Congreso de los Diputados Otros

Congreso de los Diputados - Otros - 2 de diciembre de 2025

2 de diciembre de 2025
16:30

Contexto de la sesión

M: un documental sobre la realidad de los menores extranjeros tutelados - M: un documental sobre la realidad de los menores extranjeros tutelados - Sala: Cánovas

Vista pública limitada

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15:00
Buenas tardes. En nombre del Grupo Parlamentario Plurinacional Sumar, quiero daros a todas la bienvenida, a todas las personas que habéis decidido esta tarde venir al Congreso a ver el documental M, un documental que nos va a permitir conocer de primera mano las trayectorias, las realidades, las dificultades y los sueños de catorce jóvenes, chicos y chicas, que llegaron solos a nuestro país. Además, tras la proyección vamos a tener el placer de escuchar un coloquio que van a protagonizar las cuatro personas que están aquí conmigo y que voy a presentar. En primer lugar, Nicolás Castellano, periodista de Cadena SER, especialista en migraciones y guionista del documental. Bienvenido y muchísimas gracias por su generosidad, porque respondió enseguida a nuestra llamada para poder hacer esta proyección hoy. Y, por supuesto, a Ismael El Mahdubi —le he preguntado cómo pronunciarlo y, aun así, no lo he dicho con la suficiente fluidez—, mediador intercultural y fundador de la asociación Exmenas; a Mohamed El Harrak, miembro de la asociación Exmenas y trabajador social; y a Lourdes Reyzábal, presidenta de la Fundación Raíces, organización que lleva veinticinco años peleando por garantizar los derechos de la infancia y de la adolescencia que migra. Muchas gracias por estar hoy aquí; muchas gracias, de nuevo, por vuestra disponibilidad y por vuestra generosidad. Es un placer para nosotras que estéis aquí para compartir conocimientos, reflexiones, ideas y propuestas sobre cómo garantizar los derechos de la infancia y la adolescencia migrante.
20:00
La infancia y la adolescencia migrante. Yo creo que todas estamos deseando poder escucharlas. Me corresponde, antes de pasar a ver el documental, explicar por qué desde el Grupo Parlamentario Plurinacional Sumar entendimos que era importante la proyección de este documental y por qué era particularmente importante hacerlo en una sala del Congreso de los Diputados, por razones que van más allá de ser un grupo parlamentario. Nosotras creemos que M nos obliga a mirar una realidad que demasiadas veces se oculta tras un acrónimo que se ha convertido, por desgracia, en deshumanizante. Porque este Congreso debe ser la casa de la palabra, del diálogo, de los derechos, y no puede permanecer ajeno a las vidas que crecen en nuestro país sin que se las reconozca realmente como parte de él. Escuchar las voces de las personas que vamos a ver en este documental es, muchas veces, la única manera de romper el estigma, de desactivar el miedo y de desmontar un discurso racista del odio que tantas veces se construye sobre el silencio, precisamente, de todas estas voces. Y porque, frente a quienes sabemos que usan esta Cámara para difundir y alentar la persecución, el exilio, la expulsión e incluso la muerte de chavales y chavalas como las que protagonizan este documental, nosotras queremos reivindicar que detrás de todos esos términos burocráticos, de cada expediente y de cada bulo, hay jóvenes con proyectos y con esperanzas, con derecho a vivir una vida digna. Por último, simplemente quería dejar aquí otra reflexión antes de pasar a ver el documental: hoy nos sentimos muy orgullosas, en mi grupo parlamentario, del hecho de habernos juntado aquí personas de distintos orígenes, trayectorias y edades, pero que compartimos algo en común: la idea de una sociedad compartida, diversa, antirracista, en la que los derechos sean eso, derechos; que no sean privilegios de unos pocos y que nadie se sienta amenazado porque otras personas que vienen de fuera, o que llevan muchos años entre nosotras y nosotros, quieran ejercer derechos. Personas que, además, ven cómo se les niega continuamente lo que son: se les niega administrativamente al mantenerlas en la irregularidad, sin permisos de residencia, con mil trabas burocráticas y retrasos en la tramitación de la nacionalidad; y se les niega también simbólicamente cada día, echándoles en cara que no son de aquí o que no son suficientemente de aquí. Como si, además, esto de ser de aquí —lo que esto signifique— solo pudieran definirlo los reaccionarios, los racistas, que tienen una idea de España en la que solo caben ellos. Quienes estamos hoy aquí compartimos la idea de una sociedad en la que no hay enemigos por todas partes; en la que la salida a los problemas sociales y estructurales que vivimos —y que los tenemos: la vivienda, la violencia machista, la privatización de la sanidad— no pasa por soluciones individuales. Sabemos que va de alternativas colectivas, de horizontes y esperanzas comunes, de un Estado, unas instituciones y una sociedad que cuiden. Por todo esto entendemos que era muy importante traer aquí este documental. Sin duda, sobre todo esto y sobre muchas más cuestiones, que bajarán más al terreno, tendremos ocasión de debatir con estas cuatro personas y con todas vosotras; por supuesto, se trata de un coloquio para que también podáis hablar con quienes lo han vivido y saben de ello. A continuación, y ya sin más, nos retiramos para que se vea bien y vamos a proyectar el documental. La palabra en sí no me gusta, la verdad. No me gusta la palabra en sí. Pero sí, estoy orgulloso de ser un “mena”, como le llaman por aquí; estoy orgulloso de serlo. Y sí, me puedo considerar un menor. Cuando te llaman “mena”, te sientes como una persona aislada, como si hubiera personas y “menas”. Claro, porque el niño no tiene ninguna culpa para que tú le hables así.
25:00
Esa palabra nos duele. A lo mejor, por ser de Marruecos, nos dicen “mora”, “moro”, y duele. Seamos claros: ¿qué imagen se asocia a la palabra “mena”? La de un “moro”, un chico joven marroquí, principalmente. Un “mena” negro, por ejemplo, parece que ni encaja en ese estereotipo. Me hierve la sangre, me siento fatal, porque veo a políticos hablando con ignorancia, hablando por hablar. Antes de hablar hay que informarse bien. Hay quienes sueltan cosas sin tener ni idea y lo dicen delante de toda España. Para mí eso es una vergüenza. Cuando los chicos salen a la calle y se sienten discriminados, me sienta fatal. Yo les digo: ignóralo y sigue tu camino. Pero duele que se diferencie entre un menor español y un menor extranjero. No creo que a un inglés o a un alemán le llamen “mena”. Me siento mal porque yo he estado en esa situación. Es injusto hablar mal de personas que no son lo que se dice de ellas; cada uno viene aquí a buscarse la vida. Con tanto “mena, mena” al final sentimos que estamos solos, como si no formáramos parte de la sociedad. Solo se nos critica y se nos criminaliza, como si hubiera dos millones de “menas” en España y en cada calle uno con un machete. Y mucha gente que opina ni ha salido de su barrio. A veces apago la televisión porque escucho que acusan a los “menas” de estar cobrando 300 euros al mes. ¿De dónde sacan eso? Yo trabajo con menores; que me diga alguien que un menor cobra eso. Hay políticos que se sientan aquí y lo dicen delante de toda España: que hay inmigrantes que llegan y, nada más llegar, ya están cobrando. Yo no lo he visto en ningún sitio. Trabajo en centros de menores; lo digo con experiencia y con argumentos, y no lo he visto. Hay políticos que utilizan eso para hacer daño y para ganar votos. Yo fui “mena”. Una vez fui a dar una charla a una escuela sobre migración. Al terminar, pregunté a los chicos: “¿Qué pensáis de mí?”. Me respondieron: “Eres un inmigrante, te adaptaste a la cultura, etcétera”. Entonces les dije: “Cuando veáis a chicos ‘menas’ en la calle, antes de juzgarlos, conocedlos primero. Ustedes me están diciendo que soy bueno y yo fui ‘mena’”. Mi nombre es Mohamed. Llegué a España con siete años. He pasado por doce centros de acogida y por cuatro familias de acogida. Soy marroquí; nací en la zona del monte de Ketama, pero me crié hasta los siete años en Tánger. Actualmente estudio Trabajo Social; me queda un año. Anteriormente hice un grado medio de Atención a Personas en Situación de Dependencia y posiblemente cursaré un grado superior de Animación Sociocultural y Turística. Me llamo Ishan, tengo 18 años, voy para 19, y soy marroquí. Entré con 13 años; crucé la frontera entre Marruecos y Ceuta. Estuve un tiempo en un centro de menores, casi cuatro meses. Luego me fui a la calle.
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Soy Asma, tengo 18 años y vivo en San Vicente de Paúl. Llegué a España con 15 años, sola con mis hermanos, que son mayores de edad. Estuve en Vía Martí unos dos o tres meses y luego me trasladaron a Cádiz, al centro El Rebaño de María. Estuve allí tres años y pico, estudiando, haciendo cursos y prácticas. Cuando cumplí los 18, me fui a San Vicente de Paúl, donde estoy ahora. Estoy trabajando. Hice una FP Básica de Administración, la terminé, realicé las prácticas y las aprobé. Me llamo Abdelilah Lou, tengo 22 años y llevo en España tres años y medio. Soy Ismael, tengo 23 años, soy de origen marroquí y vivo en Madrid desde hace siete años. Actualmente trabajo como mediador social en Cruz Roja. Además, de forma voluntaria, llevo la Asociación X-Menas; nuestro trabajo consiste en acompañar a los chicos y chicas que están pasando por el mismo proceso que yo pasé. Me llamo Abouacar Konaté Diarra, conocido como Buba, y vivo en Tenerife. Llegué a la isla en patera en 2004, siendo menor, con 15 años. Estuve seis meses en Fuerteventura y después me trasladaron a Tenerife. Llevo 18 años viviendo aquí. Reagrupé a mi mujer y nos casamos en 2014; ahora tenemos una hija que nació en 2020. Soy presidente de la Asociación Maliense en Tenerife. Soy el primer extranjero en ser puntal del Club Tegueste; me dedico a la lucha canaria y, además, soy cuidador de menores. Como yo también fui menor tutelado, ahora trabajo como mediador: no hay mejor ejemplo que alguien que llegó aquí de menor como ellos para poder orientarles. Mi nombre es Osama Mazari, soy marroquí, tengo 18 años y llegué a España en 2018. Juego al fútbol federado y actualmente estoy trabajando. Soy Shuai Bumaru, tengo 22 años, soy camerunés y llevo seis años en España. Llegué en febrero de 2016. Me llamo Liniri Bauleni, soy de Malaui y tengo 27 años. Llegué siendo menor, con 16 años. Me llamo Kané, soy de Mali y tengo 37 años. Fui uno de los primeros menores que llegó en patera en 2003 a Fuerteventura. Llevo aquí 20 años y ahora me dedico a trabajar con los menores que llegan en patera.
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Me llamo Bilal, tengo 32 años y soy de Marruecos. Llegué a España con 16 años. Soy el único hijo de mi madre; separarme de ella fue muy difícil, aunque mi padre me decía que, si algún día quería ir a Europa, él me ayudaría. Mi nombre es Aboubacar Drame, originario de Mali. Fui menor tutelado en la isla de Gran Canaria. Actualmente trabajo en un centro de menores y también hago interpretación para otras asociaciones y con la Policía. Llevo viviendo aquí casi 16 años. Fui tutelado durante dos años, de 2006 a 2008, y, al cumplir la mayoría de edad, el mismo centro que me acogió me contrató como técnico para otros menores. Soy Bubacar Barry, jugador del Cádiz. Llegué a España con 16 años y, a los 17, estaba en un centro de inmigración llamado Tartessos, de la Asociación Cardijn. He sufrido bastante para llegar hasta aquí, porque no es fácil salir de casa con esa edad. Me crié con mi abuela; cuando falleció, mi padre estuvo en prisión catorce años y mi madre, para mantener a mis hermanas —somos seis en la familia, entonces éramos tres—, en una situación muy difícil para las mujeres en Marruecos, se vio obligada a ejercer la prostitución. Yo pasaba casi todo el día en la calle; era habitual estar en el puerto, donde muchos chavales intentaban subirse a los camiones. Son muchos intentos: hay que saltar primero una puerta de casi cuatro metros y medio, entrar en el puerto y esperar hasta poder meterse en un camión; hay que estar muy atento, porque te puedes matar. Lo intenté varias veces y fracasé, pero, al final, gracias a Dios, tuve suerte: me metí dentro del motor de un tráiler —creo que era de Mercadona—. El motor estaba apagado y no estaba tan caliente; cuando lo arrancaron, se calentó. Salí desde Asilah, un pueblo del norte de Marruecos, cerca de Tánger. Salimos a las cinco de la mañana y llegué a España a las diez. Me interceptó la policía y me trasladaron a un centro de menores. La mayoría de los menores extranjeros no acompañados que llegan desde Ceuta y Melilla lo hacen escondidos debajo de vehículos, especialmente camiones; en mi caso, fue en uno de los que pasan de Ceuta a Algeciras.
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Pensaba en mi madre, pero un día tomé la decisión. Cogí la mochila y salí de casa sin decir nada. Hice un intento en el Tarajal: intenté entrar; algunos lo conseguimos, pero al final nos devolvieron. Con todo el esfuerzo y el sufrimiento, hasta llegar a tocar la parte de España, pensábamos que nos iban a apoyar, a ayudarnos; pero nos sacaron fuera. Fue bastante duro: la valla, la sangre; había gente que murió. Luchando y luchando, al final lo conseguí. Si le decía a mi padre “yo voy a España”, habría pensado que estaba loco: cómo iba a ir a España, sin dinero y sin saber adónde. Por eso me escondí. Por la mañana cogí mis cosas y salí; cuando se dio cuenta, ya estaba por Argelia. Le llamé y le dije: “Ya no puedo volver porque estoy lejos de Guinea y tengo que seguir hacia adelante”. “Si ves que no puedes, vuelve atrás”, me dijo. Pero yo pensaba: “Me da igual; estoy en la frontera, tengo que entrar o morir”. Conseguí llegar a España. Le llamé porque estaba encerrado en un centro en Tarifa. Le dije: “Estoy en España”. No me contestó; se puso a llorar. He venido debajo de un camión. Ese día fue muy duro para mí. Te juegas la vida; no te puedes imaginar lo que te puede pasar. Hay muchas almas que se han quedado por el camino. Me acordaba de ti cuando saltaba las vallas; me decías: “Hijo, no te vayas”. Como padre de dos hijos, si me enterara de que uno de ellos está en Canarias y que llegó en patera, sentiría una enorme alegría por verlo con vida, pero también dolor; yo nunca mandaría a mi hijo en una patera. En uno de mis centros hay un niño de siete años. Hablo a menudo con su padre. Le dije: “¿Cómo mete a su hijo de siete años en una patera?”. Y él me respondió: “Tú eres africano y yo soy africano; sabes lo que hay en África. Lo mando para acá para que pueda tener un futuro. Allí no lo tiene”. La gente me suele preguntar: ¿por qué venís? En 2006 veníamos por la pobreza, por mejorar la calidad de vida. Hoy ya no es solo por mejorar: no nos queda más remedio; tenemos que venir para sobrevivir.
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Yo salí de Mali siendo un adolescente, hace 16 años. Soy del Sahel, donde la gran mayoría vivimos de la agricultura. En aquellos tiempos la gente sacaba su medio de vida del campo. Recuerdo que, en época de lluvias, un padre nunca permitía que su hijo emigrara; hoy es el propio padre quien te dice: “Hijo, anímate y vete”, porque sabe que, si te quedas, de esas cosechas no va a salir nada. Aquí se habla mucho de cambio climático; allí no es que lo hablemos, lo estamos viviendo. Al que no lo crea, que vaya al Sahel y lo compruebe. La gente del Sahel no contamina. En mi aldea no usamos gas, apenas plásticos; hay quien sigue usando carros de caballos. No somos culpables de ese cambio climático. Mientras tanto, aquí uno coge el coche para ir a tomar un café a 45 kilómetros, usa una botella de agua y la tira. ¿Quién contamina más? Los que están aquí contaminan más, y lo sufrimos nosotros allí. Y cuando queremos venir, se nos dice: “inmigración regular”. Con todo respeto, eso es pura retórica: si de verdad quisieran facilitarlo, lo harían. Cualquier maliense o cualquier africano que se presente en un consulado o embajada de un país occidental sabe lo que cuesta conseguir un visado. UNICEF, abogados y diversas ONG llevan tiempo denunciando repatriaciones de menores marroquíes desde territorio español, especialmente desde la Comunidad de Madrid, sin las debidas garantías. Incluso un juzgado de Madrid ha obligado al Gobierno a readmitir a un joven en nuestro país. Yo ya sabía que iban a venir a por mí: recibí una llamada avisándome de que irían al colegio. No entendía nada; era menor y estaba asustado. Me metieron en un coche, me llevaron directamente a Barajas y allí, en la comisaría, en cuestión de minutos me embarcaron en un vuelo a Tánger. Juro por mi madre, a la que más quiero en este mundo, que me insultaron: “tú eres un ‘moro de mierda’, no debes estar aquí, tenemos que mandarte a tu país”. Eso no se me va a olvidar. Sentí mucha rabia, porque yo no había hecho nada para que me tratasen así. Más tarde llamaron a mi familia y les dijeron: “no os asustéis, está bien; id al aeropuerto para recibirlo”. Esto no lo había contado hasta ahora. Cuando estaba en Tánger con mi familia, seguí intentándolo: llegué dos veces a Algeciras escondido debajo de un camión y me sacaron; me devolvieron a Tánger, y mi padre tuvo que ir de nuevo a la comisaría a recogerme. En ese momento yo tenía un abogado que se llamaba Nacho de la Mata. Hay personas que se mueren en el mar. Muchos salimos a buscarnos la vida, a buscar nuestro pan, dejando atrás a la familia con cero dinero y sin plan, solo con la esperanza de un futuro mejor.
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Nacho estuvo luchando día a día para que consiguiera el visado y pudiera volver a España; al final lo conseguí gracias a él, que estuvo desde el primer día apoyándome, y no solo a mí, sino a muchos niños que sufren lo que yo he sufrido. Al cumplir los dieciocho años me echaron directamente a la calle. Estuve por ahí durante unos meses, hasta que me dijeron que la Fiscalía me declaraba mayor de edad y que tenía que liberar la plaza. Llamaba porque no sabía adónde ir; no conocía a nadie. Fue durísimo. Iba a la policía, explicaba que no tenía dónde ir, y me rechazaban. Dormí en la calle. Yo no tenía esa edad. En el hospital me hicieron la prueba y salió que tenía diecisiete y pico. Les dije que la máquina se había equivocado, pero si no te creen, ¿para qué tienes tus papeles? Me sentí mal porque, cuando presentaba mis documentos, decían que no valían. Yo era menor; no pueden subirme una edad que no tengo. Creo que se les puede ayudar de otra manera: los problemas empiezan cuando cumples dieciocho y te dan una patada. Aunque no puedas cumplir tu sueño, al menos que te ayuden a seguir caminando; no que, al cumplir dieciocho, te digan “hasta luego”. La gente del barrio, los colegas, se piensan que vienes a España y ya te dan trabajo y lo tienes todo. Eso es lo que se ve detrás de la pantalla; no es la realidad. Mi familia sabe más o menos cuál es mi situación; saben que ahora estoy en la calle y no me piden nada, aunque lo necesiten. Teníamos una habitación y nos la quitaron. Otra, en un cuartito, también nos la quitaron. Ahora mismo estamos en el cuarto de contadores. Tenemos una cama en la que solo cabe una persona y dos mantas; no hay baño ni nada. Es un lugar donde otros consumen drogas. Cuando era más pequeño y no tenía cabeza, consumía más: lo que me daban, yo para adelante. Caí en el disolvente; tenía ya un vicio. Lo dejé en Ceuta. Aquí ya no uso disolvente ni nada de eso. Aquí, a veces, alcohol; a veces porros y, a veces, también pastillas.
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Lo más difícil ha sido estar aquí sin papeles y sin ver a mi familia. A veces te sientes muy mal, solo, con la familia en otro país. La familia es algo muy importante en la vida. Dejé a mi familia y hasta los veintiuno no pude ir a verlos; fueron muchos, muchos años. Cuando salí a los dieciocho, mi prioridad era conseguir casa y trabajo. Durante tres años mi necesidad primordial fue ver a mi familia, pero no podía por el dinero. Tengo dos hermanos que nacieron estando yo aquí. La imagen más importante que guardo es llegar y conocerlos ya con siete u ocho años. Fui a recogerlos a la escuela y me impactó ver a unos niños idénticos a mí. El año pasado fui a Guinea y vi a mi familia; fue una gran alegría. Me gustó volver a mi país, ver a mis padres, a mis hermanos y a mis amigos; fue muy bonito. Desde pequeño me comparaba con los de mi clase, con los de mi equipo de fútbol y de atletismo. Siempre me dijeron que no era igual que el resto, que mi circunstancia era distinta: vengo de un país de origen distinto y no tengo a mamá y papá que me protejan de ciertos imprevistos. Desde muy chico, psicólogos y trabajadores sociales me explicaban por qué no podía ir al camping con mis amigos los fines de semana o por qué no podía jugar en un equipo de fútbol normal y corriente como ellos. La respuesta era: tú no eres igual que el resto; estás en un centro de acogida, no en tu casa, y debes cumplir ciertas normas y protocolos que no son los de un niño en su hogar. Se sigue tratando al colectivo como una emergencia social, y no es cierto. Creo que es más un tema político que un caso aislado. Es una realidad que vive España desde hace más de veinte años. Me pregunto por qué seguimos tratando al colectivo como si acabara de empezar a llegar. Al principio, cuando llegué al centro, pensaba que era una cárcel. No lo era, pero me sentí así. Había todo tipo de nacionalidades, no había tanto control; era una locura. Aun así, ese tiempo tutelado por la Junta de Andalucía fue importante en mi vida: hice muchas cosas, conseguí muchas cosas y me enseñaron mucho que me sirve para la vida, ahora que he cumplido dieciocho y he salido. He pasado por muchísimos sitios: al mes estaba en El Puerto; a los dos meses, en Jerez; después viví en Girona; estuve en Torremolinos, en Sevilla, en Huelva. Nosotros, cuando llegamos, lo que buscamos realmente es estabilidad: huimos de la intranquilidad y buscamos un lugar donde habituarnos, estudiar, formarnos y, el día de mañana, trabajar. En mi caso ha sido muy complicado, porque siempre he estado de una familia a otra, de un centro de acogida a otro. Es muy difícil.
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Y, obviamente, uno está solo. Más allá del fracaso o del éxito: no todo el tiempo que llevas aquí puede calificarse de éxito. Creo que estamos fallando en algo: en atender a la infancia migrante. A esta infancia, en concreto, se la atiende mal. Los procesos para un menor extranjero no acompañado son el doble o el triple de complicados; se les exige mucho. Antes, al cumplir dieciocho años, te daban, con suerte, una autorización de tres meses; a algunos sí y a otros no. En mi caso tuve suerte: me ayudaron a encontrar trabajo. Pero tengo compañeros que salieron sin papeles y los echaron directamente a la calle. Hoy en día la ley ha cambiado mucho: en el centro en el que trabajo estoy viendo a muchos chicos que salen con su permiso de residencia y trabajo de dos años, sin tener que preocuparse por renovaciones inmediatas ni por presentar un contrato, que antes era imprescindible y muy difícil de conseguir. Me parece muy bien que los chicos salgan con dos años para trabajar. Se está notando. Seamos optimistas: los chavales ya están consiguiendo empleo. Esto va a disminuir la carga del sistema, por ejemplo la presión sobre los pisos de autonomía hasta los 21; los chicos van a tener recursos para buscarse la vida en condiciones. Es algo positivo. Pero sigue ahí la carga emocional. No podemos decir que todo esté solucionado; hay mucho por mejorar. Yo lo pasé muy mal de chico. Como dije antes, en el colegio… También estuve con una familia de acogida muchos años; esa familia se separó y tuve que volver al centro de acogida. Fue un palo muy gordo. Hay muchas circunstancias que, a nivel psicológico, dejan secuelas; es inevitable. Y ese tema no se tiene en cuenta en nuestro sector; no se habla de ello. Parece que lo importante es despachar a los chavales, que salgan lo antes posible y que obtengan un trabajo, pero ¿qué pasa con los problemas que ese niño arrastra, con todo lo que ha vivido? Cuando estuve en la calle pasé hambre y sufrí racismo. Aun así, he salido adelante. He sufrido mucho racismo desde pequeño. Si alguien me desprecia, es su problema, no el mío. He puesto límites: aunque vengas a insultarme, no me llega; me llames “moro” o “mena”, ya no me afecta. Te acostumbras. Trabajo con chicos marroquíes y chicos negros, y percibo que, aquí en Canarias, muchas personas les tienen miedo y no están bien vistos. No todo el mundo piensa igual, hay de todo, pero en gran parte de la sociedad hay miedo hacia los menores magrebíes. Tengo un amigo en la Policía Nacional; somos muy cercanos, salimos juntos, comemos, y me dice que hay compañeros que paran e identifican siempre a marroquíes y a personas negras. Para que se vea la realidad aquí en España, lo que a veces hace un agente. En algo he sido privilegiado: por tener la piel clara. No encajo en ciertos estereotipos; aquí hay muchos, como que, por ser marroquí, debes tener un determinado tono de piel. Un día iba a San Fernando; me monté en el tren, llegué y me senté, y una persona se tapó la nariz, se levantó y se fue.
Fragmentos 1-10 de 30 (15 disponibles públicamente)

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