilidad, cuyo desarrollo exagerado caracteriza la psicopatología, serán canalizados y ordenados. El niño no viene preparado con esto; esto se tiene que aprender, gracias a ese apego.
Dicho en palabras muy simples: en esta etapa lo más importante es el cómo. ¿Cómo atendemos? ¿Cómo hacemos? ¿Cómo tratamos a los niños y a las niñas? Ahí está la clave, porque en esta etapa no podemos separar lo que son los cuidados de lo que es lo educativo; está absolutamente intrincado, es uno. Nos hemos despistado mucho con cosas que no son esenciales, y estas sí lo son: que las educadoras, las madres, los padres, los abuelos, las cuidadoras, quien sea, disfruten cuidando; que puedan atender con calma, con tiempo, con atención, con alegría; cantando, acunando; esas cosas que hacen tan felices a los niños; mirándoles de verdad, porque la atención alimenta tanto como una buena leche.
Ahora sabemos muy bien que es un tema de salud pública. Yo entiendo que cada vez hay más pediatras —aquí en la sala hay una pediatra que ha venido a interesarse—. La manera en que tratamos al niño pequeño va a afectar a su desarrollo orgánico, que nace sin completar durante el tiempo de embarazo, y se van a instaurar, de forma física, unas dinámicas internas saludables o no. Porque ahora sabemos que hay estrés, y el niño pequeño tiene estrés —si no, que se lo digan a las educadoras cuando llegan los niños al principio de curso—. Y lo sabemos porque nos lo dicen los neurólogos y los psicólogos clínicos.
El estrés provoca una serie de alteraciones a nivel orgánico: la descarga de sustancias asociadas al estrés no ayuda al desarrollo. Pueden ser útiles cuando son respuestas breves y se resuelven de inmediato, pero sabemos —y conviene trasladarlo de forma contundente y clara a la sociedad— que el estrés más fuerte es la separación de la persona o de las personas con quienes se ha establecido el vínculo de apego. Esto provoca mucho estrés. Y sabemos incluso que, en el primer año de vida, cuando más crece el cerebro, si se dan muchas situaciones de estrés de forma repetida, esto puede llegar a inhibir su desarrollo, el crecimiento del cerebro. Por tanto, hablamos de cuestiones de enorme calado que afectan a la salud física, por supuesto, y también al ámbito emocional y mental.
Hay una cuestión esencial en todo este proceso: no se trata de aprender los colores o los números; eso sería una burla a la genialidad infantil en esta etapa. Lo esencial es cómo gestionamos la frustración del niño pequeño. En esta etapa el ser humano no dispone aún de esa capacidad; debe aprenderla. ¿Qué hacemos cuando aparece la frustración? ¿Cómo ayudamos a disolver las descargas que provoca ese estrés? La vida tiene una parte de frustración, y los niños pequeños la viven; no es un valle de rosas. Entonces, ¿cómo les acompañamos en ese proceso de gestión de la frustración, cómo les consolamos, cómo les ofrecemos alternativas? Son cuestiones que ustedes conocen bien. Esto es fundamental para una salud interior plena, para saber qué hacer cuando llega la frustración. Y si esto se establece bien al principio, estamos sentando unas bases sociales saludables. Ha salido aquí el término de paz: la paz nos la ganamos así, diariamente, cuando acompañamos a nuestros más pequeños de esta forma, cuando sabemos guiarles y recuperarles tras las situaciones de estrés y de frustración.
No es verdad —es falso— que los niños se socialicen bien simplemente por juntar a muchos iguales a esta edad. Son, precisamente, los adultos, las personas que estamos en el día a día con ellos, quienes podemos acompañarles en este proceso de socialización, que pasa por aprender a gestionar la frustración. Y esto hay que enseñarlo cada vez que ocurre: cómo se resuelve, cómo se ayuda, cómo se repara; cómo, después de consolarle, le canto; y, a veces, basta una simple mirada: “Estoy aquí, te veo, te comprendo”.
¿Por qué? Porque después queremos que sean personas excelentes en el futuro. Queremos hacerlo bien. Queremos que esos niños y niñas, en el futuro, tengan una vida con sentido, que sus vidas tengan significado para sí mismas y para la sociedad.
Pero también que se sientan comprometidos con la sociedad. Esto lo ganamos fundamentalmente quienes trabajamos en la etapa 0-3. Ahora se establecen incluso las bases biológicas que nos van a permitir estar en sociedad. De esto sabéis mucho, pero hay que trasladarlo con mucha claridad; es importantísimo.
Ahora mismo tenemos síntomas sociales muy duros. En la juventud están pasando cosas tremendas: se habla de sentimientos muy generalizados de soledad; hablamos de ansiedad, agresividad, estrés, depresión y ausencia de empatía. Por cierto, la empatía se aprende ahora, en la etapa 0-3. No está dada: ni son “majos” ni “horribles”; tienen capacidad y deben aprenderla.
Estos síntomas sociales de fragilidad y soledad no se explican solo por la etapa 0-3, claro que no, porque después vienen más dificultades, véase el uso y abuso de las pantallas. No tengo los datos actualizados, pero en los que dispongo —quizá de 2008— España tenía el triste honor de ser el tercer país en administrar psicofármacos a menores. Es un síntoma gravísimo. Mientras no atendamos debidamente la etapa 0-3, vamos a tener problemas y cada vez más, porque lo que sucede ahora tiene efectos para siempre.
Las educadoras estamos preparadas; se nos ha formado, sabemos. Nos esforzamos en conocer al niño pequeño y se nos enseña en los centros de formación cómo trabajar para realizar bien esta tarea. Pero, ojo: ¿con ocho bebés? ¿Gestionar la frustración de esos bebés cuando llegan al principio de curso? Con catorce niños de uno a dos años; con veinte de dos a tres años. No es posible. Y, sin embargo, lo estamos haciendo. Algún día nos avergonzaremos de que, a estas alturas del siglo XXI, todavía suceda esto. En fin, ya lo sabéis: es imposible trabajar así. Tenemos que decirlo y hablarlo, porque lo que hacemos ahora puede ayudar muchísimo a todo el desarrollo educativo. Si lo hacemos bien al comienzo, luego todo va a ser mucho más fácil. Esto hay que pararlo.
El SOS ahora mismo es bajar las ratios y garantizar condiciones profesionales dignas, por supuesto, para las educadoras, que están en la etapa más importante de todo el proceso educativo. ¿Quién lo diría? Pero es así. Por favor, ayudadnos: ayudadnos a difundir esto, a que podamos trabajar bien, dignamente y de forma saludable, para poder ayudar a las familias a comprender. El ser humano es extraordinario, pero hay que establecer buenos vínculos amorosos, maternales y de buen cuidado.
Muchísimas gracias.
Yo me quedo con la complejidad de los procesos vitales.
Hablamos del movimiento, del lenguaje, de pensar por sí mismos y de cómo saber acompañarlos. Y, para poder acompañarlos, se necesita poder mirar, poder estar presentes; para eso se requieren unas ratios dignas y adecuadas que permitan ofrecer cuidados de calidad.
Me quedo con el último mensaje: hay que difundir, hay que seguir luchando y seguir denunciando las condiciones en las que se encuentra la infancia.
¿Alguna pregunta?
Y, respecto a lo último que decías, en una de las veces que nos reunimos en Navarra con el Defensor del Pueblo le explicábamos esto y él nos dijo: “Necesito un ejemplo, no estoy entendiendo, porque yo no sé nada; no tengo hijos, no tengo nietos, no sé nada de niños”. Entonces le dijimos: “Mira, imagínate: yo estoy sola en un aula con dieciséis niños de dos o tres años. Se sientan a almorzar; uno se hace caca; otro está con el control de esfínteres en casa, han decidido quitarle el pañal, y se orina entero. Yo voy al baño con estos dos niños y, cuando vuelvo, hay dos llorando sin su almuerzo; hay otro, en una esquina, comiéndose tres almuerzos. Yo no sé lo que ha pasado”.